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El exceso de excluir a la razón. Reflexiones para una historia de la filosofía de la ciencia

El exceso de excluir a la razón. Reflexiones para una historia de la filosofía de la ciencia

Por José Sanmartín Esplugues.

Puedes acceder al libro en PDF aquí o al final del artículo.

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Y a todas estas, ¿qué pienso yo? Me declaro un naturalista practicante, pero un naturalista sensato. Pienso que la filosofía y, en particular, la filosofía de la ciencia deberían dar acomodo a aquellas áreas del saber y técnicas que pudieran enriquecer su discurso. Tras pasar un cierto tiempo en el instituto creado por Konrad Lorenz en Seewiesen, creo que no sólo sé, sino que tengo, asimismo, la impresión de que jamás pensó que sus desarrollos científicos pudieran suplir la grandeza filosófica de Kant. Todo lo contrario. Lorenz creyó que desde la biología y, en particular, desde la etología humana podía contribuir a que se afianzase una parte débil del pensamiento kantiano: el origen del a priori.

¿Por qué no valernos en filosofía de la ayuda de la ciencia? Estoy firmemente convencido de que hay que hacerlo. Ya he dicho que soy un naturalista sensato, por eso mismo creo en la ayuda, pero no en la sustitución.

Estoy con aquellos filósofos que sostienen que la filosofía ni es ciencia, ni debe aspirar a serlo. Decía Ortega que la filosofía a finales del XIX tuvo un pasajero ataque de modestia y quiso ser una ciencia. Estoy plenamente de acuerdo con Ortega. Quizá convendría matizar lo de “pasajero”, porque, desde los días del Círculo de Viena, ya en el siglo XX, hasta ahora mismo sigue habiendo en filosofía una corriente neopositivista (más o menos descarada) no minoritaria que la ve como un saber (como mucho) adjetivo: adjetivo, repito, no sustantivo. Para esa corriente saberes sustantivos son las ciencias; la filosofía a lo que puede y debe dedicarse es a analizar el lenguaje en el que se expresa la parte lógicamente articulada de tales ciencias: las llamadas “teorías científicas”. También le compete fijar las reglas de la honradez científica que, en el caso del neopositivismo sensu stricto, se reducen, como ya hemos visto en el capítulo 2, a dos mandamientos: sólo admitirás hipótesis (al menos, en principio) empíricamente contrastables e hipótesis ya contrastadas con resultado positivo (verificadas o confirmadas). La contrastación es la piedra de toque.

Thomas Kuhn (1922-1966)

Thomas Kuhn (1922-1966)

Opino que la visión neopositivista de la filosofía de la ciencia es pacata y cicatera. Su reducción al análisis del lenguaje y a las tareas, por un lado, de deslindar entre la ciencia y la pseudociencia, y por otro, de reconstruir lógicamente las teorías científicas y, finalmente, de establecer criterios que permitan elegir racionalmente entre teorías conlleva dejar fuera todo un universo de cuestiones. Aquellas que, precisamente, atiende Kuhn; las que tienen que ver con la práctica científica, con la conducta real y no imagina.da de los científicos. Cabe señalar aquí que pese a que Popper tiene mayor amplitud de miras que el neopositivis.mo, su filosofía sigue siendo alicorta a este respecto.

¿De qué se tiene miedo? ¿De abandonar el cómodo reino de la razón lógica? En este punto me viene a las mientes la frase de Pascal, que parafraseo en la introducción de este libro y que dice, más o menos, que tan necio es excluir la razón como no admitir más que la razón. En cualquier caso, obsérvese que estoy haciendo un uso muy restringido del concepto de razón, algo, por lo demás, muy común en filosofía. He equiparado razón y lógica. Me atrevería a decir (pero lo dejo para otra publicación) que, aun.que en la práctica científica influyan otros factores más allá de la lógica, tal vez la práctica científica no esté en todo momento presidida por la razón lógica, por la razón pura; además, cuando no lo está, es

