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Arte y Sociedad

Por Vicente Lombardo Toledano.

Cuando el filósofo Augusto Comte creó el término sociología, concebida como la ciencia de la sociedad, creyó que había hecho una contribución permanente y sólida para el conocimiento de los fenómenos más ricos y complejos del mundo y de la vida; pero se equivocó porque las leyes de la sociedad no consisten, como él creía, en una estática y en una dinámica social como simple prolongación de la naturaleza física y biológica.

Tampoco Herbert Spencer acertó al considerar a la sociedad como un organismo y tratar de desentrañar su contenido aplicándole la teoría de la evolución mecánica que él concebía.

La sociedad, para mí, es ante todo un hecho histórico. Es decir, una comunidad integrada por seres humanos que nace, se desarrolla y desaparece para ser reemplazada por otra comunidad de tipo superior.

Para conocer las leyes que rigen el proceso de la sociedad es indispensable, en consecuencia, considerar a la comunidad en el tiempo. En cada etapa de su desenvolvimiento está gobernada por leyes objetivas que cambian cuando la sociedad se transforma.

La sociedad esclavista, el feudalismo y el capitalismo, tienen en común una forma de la producción económica que sirve de base a todas las manifestaciones de la comunidad: la propiedad privada de los instrumentos y los medios de la producción. Pero hay diferencias profundas entre cada uno de esos estadios del desarrollo histórico

Esas diferencias se deben a que no en todas sus etapas los factores determinantes de la sociedad son los mismos. ¿Cuáles son esos factores?

En primer lugar el grado de desarrollo de las fuerzas productivas, de los instrumentos de trabajo y del grado de capacidad y eficacia del esfuerzo humano. Entre el uso de la piedra como único instrumento para aumentar el poder del hombre, y el de la energía atómica, puede quedar comprendida la historia humana, lo mismo que entre el brujo como intérprete de la naturaleza y el investigador actual, descubridor de las leyes que rigen, substancialmente, los fenómenos del universo, del mundo y de la vida.

Las fuerzas productivas, por su parte, crean relaciones entre los propietarios de los elementos técnicos y económicos dedicados a la producción y los que trabajan física e intelectualmente, de tal modo que cuando existe un desequilibrio o una contradicción entre ellos, surge la lucha entre ambos, que no se limita a demandas y resistencias de tipo material, sino que abarca a todos los órdenes de la vida social, desde el pensamiento filosófico hasta las diversas expresiones del arte.

El derecho –que comprende la organización jurídica de una nación, el Estado-, las relaciones entre los individuos y entre ellos y el Poder Público; la moral, el arte y las otras manifestaciones ideológicas de la comunidad humana, surgen y se desarrollan dentro de la sociedad dividida en clases diferentes y, por tanto, no constituyen una sola superestructura por su contenido y aun por su forma, porque no todos los integrantes de la sociedad tienen los mismos intereses, las mismas demandas y las mismas metas para el porvenir.

Es la clase social dominante, la propietaria de los medios de la producción económica, la que tiene el poder, y sus ideas son las que se imponen al resto de la comunidad. Sin embargo, del seno de ésta se engendran ideas distintas a las de la clase dominante en todos los órdenes del pensamiento, desde el campo de las ideas puras hasta las instituciones jurídicas y las costumbres.

Delacroix - La Libertad Guiando al Pueblo 300Parecería un desacato a los conceptos tradicionales y formulados por los ideólogos de la revolución democráticoburguesa, que tuvo su centro más dramático y luminoso en la revolución de 1789 en Francia, e hicieron del individuo la base y el objeto de las instituciones sociales, afirmar que en el mundo capitalista de nuestra época las formas que adopta la superestructura de la sociedad revisten el carácter de lucha de clases.

Pero el hecho es así. Hay un orden jurídico que no comparten las masas trabajadoras, porque está inspirado en una distribución desigual de la riqueza. Un régimen político que tiene como función principal mantener el orden establecido, que tampoco aceptan las mayorías. Una manera de entender la naturaleza y la historia que no corresponde al pensamiento de todos. Y un arte que no representa la conciencia de quienes tienen que dedicar casi todo su esfuerzo a mantener su existencia biológica.

Es necesario, no obstante, huir de la concepción vulgar acerca de los vínculos que existen entre la base de la sociedad y las manifestaciones de sus ideas, diferentes u opuestas, según las clases sociales que la integran, porque entre la estructura de la comunidad humana y la superestructura no hay una relación rígida de causa a efecto. En otras palabras, la estructura –las relaciones de producción- no influye de un modo directo en la superestructura, sino de una manera indirecta.

Algo más: todas las manifestaciones de la superestructura social influyen sobre su base, estableciéndose entre ellas una interacción que puede modificar la estructura, lo mismo en un sentido nuevo, revolucionario, que de una manera regresiva. Cuando se precisa esta acción recíproca, se puede entender claramente la dinámica del desarrollo histórico y el papel que desempeña en el proceso de la sociedad el arte, al igual que las otras manifestaciones ideológicas en todas sus formas: en la literatura, en la plástica, en la música y en la danza. Esto significa que la superestructura y, por consiguiente, el arte no es nunca pasiva, sino activa: o sirve para justificar, idealizándolo, el orden social establecido, o para intentar reemplazarlo por otro más avanzado.

Siguiendo este razonamiento lógico, se puede decir que el arte es el reflejo de la realidad transformada en imágenes por el pensamiento humano. No es un fruto de la imaginación que se nutre de sí misma, sino de la conciencia individual que valoriza, según la clase social a la que el artista pertenece o sirve, la realidad objetiva del mundo exterior.

Por este motivo el arte –hablo del arte superior, del arte que perdura- es siempre un mensajero de la vida, ya sea de la que existe o de una nueva. Porque al igual que el derecho, la moral, la educación y las otras formas del ser social, se refiere a la vida y no a la muerte, a lo que ya está construido o a lo que debe edificarse.

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