Go to Top

Evolución humana desde el paradigma científico reduccionista

Evolución humana desde el paradigma científico reduccionista

Raúl Gutiérrez Lombardo

En este trabajo, deliberadamente voy a dejar de lado la visión del mundo que sostiene que los humanos somos especiales respecto al resto de los seres vivos, no obstante, anoto, que sabemos de la existencia de rasgos derivados funcionales únicos en los seres humanos como la capacidad de categorización y razonamiento lógico o la capacidad para valorar nuestra conducta. Lo anterior, con objeto de llevar hasta sus últimas consecuencias, la llamada concepción reduccionista del mundo. Esta concepción filosófica, que se inserta en la llamada filosofía naturalizada, en su versión más radical se conoce como accidentalismo, la cual parte del argumento de que todo ser viviente dedica su existencia a buscar los recursos necesarios para su supervivencia y su reproducción, la cual incluye al ser humano como a cualquier otro organismo, con la salvedad de que éste es consciente de esa búsqueda, que es parte/consecuencia de su bagaje adaptativo. De tal suerte, su comportamiento social no es sino una estrategia adaptativa para hacerse de esos recursos, siempre escasos frente a sus competidores, en donde rige una manera de llegar a ellos antes que los demás.

Thomas Robert Malthus

Esta estrategia adaptativa implica, según este enfoque, que los seres humanos necesitamos recursos para mantener el tipo y, sobre todo para transmitirlo. Como ya popularizara a finales del siglo XVIII R. Malthus en principio los recursos primarios (alimentos) crecen mucho más despacio (aritméticamente) que los seres humanos (geométricamente), por eso, no hay para todos y hay que abrirse camino como sea y es Charles Darwin en su obra maestra El origen de las especies quien le da una dimensión evolucionista al asunto, a partir de la cual surge su teoría de la selección natural. Así, las dos ideas básicas del argumento accidentalista son: una, necesitamos recursos y dos, no hay para todos.

Desde esta perspectiva, aunque se admite que en los seres humanos la historia es un elemento fundamental de su hábitat, esta historia es en realidad un componente más de la interacción de su genoma con su medio, y su expresión fenotípica es el resultado de esa interacción, no obstante, anoto otra vez, que “saber que sabemos” engloba los aspectos intelectuales, espirituales, éticos y estéticos que caracterizan a la cultura en sus diferentes manifestaciones.

Y entonces, ¿qué pasa con el comportamiento social y cultural de los seres humanos desde la perspectiva accidentalista?

El argumento accidentalista prosigue al decir que el problema con las relaciones sociales humanas es que hay quien se aprovecha de los demás a la menor oportunidad, porque aunque en principio hubiera recursos para todos, hay recursos necesarios que no se pueden repartir ni con la mejor voluntad. Está la enfermedad en sus múltiples acepciones, el no ser aceptado por los demás como otros que tienen más aptitudes sociales, porque claramente están, sin considerar a los que tienen simplemente buena suerte, los que están mejor dotados por la naturaleza (genéticamente) para realizar las funciones más cotizadas por todos (por la sociedad) y los que no lo están, incluso descontando los prejuicios raciales y sociales de siempre. Así, inevitablemente, los que tienen, se tienen que defender de los que no tienen pero también de los que tienen, porque los que tienen quieren tener más.

Este argumento se apoya en pensadores como David Hume, quien a mediados del siglo XVIII, antes de que hubiera explicaciones más propiamente biológicas, observó que queremos más a los parientes más cercanos y que esa querencia va disminuyendo con la lejanía parental hasta prácticamente quedar en la total indiferencia. Lo que hoy día, en vez de parentesco, podríamos hablar de “distancia genética”. Otro autor, también escocés, por cierto, Adam Smith resaltaba las anomalías de la ética, con su concepto de “mano invisible”, que dejaba patente que el egoísmo produce bienestar social, porque cuando los egoístas compiten para suministrar un producto, se ocupan de suministrar cada uno el mejor producto para obtener la mayor clientela posible y así el máximo beneficio con respecto a sus competidores. Pero aún siendo esto cierto, Adam Smith no se fija especialmente en la posibilidad del engaño, de la falta de “juego limpio”.

