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La Religión como Hechizo; el Hechizo como Fenómeno

La Religión como Hechizo; el Hechizo como Fenómeno

Jonathan Echeverri Álvarez

Daniel C. Dennett, Romper el hechizo. La religión como fenómeno natural.Traduc­ción castellana de Felipe De Brigard. Madrid: Katz Editores, 2007, 509 pp.

Es fácil que nos perdamos en las minucias de las discusiones académicas abstrac­tas. Pero nunca debemos olvidar que la significación de la vida humana queda dis­minuida por estas falsas argumentaciones (…) Pasamos una sola vez por este mundo. Pocas tragedias pueden ser más vastas que la tragedia de la vida; pocas in­justicias, más profundas que la de negar una oportunidad de competir, o incluso de esperar, mediante la imposición de un límite externo, que se intenta hacer pa­sar por interno.

Stephen Jay Gould, La falsa medida del hombre.

Words? Children are made of the words they hear. It matters what we tell them. They can be hurt by words. They may go on to hurt themselves still further, and in turn become the kind of people that hurt others. But they can be given life by words as well.

“I have set before you life and death, blessing and cursing—these are the words of Deuteronomy—therefore choose life, that both thou and thy seed may live.” I think there should be no limit to our duty to help children to choose life.

Nicholas Humphrey, What shall we tell the children?

¿La imposición de un límite externo que se hace pasar por interno? ¿A qué hace alusión Gould en uno de sus trabajos monográficos memorables? ¿Al posible daño generado por las palabras, de acuerdo con Humphrey, o al uso de la ciencia para el estudio de fenómenos al parecer intocables como la religión o la moral? El lector juicioso de su obra no desconoce los continuos señalamientos del autor al uso de la ciencia con propósitos políticos cuestionables. Este inadecuado uso es evidente en el detrimento de tradiciones culturales —la religión es tal vez la más relevante— y la prescripción de normas al parecer morales pero perniciosas. Discusión que ha permitido fundar el siguiente consenso: la ciencia se ocupa de hechos empíricos susceptibles de ser conocidos y transformados por el desarrollo de tecnología; por su parte la religión, la filosofía y las ciencias sociales y humanas están enfocadas en la comprensión de la experiencia humana, y en ofrecer una respuesta satisfactoria al significado de la vida y las consi­deraciones éticas asociadas a ésta.

No obstante, estas disciplinas y creencias no aseguran una respuesta satisfactoria, definitiva e incuestionable. La ciencia puede inmiscuirse en este diálogo antes ajeno. La primera impresión generada por el título Romper el hechizo: la religión como fenómeno natural consiste en el posible reto asumido del autor para argumentar a favor de esta tesis: La religión es un hechizo, fenómeno que al concebirse natural puede ser estudiado cientí­ficamente, y por lo tanto, romperse. Sin embargo, los primeros capítulos del libro permiten deducir que la religión no es el hechizo a romper. El hechizo está unido a dos predisposiciones: primero, la religión no consti­tuye en ningún sentido un fenómeno que pueda ser abordado científica­mente, y segundo, una explicación científica no hace justicia a la moralidad y el significado de la vida que al parecer le pertenecen a la creencia religiosa. Dennett se propone contender esta oposición que no permite reflexiones promisorias sobre el lugar de la religión en la naturaleza humana.

Nuestro autor define la religión como un sistema social en el cual la creencia en un ser sobrenatural es determinante en lo que debe hacerse en la vida cotidiana. Es necesario conocer las características y funciones de una conducta religiosa, y saber cómo han evolucionado en la especie humana semejantes manifestaciones. Indica que uno de los descubrimien­tos más relevantes de la psicología moderna consiste en exponer “cuán fácilmente se puede ser ignorante en lo que respecta a nuestra propia ignorancia” (2007, p. 53). Este argumento sirve para señalar la importancia de someter a la religión a un examen cuidadoso, y develar en consecuencia la ignorancia relativa al fenómeno. Presenta al creyente la posibilidad de ser irresponsable por “arrogancia, por su irracional certeza de tener todas las respuestas” (2007, p. 75), pues debe aceptar la responsabilidad intelec­tual de la demostración. El hechizo no es privativo de la creencia religiosa, también es frecuente en el proteccionismo de algunas disciplinas acadé­micas.

