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El legado de Carlos Castrodeza

El legado de Carlos Castrodeza

Raúl Gutiérrez Lombardo

Texto tomado de Contrastes. Revista Internacional de Filosofía: Suplemento 18(2013), pp. 70-24. ISSN: 1136-9922. Departamento de Filosofía, Universidad de Málaga, Facultad de Filosofía y Letras Campus de Teatinos, E-29071 Málaga (España)

CarlosSi algo lamento al escribir estas líneas es no haber tratado más a Carlos Castrodeza. Lo conocí en un seminario sobre Epistemología Evolucionista en la Universidad de Valencia al que me invitó José Sanmartín en 2007. Desde las primeras palabras que crucé con él pude apreciar su agudo sentido del humor y su erudición enciclopédica, pues sabía mucho y era evidente que se lo había leído todo. Por lo mismo, se notaba también que en las reuniones se aburría de escuchar trivialidades pero, en lugar de enfadarse, prefería hacer alguna broma incisiva para que los demás soltaran la carcajada y no cayeran dormidos.

Lo volví a ver por última vez en 2008, en un coloquio sobre Darwin en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo que convocó también José Sanmartín. Al año siguiente (2009), los responsables de la revista Ludus Vitalis, como tantos otros, decidimos invitar a la comunidad de filósofos de la biología que habían publicado en la revista para dedicar un número de homenaje a Darwin por el 200 aniversario de su natalicio y el 150 aniversario de la publicación de su obra maestra El origen de las especies. Le escribimos a Carlos Castrodeza y le preguntamos si estaría dispuesto a participar en el proyecto, al cual se adhirió con agrado. El trabajo que nos envió lo tituló La revolución científica interminable: De Copérnico en adelante, haciendo hincapié en Darwin, el cual era tan impresionantemente bueno, como se dice en la jerga editorial, que lo colocamos al inicio del volumen junto al más grande de la filosofía de la biología como lo es Francisco J. Ayala.

Menciono el trabajo publicado en Ludus Vitalis porque no sólo está conectado con este libro que comento, Antropología de la ciencia. La base fideísta del legado Darwiniano, sino porque es imposible dilucidar cuál de los dos escribió primero, o si los escribió al mismo tiempo, pues se complementan como anillo al dedo. En un caso es una síntesis histórica de la civilización occidental desde una perspectiva naturalista (darwiniana), y en el otro, que es casi lo mismo, una antropología de la ciencia darwiniana. <<Posiblemente, pensar por pensar sea la mejor “droga” para sobrellevar el infortunio de la existencia (asumida o no), cuya concienciación hace presa en seres autoconscientes como nosotros. Porque el pensamiento es la adaptación provisional más consustancial a nuestra propia condición biológica>>, Castrodeza dixit.

Dos años después (2011) le invitamos a participar en un debate de la revista sobre interdisciplina y nos mandó una contribución tan original como sarcástica, pues pone elegantemente en su sitio a los que, tal vez por pose pero sobre todo por ignorancia, no pasan de la superficie, como los niños que se comen el merengue del pastel de cumpleaños y dejan el pan sin saber siquiera de qué es. <<La interdisciplinariedad en la práctica tendría, por ejemplo, valor para un Robinson Crusoe que no tiene ayuda alguna en su tarea de supervivencia más inmediata, y que tiene que hacer y saber de todo>> Castrodeza dixit.

Finalmente, y digo finalmente porque fue el fin de nuestra incipiente amistad, en julio de 2012 organizamos un coloquio sobre cerebro y conducta para conmemorar el 20 aniversario de Ludus Vitalis y lo invitamos a participar en una de las mesas cuyo tema era contestar la pregunta ¿todo es reducible a la ciencia?, la otra pregunta era, por cierto, ¿todo está en el cerebro?, y aceptó nuestra invitación sin más; nos dijo que vendría con su esposa Virpi. A escasos días del coloquio José Sanmartín me envió un correo diciéndome que Carlos había fallecido.

Los últimos días del mes de noviembre de 2012, tuvo lugar el primer congreso de la AIFIBI (Asociación Iberoamericana de Filosofía de la Biología) y Antonio Diéguez, organizador del congreso y primer presidente electo de la asociación, me extendió una invitación para participar en un homenaje a Carlos Castrodeza. Me sentí honrado al aceptar y acudí a la reunión exclusivamente para eso, porque pensé que a Carlos Castrodeza le hubiera gustado hablar seguramente sobre bioantropología y mencionar que <<la aparición más o menos gradual de la autoconsciencia en el hombre, así como su mantenimiento, es una adaptación fomentada por el “engaño a sabiendas” (o sea, la mentira), como una manera de hacer del engaño una estrategia de supervivencia más eficiente por momentos que la derivada del autoengaño>>, Castrodeza dixit; (paréntesis de un servidor). Lo interesante de señalar aquí es que dicha idea se repite con frecuencia en autores del mundo <<cultural>>, no así del <<científico>>.

En su intervención en el homenaje a Carlos Castrodeza, José Sanmartín, quien además de hablar y contar anécdotas del amigo, soltó una noticia que me cimbró hasta los huesos. Virpi le había dejado como legado la biblioteca personal de Carlos y él, a su vez, después de consultarlo con ella, consideró que el mejor lugar para depositar ese legado era el Centro de Estudios Vicente Lombardo Toledano, que posee una de las bibliotecas de historia y filosofía de la ciencia más importantes de México. Nunca tendré suficientes palabras para agradecer ese gesto de generosidad, pero sí que puedo hacer todo lo posible para estar a la altura de tan excepcional circunstancia.

Contar con la biblioteca, conformada a lo largo de una vida de trabajo fecundo de uno de los grandes filósofos de la biología de España y de Iberoamérica, no tengo duda alguna, es un gran honor y una gran responsabilidad. Para ello constituiremos una sala especial que llevará su nombre, la cual albergará los más de 1500 títulos, el número exacto lo sabremos una vez catalogada, para que pueda ser consultada por los actuales y futuros filósofos de la biología de nuestra región del mundo. (Ahora sabemos que la “Sala Carlos Castrodeza” contiene 1678 unidades bibliográficas entre libros y revistas), paréntesis de un servidor.

La última noche que estuve en Valencia cenando con José Sanmartín, su esposa Gloria, Jorge Martínez Contreras, y Pilar mi esposa, José comentó, a propósito del congreso que recién había terminado, que la filosofía de la ciencia en nuestros países no reluce porque la mayoría de nosotros se la pasa hablando de, o estudiando a, si es el caso, otros autores, especialmente del mundo anglosajón o galo y no sobre nosotros mismos. Carlos Castrodeza era de esos pocos autores, sobra decirlo, que hablaba y escribía de su trabajo, sin complejos, con brillantez, con conocimiento, con enjundia.

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