El argumento accidentalista compara el engaño con el mimetismo en la naturaleza, que es una estrategia adaptativa para evitar al depredador o de conseguir con más facilidad a la presa, según sea el caso, y agrega que la naturaleza también promociona la detección del engaño a través de un proceso que, por selección natural, propicia que además del engaño se produzca la detección del engaño, y luego está, especialmente entre los seres humanos, el autoengaño, el que engaña sin pretenderlo, el cual es el engaño más eficaz (adaptativamente hablando claro), porque no hay mala fe (yo hice eso porque pensaba que era lo mejor para todos).

Pero el accidentalismo matiza esta idea al proponer que no todo parecería fraudulento en esa conducta contaminada por el egoísmo y el engaño al apuntar que Adam Smith también observó la circunstancia de que la desgracia ajena a menudo inspira compasión y ésta es un acicate para remediarla. Desde la accidentalidad, desde la perspectiva de la selección natural, el altruismo es como un arma secreta que se traduce en el engaño sublimado. No ya porque mañana pueda ser yo el afectado y entonces exija como contrapartida que se me ayude como yo pueda haber ayudado en su día, sino porque la naturaleza me obliga a hacerlo, porque me siento mal si no hago “lo que debo”.

¿Por qué, en cambio, me siento bien si ayudo a necesitados que ni siquiera voy a conocer jamás, o cuando ayudo por ayudar sin que el ayudado sepa nunca cuál fue la mano amiga que, al menos en parte, le sacó momentáneamente y parcialmente de su apuro?

Carlos Castrodeza, filósofo de la biología experto en esa concepción filosófica, responde de la siguiente manera:

Simplemente, porque estoy haciendo publicidad de mi bondad y “buenos sentimientos” ante los que me rodean, para generar confianza en mí, para hacerme lo más imprescindible posible, para que se cuente conmigo por ser de fiar. En definitiva, estoy engañando, pero sin saberlo, porque las emociones son genuinas, pero el resultado me promociona, me saca adelante con respecto a los demás, y sobre eso es sobre lo que actúa la selección natural.

La selección natural es oportunista y no favorece ni el bien, ni la verdad, ni la belleza, a no ser que sus promotores/portadores prosperen a expensas de los otros. Y si no es así, los otros son los que se llevan el gato al agua irreductiblemente. De manera que el bien, la verdad y la belleza son, según la idea de Jean Baudrillard, simulacros para la construcción de una hiperrealidad generalizable como Disneylandia. Asumir esta contingencia es decidir vivir en la perplejidad, o como diría también Martin Heidegger, por otros causes, en la autenticidad.

De modo que, en la etología de la cooperación y de la competencia, siguiendo a los filósofos de la sospecha, según la expresión de Paul Ricoeur, es decir, a Sigmund Freud, a Karl Marx y a Friedrich Nietzche, nada es lo que parece. Porque el altruismo recíproco viciado por el engaño y su detección está en la línea del dictamen general de Freud para quien las razones reales de nuestras actuaciones están enterradas en el subconsciente, y las razones aparentes son las que funcionan en nuestra convivencia para no infundir sospechas sobre nuestras verdaderas intenciones. Lo mismo sucede con Marx, pero ya a nivel de grupo o clase, y en Nietzche, destacando su interpretación de la razón, encarnada en la figura de Sócrates, como instrumento del resentimiento en aquellos que no pueden llegar a los recursos, en donde el resentimiento depura la racionalidad pensante haciendo, por ejemplo, de la “irracionalidad” una metarracionalidad “edificante” o, más simplemente, una metafísica “liberadora”.

Entonces, ¿cuál es el fin de nuestro gran melodrama? Según Castrodeza, se trabaja y se sufre para no trabajar y no sufrir, y cuando se llega al menos a un simulacro de ese inefable estado, no se sabe qué hacer, se necesita un hobby,o sea una manera hiperreal de trabajar y sufrir, de matar el tiempo.

Fragmento de la ponencia presentada en el coloquio “La filosofía desde la ciencia”, celebrado el 5 de noviembre en el CEFPSVLT.

, ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *