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Actividad Cognitiva y Actividad Humana Integral. A Propósito del Debate entre Wilson-Clark y Rupert

Actividad Cognitiva y Actividad Humana Integral.
A Propósito del Debate entre Wilson-Clark y Rupert.

Patricia King Dávalos

ABSTRACT. This paper focuses on the situation of the cognitive sciences from the perspective created by the debate between Robert Wilson and Rupert Clark—which posit “extended cognition” as the broadening of cognitive processes beyond the brain and skin of the cognitive agent—and Robert Rupert, who defends the orthodox position—that the constitutive system of cognitive phenomena is limited to the central nervous one. From these basic positions. I’ll argue that what is missing in this controversy is the development of an explicit conception of what human activity may be. What does task mean in the often-mentioned “cognitive task”? I will propose that “practice,” as a concept developed from studies on the specificity of human work, is a plausible candidate to fulfill such vacancy.

KEYWORDS. Cognitive sciences, situated cognition, extended cognition, brain- body-environment relationship, cognitive task, praxis, work, Robert Wilson, Andy Clark, Robert Rupert, Kant, Marx.

El carácter multídisciplinario de las ciencias cognitivas es muy prometedor, aunque tiene que enfrentar severas dificultades. La cooperación entre investigadores que trabajan en disciplinas tan diversas como teoría de la computación, robótica, neurofisiología, lingüística, psicología, filosofía de la mente, teoría del conocimiento, comportamiento animal, evolución de las especies, educación, filosofía de la acción, sociología, economía, estudios culturales, etcétera, tiene que remontar la diversificación de lenguajes técnicos, métodos y conceptos que se produjo durante siglos de una creciente especialización al interior de las distintas especialidades.

Una opción atractiva en esta dirección ha sido la ofrecida por la teoría de los sistemas dinámicos. Puede decirse que todos los investigadores persiguen el objetivo de explicar, mejorar o producir los fenómenos cognitivos, es decir, fenómenos tales como la identificación de obstáculos, amenazas y recursos para la actividad del ser vivo o del artefacto en cuestión; la coordinación entre sus diferentes recursos perceptuales y motores; el almacenamiento y la explotación de la información adquirida, o la toma de decisiones. Si bien unos investigadores estudian estos fenómenos en artefactos, otros en organismos no humanos y otros más en humanos, se puede decir que todos ellos los estudian en sistemas que, al mismo tiempo que están inmersos en relaciones causales con su exterior, están constituidos por diversos componentes que tienen relaciones funcionales entre ellos, de suerte que los procesos característicos del sistema resultan de la conjunción de sus relaciones externas e internas. El propósito de las investigaciones será, entonces, descubrir el estado del sistema que explique o produzca el fenómeno cognitivo en cuestión.

Ahora bien, el paso de los términos comunes a los conceptos compartidos es mucho más laborioso. El sistema computacional y el sistema neurofisiológico tienen una importante analogía estructural y funcional: sus componentes básicos pueden estar activos o inactivos (son binarios) y enlazarse formando redes. Esta analogía ha podido explotarse fructíferamente para el trabajo en ambos campos y en otras disciplinas interesadas en estudiar los fenómenos cognitivos, pero resulta demasiado formal para conciliar o resolver las diferencias entre la actividad específica del ser vivo y la del ser inerte, o entre la humana y la no humana. Por muy fructíferos que fueran —y lo fueron en gran medida— los descubrimientos que permitieron la analogía entre el cerebro y la computadora, y por muy justificada que esté —y lo está— la formación de las ciencias cognitivas hacia finales de los años cincuenta (Miller 2003), no había razón para hacerse ilusiones de que la cooperación avanzaría sin atravesar por debates arduos y prolongados. Esos mismos descubrimientos no tardarían en sacarlos a la luz.

El debate más destacado en las recién formadas ciencias cognitivas es el que se da, sobre todo en el terreno de la cognición humana (en la que aquí nos concentraremos), en torno a una tesis que hoy se considera fundacional, ortodoxa o tradicional: los procesos cognitivos son producto del cerebro y sólo del cerebro —tesis que, por supuesto, no pretende negar que el cerebro se ve afectado causalmente por procesos que ocurren fuera de él. Para los ortodoxos, entonces, el cerebro es el sistema dentro del cual hay que encontrar la explicación o el modo de corregir o mejorar nuestros fenómenos cognitivos (en Thagard 2010 se pueden encontrar una exposición y una bibliografía amplias). Desde mediados de los años sesenta empezaron a multiplicarse tanto las críticas teóricas a la tesis tradicional, como las investigaciones que apoyaban de forma experimental la idea disidente de que, en muchos casos importantes, existen otros procesos en el cuerpo y en la relación entre el cuerpo y su entorno que tienen un valor explicativo irreductible para entender la actividad cognitiva (Gregory 196; Dreyfus 1972; Gibson 1979; Lakoff y Johnson 1980; Marr 1982; Rock 1983; Winograd y Flores 1986; Suchman 1987; Agre y Chapman 1987; Brooks 1991; Varela, Thompson y Rosch 1991; Norman 1991; R. Wilson 1994; Hutchins 1995; Clark 1997). Para los disidentes, pues, el sistema a investigar es el ser humano entero o incluso en situación (la situación entendida de forma incluyente, es decir, como ser humano y su entorno social y material (Gallagher 2009)).