El libro se compone de nueve capítulos organizados en tres partes y cuatro apéndices. La primera y tercera parte —Abriendo la caja de Pandora y La religión hoy— se ocupan del hechizo descrito, y la segunda parte —La evolución de la religión— constituye un compendio de prototeorías acerca de la religión que es necesario poner a prueba y ampliar; define una ruta de investigación para él promisoria, una posible historia evolutiva de la creencia religiosa en la especie humana. Por otro lado, los apéndices se ocupan en profundizar aspectos polémicos de algunas ideas presentadas en el texto. No es de extrañar que pueda identificarse una constancia teórica del autor en esta publicación. La posición intencional y la evolución del lenguaje son elementos determinantes en el origen de la religión, inicialmente como “religión popular” y luego en todas las variedades posibles de “religiones organizadas”.

No hay que olvidar la definición de religión propuesta. El énfasis en la creencia en un “ser sobrenatural” y sus implicaciones en la vida cotidiana del creyente es un efecto directo de la intencionalidad, y en consecuencia, del lenguaje. De ahí que se enuncie una constancia teórica: en el autor la teoría de los sistemas intencionales —explicación de la posición, actitud o perspectiva intencional— es un aspecto transversal en toda su obra; per­mite ofrecer incluso aproximaciones teóricas a fenómenos igualmente complejos como la conciencia, la libertad y el humor. Adoptar la posición intencional implica tratar cualquier objeto en el mundo como “agentes con creencias limitadas acerca del mundo, deseos específicos, y suficiente senti­do común como para hacer lo que resulta racional dadas esas creencias y esos deseos” (Dennett, 2007, p. 141). Esta concepción es una versión compleja y reciente de la intencionalidad en la historia de la vida, y tiene una relación directa con el lenguaje; sin éste, las nociones de “agente”, “creencia”, “deseo” y “racionalidad”, representadas en una mente, no serían posibles.

La intencionalidad no es una característica cognitiva, ni es exclusiva de la especie humana. Es un concepto filosófico medieval que alude al “tener que ver con”. Es decir, “una cosa muestra su intencionalidad si su aptitud tiene que ver con alguna otra cosa. (…) Una cerradura y una llave muestran la forma más basta de intencionalidad” (Dennett 2000, p. 50). No es necesario tener una representación acerca de alguna cosa para exhibir intencionalidad. Sin embargo, adoptar una actitud intencional implica valerse de las posibilidades cognitivas ofrecidas por el lenguaje con el fin de tratar cualquier cosa en la naturaleza como si fuese un agente con “creencias” y “deseos”. Asimismo, se puede tener una creencia acerca de algo, una creencia de una creencia, o una creencia acerca de una creencia de una creencia, y así sucesivamente (intencionalidad de primer, segundo y tercer orden…).

Las pruebas empíricas registran datos a favor de una intencionalidad de primer orden, y alguna evidencia controversial con relación a la inten­cionalidad de segundo orden, en primates no humanos, específicamente en los chimpancés. Pero ahí se detiene el universo de posibilidades cogni­tivas. En la especie humana los demás órdenes de intencionalidad generan diferencias lingüísticas y culturales abismales en las relaciones interperso­nales. La actitud intencional permite explorar estos órdenes y aun poner incluso “creencias” o “deseos” en acontecimientos físicos que no obedecen a las acciones de un potencial agente. De lo anterior se deduce que la creencia religiosa es consecuencia de una actitud intencional desbocada; presume la existencia de agentes sobrenaturales con “creencias” y “de­seos” que guían hechos aparentemente inexplicables e improbables. En principio es un recurso explicativo:

podemos conjeturar el modo en que las religiones emergieron sin ningún diseño deliberado ni consciente; sencillamente, como emergió el lenguaje: a través de un proceso interdependiente de evolución biológica y cultural. En la raíz de la creencia humana en los dioses yace un instinto muy fácil de activar: la disposición a atribuirle agencia —creencias, deseos y otros estados menta­les— a cualquier cosa complicada que se mueva (Dennett 2007, p. 146).

