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¿La mente humana está modularizada?

¿La mente humana está modularizada?

Dra. Paola Hernández Chávez

Cuando en medios electrónicos o publicaciones más serias encontramos algún artículo que nos hable sobre el cerebro, sobre cómo pensamos, o nos relata acerca de alguna disfunción conductual particular; tendemos a creer que la ciencia ha avanzado tanto que estamos a poco tiempo de presenciar el milagro de traducir los pensamientos y emociones fisiológicas a imágenes tridimensionales.

Un ejemplo carismático del uso ingenuo que se hace de la investigación científica y la no científica respecto a lo mental y al cerebro, es una nota de Ernesto Morales que afirma que la razón por la cual el delantero argentino Lionel Messi no mostró entusiasmo alguno, sino más bien indiferencia, al recibir el balón de oro en este último mundial, es que es un autista Asperger. El autor afirma que “un rasgo distintivo de los síndromes de Asperger es su noble capacidad para obedecer”. Apoyo para tal afirmación no podemos encontrarla en ningún manual médico y tampoco es compartida por los estudiosos más serios del síndrome de espectro autista y el síndrome Asperger en particular –que resulta ser realmente raro cuando se realizan todos los análisis pertinentes. En ambos casos se trata de padecimientos –y no de virtudes– que agrupan más características negativas que positivas. De modo que, a pesar de que pretender ser Asperger está de moda ya no sólo en ámbitos intelectuales sino también deportivos, podemos fácilmente saber que un sujeto no es un auténtico Asperger si le puede halagar que lo caractericen como tal y además no presenta conductas estereotípicas, coeficiente intelectual que difiere de los neurotípicos, entre otras desafortunadas disfunciones que se asocian a tal síndrome.

El hecho es que cuando buscamos responder las interrogantes que más nos inquietan respecto al pensamiento humano, al funcionamiento del cerebro, al por qué ciertos sujetos padecen ciertas discapacidades mentales y cómo pueden tratarse de manera más eficiente, las respuestas no son contundentes, sino más bien escasas. No hay fronteras claras entre una disfunción y otra, entre regiones cerebrales asociadas a funciones mentales específicas, o menos aún entre las áreas de conocimiento que se dedican a uno u otro aspecto del mismo fenómeno cerebral o cognitivo.

Una de las interrogantes más recurrentes y polémicas respecto a lo anterior circunda el debate de lo que actualmente se conoce como teorías modulares de la mente; teorías que se encuentran a la base de las tendencias dominantes de la neurociencia cognitiva actual. A rasgos muy generales, esto equivaldría al supuesto de que las capacidades mentales humanas tienen todas un sustrato cerebral, unido asimismo al supuesto de que el cerebro se divide en regiones especializadas –ya sea genéticamente y/o a las demandas ambientales en las que se encuentra inmerso el sujeto–. En otras palabras, la modularidad es una teoría filosófico-empírica que intenta dar cuenta de la organización y funcionamiento de la mente humana, proponiendo que la mente está estructurada modularmente, en el sentido de estar dividida en funciones cerebro-cognitivas específicas. Quizá la manera más clara de entender lo anterior es preguntándose qué es un módulo. Un módulo es un componente funcional disociable, un sistema de procesamiento de información que lleva a cabo o se correlaciona con una función cognitiva específica. Se ha hecho la analogía entre un módulo y los componentes de un viejo sistema de sonido, en el sentido de que estaban compuestos por un reproductor de acetatos, un lector de discos compactos, un radio, unas bocinas, un reproductor de cintas de audio, etc. Teniendo esa imagen en mente podemos entender que cada una de esas unidades lleva a cabo una función específica que contribuye funcionamiento del conjunto, son relativamente independientes entre sí, llevan a cabo un procesamiento particular y, lo que es más importante, una de ellas puede averiarse sin con ello hacer que deje de funcionar el sistema en su conjunto, por ello puede reemplazarse o repararse por partes. Esa es la imagen rudimentaria que podemos trasladar a la mente o la cognición, un conjunto complejo compuesto por partes que si bien contribuyen al funcionamiento del sistema completo, llevan a cabo funciones específicas, relativamente independientes, además de que pueden descomponerse y repararse sin tener consecuencias en cascada para todo el organismo.