A primera vista, este debate pareciera obedecer a una divergencia sobre cuál es la frontera que delimita al sistema cognitivo —¿el cráneo, la piel, el “ambiente” o entorno?— y, por consiguiente, al campo de investigación de los fenómenos cognitivos humanos. Aquí argumentaré que en este debate hay otra cuestión en juego que merece mayor atención. Esta es la de cómo se concibe la actividad específica del ser humano sobre la situación en la que está inmerso y, por consiguiente, qué relación guarda con esta actividad integral esa otra actividad parcial que llamamos “cognición”. Me concentraré en las versiones que de este debate presentan conjuntamente Robert Wilson y Andy Clark (2009), por parte de los disidentes, y Robert Rupert (2009) por los ortodoxos, para mostrar cómo es que una concepción de la actividad humana basada en el concepto clásico de práctica, desarrollado a partir del trabajo, no sólo del médico o del abogado salidos de la universidad, sino también del obrero y del cazador-recolector primitivo, arroja nuevas luces para comprender las contraposiciones y dilemas que se presentan en el debate entre ortodoxos y disidentes.

EL DEBATE ENTRE ORTODOXOS Y DISIDENTES EN CIENCIAS COGNITIVAS

Durante las últimas décadas, las diversas posiciones disidentes solían agruparse bajo el rubro de “cognición corporizada” (Margareth Wilson 2002 las reúne así al criticarlas, aunque el solo hecho de remitir la cognición al cerebro ya es remitirla al cuerpo). Hace unos pocos años, sin embargo, dos de las universidades más influyentes a escala global, la de Cambridge y la de Oxford, publicaron casi simultáneamente dos libros que agrupan a los disidentes bajo el rubro de “cognición situada”. El primero se presenta como una colección de ensayos que busca servir como libro de texto (Robbins y Aydede 2009) y el otro como una crítica sistemática contra los disidentes (Rupert 2009).

En la publicación de Cambridge, sus editores, Philip Robbins y Murat Aydede definen la cognición situada como una tendencia en ciencia cognitiva cuyas investigaciones se guían por la idea de que la cognición depende de la situación en la que ocurre. El uso que hacen del término clave de “situación”, muchas veces sustituido indistintamente por el de “ambiente” y “entorno” (ya he señalado una diferencia), puede precisarse si atendemos las tres tesis o ideas que Robbins y Aydede consideran centrales de esta tendencia (sin necesariamente ser compartidas por todos).

  1. La cognición es corporizada. No depende sólo del cerebro, sino también del resto del cuerpo. Un niño adquiere el significado de “silla” cuando sabe qué es sentarse (y, por lo tanto, estar parado, acostado, caminar). Sus experiencias con su cuerpo contribuyen a darle forma a su mente (en R. Wilson y Foglia 2011 se puede encontrar una exposición detallada de esta tesis).
  2. La cognición está empotrada. Explota la estructura en el ambiente natural y social. Si tengo que contar un montón de monedas, voy separando las de diez pesos por un lado, las de cinco por otro, las de uno, etc., y luego hago la cuenta de forma más sencilla. Exploté la estructura espacial para descargar en ella parte del trabajo cerebral que de otra forma habría tenido que realizar.
  3. La cognición es extendida. Se extiende más allá de las fronteras del organismo. Un adulto mayor que está perdiendo su memoria biológica adopta la costumbre de llevar consigo un cuaderno donde apunta las cosas que decide hacer en el futuro. El cuaderno es su memoria extendida (la presentación original, ya clásica, de esta tesis es Clark y Chalmers 1998).

Según Robbins y Aydede, la cognición situada sería entonces una tendencia (o “género”) cuyas vertientes (o “especies”) trabajan de acuerdo con una u otra de estas tres tesis principales (y de otras relacionadas con ellas, por ejemplo, las ideas de “enacción” —”la percepción consiste de una acción perceptualmente guiada”; de los patrones sensomotores recurrentes que la hacen posible “emergen las estructuras cognitivas” (Varela, et al. 2001: 173ss)— y de “cognición distribuida” —coordinación entre individuos, artefactos y entorno (Hutchins 1995)).

De acuerdo con esto, situar la cognición es estudiarla con relación al cuerpo o con el ambiente natural y social —ambiente cuya estructura explota o sobre el que se extiende con mayor o menor amplitud. En cierto sentido, esto coloca a la cognición situada especificando sus coordenadas conceptuales o terminológicas —”corporizado”, “empotrado”, “extendido”. No es esta la forma característica y general con la que esta tendencia es situada o se sitúa a sí misma, que es más explícitamente práctica. No hay que olvidar que el artículo de Robbins y Aydede es la introducción a un texto para la enseñanza universitaria; su primer objetivo parece ser el de crear un lenguaje común. En lo que sigue veremos otro modo de situar.