Y un recurso cultural en la toma de decisiones:

Los estudiosos de estos asuntos han descubierto una profusión, cómicamente variopinta, de antiguas estrategias para delegar decisiones importantes en factores externos incontrolables. (…) Jaynes señala (ibíd.: 240) que la idea misma de aleatoriedad o azar tiene un origen bastante reciente: hace algún tiempo atrás, no había ningún modo siquiera de sospechar que algún evento era completamente aleatorio; se presumía que todo significaba algo, si tan solo pudiéramos saber qué. (…) En ausencia de dicha sofisticación, era importante creer que alguien, en algún lugar, y que sabe qué es lo correcto, me lo está diciendo. Al igual que la pluma mágica de Dumbo, algunas muletas para el alma sólo funcionan si uno cree que funcionan (Dennett 2007, p. 167) (La cursiva es del autor).

El azar suele asimilarse como un concepto académico que pertenece a la física teórica. Pero el uso habitual de la posición intencional, que permite ilusiones de autocontrol y delegación de responsabilidad en agentes so­brenaturales, desconoce la incidencia de éste en nuestras deliberaciones cotidianas. La explicación, y la aparente posibilidad de elecciones perfec­tamente controladas, que se anuda a la intencionalidad y el lenguaje, son dos condimentos indispensables para el surgimiento de la “religión popu­lar”. Por su parte, la “religión organizada” se vale de requisitos adicionales —que el autor describe en la segunda parte del libro— como la “evolución de la protección” o liderazgo religioso recalcitrante, la “invención del espíritu de equipo” y la “creencia en la creencia”. El amplio espectro de posibilidades descriptivas, explicativas y representacionales del lenguaje traza el camino de una evolución cultural acumulativa, generando varia­ciones y diseños novedosos en las religiones. En palabras de Dennett (2007):

una vez que evolucionó el lenguaje no fuimos ya, simplemente, curiosos, sino que nos volvimos inquisitivos: empezamos a hacer preguntas de verdad, en voz alta y en lenguaje articulado. Las preguntas se convirtieron en elementos ubicuos de nuestros mundos perceptuales y empezaron a provocar reacciones, que a su vez provocaron más y más preguntas, y así, sucesivamente, aumen­taron de modo progresivo hasta acumular una buena cantidad de saber popu­lar que pudo empezar a transmitirse de manera oral y, eventualmente, de forma escrita. Al menos en un punto, las explicaciones bíblicas y darwinianas coinciden respecto de cómo fue que nosotros llegamos hasta aquí: en el princi­pio era la Palabra (p. 420).

El lenguaje es una autopista informativa que suscita diseños culturales no previstos, planeados, beneficiosos, neutrales o perjudiciales; “una vez que la evolución genética ha establecido la superautopista informativa entre los padres y los hijos, está lista para ser usada —o abusada— por cualquier agente, con sus propios intereses, o por cualquier meme que sencillamente tenga las características que se benefician de las predisposiciones incorporadas en la autopista” (Dennett 2007, p. 164) (La cursiva es del autor). El meme es el ítem de replicación cultural usado por el lenguaje, y el gen es el ítem de replicación biológica sobre el cual opera la selección natural descrita por Darwin. La cognición humana es receptor directo de estas dos formas de herencia y transmisión: la evolución orgánica y la evolución cultural. Ambas son interdependientes, pero en ocasiones funcionan con intereses de replicación contrapuestos. Es decir, es evidente que existen memes en la cultura que sobreviven con ingenio pero que pueden ser claramente nocivos para la transmisión genética.

Estas apreciaciones de la evolución cultural no coinciden con otras propuestas teóricas que excluyen el trabajo de la selección natural; los opositores no conciben la idea de que el mismo mecanismo biológico funcione para las dos variantes evolutivas. En cambio, de acuerdo con Dennett, la selección natural es el mismo algoritmo para los dos órdenes de evolución, a pesar de que las unidades de replicación son distintas. El debate es desarrollado con cuidado en el Apéndice A: Los nuevos replicadores. La importancia de este enfoque reside, según el autor, en que es permisi­ble, en una discusión racional, modificar artefactos culturales perjudiciales para la especie; a diferencia de otras perspectivas de la cultura que apre­cian cualquier acontecimiento dentro de la misma con indiferencia, dele­gando el supuesto derecho de respetabilidad. Este es precisamente el hechizo a romper, no la creencia religiosa, sino el proteccionismo acadé­mico a la religión en función de resguardar un supuesto significado esencial de la vida, y una dirección moral que no se puede abandonar.