Ortega y Gasset (1883-1955)

Ortega y Gaseet (1883-1955)

muy probable que tome el timón otro tipo de razón, la denominada por Ortega “razón histórica”. Tampoco habría que perder de vista que son múl.tiples las ciencias que focalizan aspectos parciales de esa práctica, tales como la sociología, la sociología de la ciencia, la sociología de las comunidades científicas, la economía, la psicología, y un largo etcétera. Su ayuda puede serie inesti.mable a la filosofía en sus indagaciones acerca de la ciencia, sin que ello signifique en modo alguno incurrir en círculos viciosos. Resumiendo:

l. ¿Debe ocuparse la filosofía de la ciencia de la existencia, o no, de criterios que permitan distinguir la ciencia de la pseudociencia, y la ciencia mejor de la peor?

Sí, debe ocuparse. Esos criterios existen. Por supuesto que existen. Se empeñen en lo que se empeñen, hay criterios que en forma de reglas (a veces no expresas) permiten elegir racionalmente entre una teoría u otra. ¿Alguien puede decir que no hay medio de elegir racionalmente entre el lamarckismo y el darwinismo? Alguien en su sano juicio, claro está. Me parece increíble que se asevere que no se elige más que por gusto o porque sí. La historia muestra que se elige porque la nueva teoría lleva a resultados que la antigua o antiguas no alcanzan o lo hacen con gran dificultad y complejidad. Que en este proceso se vean verificaciones, falsaciones o cambios de problemas progresivos quizá sea lo de menos. Lo relevante es que hay elementos racionales a los que atenerse en la toma de decisiones. Sostener lo contrario puede llevar a discursos provocadores, con el atractivo que la provocación desde la iconoclasia (en sentido amplio) suele encerrar. Pero discursos, a la postre, excéntricos y con pies de barro.

 

2. Además de tales reglas (ya digo, a veces incluso no expresadas), ¿hay otros elementos en torno a los cuales la filosofía de la ciencia deba realizar sus indagaciones?

Por supuesto que los hay. Sin ir más lejos, están los valores (y no únicamente los valores epistémicos de los que nos habla Kuhn) por los que, con cierta flexibilidad, se rige la práxis científica. No todo en la ciencia empieza y acaba con la elección lógicamente racional entre teorías en conflicto. ¿Qué tipo de ciencia se prefiere: una ciencia amable con el medio o depredadora?, ¿qué tipo de actividad científica se prefiere: la sujeta a los intereses del mercado o la tendente a resolver necesidades básicas de la humanidad?, ¿qué clase de ciencia se prefiere: sólo la aplicada o también la básica? Esta y otras cuestiones son de importancia extrema. ¿Irracionales? No, desde luego que no. Quizá no lógicamente racionales, pero históricamente racionales, desde luego. Estas cuestiones y mu.chas otras del mismo tenor, ¿deben quedar fuera de la reflexión filosófica sobre la ciencia? Opino que no. Tal vez sean problemas de historia externa, pero no por eso menos importantes que las cuestiones de la historia interna. Son las dos caras de una misma hoja. Una hoja que, hasta el momento, sólo ha sido considerada en su haz o en su envés, no en su totalidad. Porque así es la filosofía -quizá porque así es el pensamiento humano, dicotómico.

Es obvio que a la hora de responder estas cuestiones de historia externa o interna la filosofía debe hacer uso de las herramientas a su alcance. Lo contrario sería de imbéciles. Eso no significa que la filosofía empiece y acabe con las contribuciones de estas herramientas, entre las que figura en lugar de honor la ciencia. Hay mucho que hacer fuera del reducido ámbito de las contribuciones de la ciencia. Fragmento del capítulo final del libro con el mismo nombre

Descargar (PDF, 2.94MB)

Colección Eslabones en el Desarrollo de la Ciencia. Ediciones del CEFPSVLT, México, D. F., octubre de 2013, en prensa.

Fotografia de José Sanmartín albergada en www.esacademic.com

 

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