Las ideas anteriores se inspiran en la biología y en la inteligencia artificial, pues se cree que un sistema modularizado es más evolucionable. Es decir, se piensa que los sistemas modulares son mucho más favorecidos por la selección natural que uno en el cual al averiarse una parte provoca que se colapse el sistema completo. En biología esto es más claro a partir de la conocida jerarquía de la vida que divide y se compone ascendentemente por átomos, moléculas, células, tejidos, órganos, sistemas, organismos, poblaciones, ecosistema. En principio, las propiedades y funciones de cada nivel son cuasi independientes, distintas, que contribuyen a la sobrevivencia del ente en general.

En particular, la tesis de la modularidad de la mente es una teoría que pretende ser una descripción de la arquitectura de los procesos mentales que nos acerque a la comprensión de cómo es que llevamos a cabo procesos complejos, como por ejemplo, la percepción, la fijación de creencias, la cognición. La modularidad nos ofrece un inventario de las capacidades mentales humanas.

De acuerdo con la formulación original que propuso un filósofo llamado Jerry Fodor (1983), la mente está compuesta por transductores o cables físicos, sistemas de insumo modulares y procesadores centrales. Este autor considera que sólo los sistemas de insumo o periféricos son modulares, en cambio los procesadores centrales no son modulares porque no están encapsulados informacionalmente, es decir, pueden compartir y tener acceso a información de otros sistemas de procesamiento de información; los sistemas centrales no son específicos de dominio, de modo que no llevan a cabo sólo un conjunto muy restringido de tareas, sino que pueden realizar múltiples tareas; éstos son lentos en comparación con la casi automaticidad de los sistemas modulares.

Distintos autores han reformulado la noción de módulo mental, si bien la concepción inicial era que: están cableados; frecuentemente están asociados a una arquitectura neural fija; son específicos de dominio, de modo que se limitan a los dominios de información que son relevantes para su procesamiento particular; son rápidos; autónomos; obligatorios o automáticos, es decir, que actúan inevitablemente; exhiben patrones de disfunción muy característicos; y finalmente, el aspecto más importante del módulo es su encapsulamiento informacional. Esto significa que el funcionamiento del módulo es insensible e inaccesible a otras partes de la cognición.

brainEl rasgo que comúnmente más se asocia a la modularidad, en tanto que puede explicar la similaridad cognitiva existente entre los humanos, es el innatismo o transmisión genética. Tradicionalmente lo innato se concibe como aquello que poseemos antes del nacimiento o que tendrá lugar en el curso normal del desarrollo. Sin embargo, actualmente se sabe que antes del desarrollo embrionario no hay nada, ni una gramática, ni mecanismos de aprendizaje estructurados.

La alternativa al innatismo o herencia genética de los módulos es considerar si éstos adquieren su función particular por aprendizaje, en el sentido de que nuestro cerebro está conectado con otros sistemas y órganos complejos del cuerpo, que a su vez está conectado a un medio ambiente y a una cultura. Así, se alimenta la idea de que los humanos aprendemos de un modo similar porque tenemos cerebros que funcionan con agua, oxígeno, proteínas, etc., nos desarrollamos en casi idénticos medios ambientes en términos de atmósfera, ley de gravedad, ya no somos –al menos no cotidianamente– perseguidos por un depredador. Más aún, en la actualidad y por lo regular recibimos insumos visuales de tipo similar, comenzamos a socializar a edades tempranas, vamos a la escuela a la misma edad, nuestra educación tiende a homogeneizarse culturalmente, entre otros muchos aspectos. Y es con base en lo anterior que procesamos información, conformamos rutas de aprendizaje y solucionamos problemas.

Tanto el innatismo como la especialización por presión ambiental de procesos mentales describen aspectos distintos de la cognición, sin embargo, los debates siguen girando en torno a qué perspectiva es empíricamente más defendible. En otro momento estudiaremos más a fondo ambas propuestas.

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