El autor finaliza con recomendaciones relativas a campos de investiga­ción que se deben explorar, y además señala que:

Los científicos tienen mucho que aprender de los historiadores y de los antro­pólogos culturales. (…) Recomiendo entonces que se comporten modestamen­te, que hagan muchas preguntas y que ignoren las desatenciones, muchas veces groseras y condescendientes, que los científicos inspiran a aquellos que detestan este enfoque (2007, p. 309).

Desatenciones “groseras” y “condescendientes” que han alimentado el desagrado y la oposición de las denominadas ciencias sociales y humanas. ¿Cuál sería el propósito y resultado final de esta inusual colaboración académica? ¿Abandonar toda forma de religión concebible y abogar por una ética secular? La respuesta se encuentra en la famosa pregunta plan­teada por Nicholas Humphrey en el título de un polémico ensayo “What shall we tell the children?” (1998), publicado en Social Research. El autor plantea una incómoda pregunta con una respuesta parcial:

To argue, in short, in favour of censorship, against freedom of expression, and to do so moreover in an area of life that has traditionally been regarded as sacrosanct. I am talking about moral and religious education. And especially the education a child receives at home, where parents are allowed—even expected—to determine for their children what counts as truth and falsehood, right and wrong (p. 778).

La censura a la educación moral y religiosa no es el camino de colaboración más amable. La “recomendación política central” de Dennett, un poco más accesible y cordial, consiste en que “eduquemos a los habitantes del mundo, de modo que puedan tomar decisiones verdaderamente informa­das acerca de sus vidas” (2007, p. 390). ¿Qué les diremos a los niños?

Les enseñaremos… las religiones del mundo, de un manera objetiva, histórica y biológicamente informada, de la misma manera en que les enseñamos geografía, historia y aritmética. Introduzcamos más educación acerca de la religión en nuestras escuelas, no menos. Debemos enseñar a nuestros niños credos y costumbres, prohibiciones y rituales, textos y música, y cuando cubramos la historia de la religión debemos incluir tanto lo positivo (…) como lo negativo (…) Ninguna religión debe ser favorecida, y ninguna debe ser ignorada (2007, p. 377).

De igual forma, reconocer el ejemplo de creyentes religiosos que

se han percatado de uno de los mejores secretos de la vida: dejar de preocu­parse. Puede acercarse a las complejidades del mundo, tanto a sus glorias como a sus horrores, con una actitud de humilde curiosidad, y reconocer que, no importa cuán profundo lo haya visto —si acaso, apenas rasguñando la super­ficie— encontrará entonces mundos dentro de mundos, bellezas que hasta entonces no había podido imaginar, y sus preocupaciones mundanas se redu­cirán a un tamaño adecuado, no muy importante cuando se contrastan con el gran esquema de las cosas. Mantener esa imagen atemorizante del mundo lista y a la mano, mientras uno trata de lidiar con las demandas de la vida cotidiana, no es un ejercicio sencillo, pero definitivamente vale el esfuerzo, pues si puede mantenerse centrado e interesado, encontrará que es más fácil tomar las decisiones más difíciles, las palabras adecuadas llegarán cuando las necesite, y será en realidad una mejor persona (2007, p. 351).

Las “falsas argumentaciones” que menciona Gould no son privativas de la ciencia con sus desatenciones “groseras” y “condescendientes”; también pertenecen a una educación moral y religiosa de la población adulta que percibe la infancia como una lamentable propiedad extensiva y coterminal (Humphrey, 1998). “Pasamos una sola vez por este mundo. Pocas trage­dias pueden ser más vastas que la tragedia de la vida; pocas injusticias, más profundas que la de negar una oportunidad de competir, o incluso de esperar, mediante la imposición de un límite externo, que se intenta hacer pasar por interno” (Gould 1998, p. 40). Es inaceptable que estas “profundas injusticias” se traduzcan en una educación deliberada y arbi­traria de la niñez; tanto de aquel proselitismo ateo, que en aras de suprimir toda religión, desconoce “aquellos secretos de la vida” ejemplares, como de aquel fanatismo religioso que desatiende con antelación la importancia del conocimiento científico para el desarrollo y el bienestar de las personas. Romper el hechizo (2007) es una invitación al lector a pensar en estas ineludibles cuestiones.

Departamento de Psicología, Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia. jonathanech@gmail.com

Ludus Vitalis, vol XXI, num. 40, 2013, pp. 425-431.

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