Casi simultáneamente, Oxford publicó el libro de Robert D. Rupert, donde desde la primera línea de su prefacio declara: “Este libro es una reacción al movimiento situado en ciencia cognitiva que enfatiza la contribución del ambiente y del cuerpo no neuronal al pensamiento humano” (y, entre paréntesis, remite al libro de Robbins y Aydede).

Rupert coincide en que existen tres variedades de cognición situada, correspondientes a las tesis corporizada, empotrada y extendida, y considera que sus proponentes están unidos más que nada por su oposición a la ciencia cognitíva ortodoxa, de origen cartesiano, a la que tratan como si fuera un programa monolítico. La reacción de Rupert a la cognición situada se centra sobre todo en un extenso y detallado cuestionamiento a lo que Robbins y Aydede presentan como la tercera tesis, la de la cognición extendida —a la que, además, Rupert considera incompatible con la segunda, la de la cognición empotrada.

La conclusión de Rupert es que las tesis de la cognición empotrada y, hasta cierto punto, de la cognición corporizada pueden conciliarse con una rama de la ciencia cognitíva ortodoxa, la rama computational. Por el contrario, la tesis de la cognición extendida implicaría, dice, abandonar muchas de las conquistas alcanzadas por la ciencia cognitíva ortodoxa, sin aportar a cambio, ni de lejos, beneficio alguno que supere los costos de adoptarla. Concluye entonces que hay que rechazar la cognición extendida; la rama computacional de la ciencia cognitíva ortodoxa puede requerir algunos cambios menores, pero sigue siendo la mejor opción.

Rupert viene madurando públicamente esta crítica al menos desde 2004, así que no resulta extraño que en el mismo texto de Cambridge se incluya una réplica por parte de los defensores de la cognición extendida. En efecto, ese texto contiene un artículo de Robert A. Wilson y Andy Clark que, aunque centrado en articular su tesis en positivo, termina respondiendo a dos críticas que son muy afines entre sí, la segunda de las cuales es la de Rupert.

Wilson y Clark también empiezan ubicando la tendencia de la cognición situada y, al igual que Rupert, la sitúan de un modo práctico —aunque, por supuesto, el cuadro que pintan resulta muy distinto. Se trata, dicen, de un movimiento que buscaba “una alternativa o una modificación a los paradigmas entonces existentes” en las ciencias cognitivas (p. 1). No era un movimiento monolítico o fuertemente integrado, que creía estar enfrentando un enemigo común también monolítico. Al mismo tiempo que estaba animado por un haz de anti-ismos relativos a la mente (contra el platonismo, cartesianismo, individualismo, representacionismo, el estrecho computacionismo de entonces), también lo estaba por un grupo de influencias (Gibson, Heidegger, Merleau-Ponty, corporización, empotramiento, externalismo). Por encima o por debajo de esta pluralidad de antis y pros, había una importante idea compartida: más que concentrarse en tratar de articular su paradigma en un sistema conceptual, lo que el movimiento se proponía era mostrar con sus trabajos de investigación que la nueva perspectiva conduce a enfoques valiosos para entender las capacidades cognitivas particulares.

Wilson y Clark hacen entonces una especie de balance conceptual de estos antecedentes. En él destacan, por razones normativas para guiar el trabajo futuro, la que consideran que es sólo una, muy importante, de las ramas históricas de aquel movimiento. Su propuesta básica consiste en lo  siguiente: hoy “deberíamos pensar la cognición situada […] como una variedad de formas que puede adoptar la extensión cognitiva” (p. 2). La razón que Wilson y Clark dan para ello es que “ofrece un modo de conceptualizar la cognición situada que ayuda tanto a enfocar como a reorientar el estudio de la cognición en tanto fenómeno situado” (p. 2). Al mismo tiempo advierten que esto no significa abandonar el proyecto de la cognición corporizada, que permanece como un proyecto separado y que puede reforzar la cognición extendida.

Con lo dicho por Rupert y por Wilson y Clark, se ve que la descripción hecha por Robbins y Aydede sobre la cognición situada —un género y tres especies distintas— se enriquece en un sentido “ecológico” y “evolutivo”, dicho sea para mantener la metáfora. Aparece otro género, la ciencia cognitiva ortodoxa, también con varias especies —al menos un computa- cionismo estrecho y un computacionismo amplio— así como una lucha entre las especies de un género y otro que involucra alianzas cruzadas entre ellas. La disputa de fines de los años setenta se continúa hoy en un escenario muy distinto, donde, según parece, tanto a los ojos de Rupert como a los de Wilson y Clark, la sobrevivencia de “la causa” enarbolada por la cognición situada se juega en términos de la sobrevivencia de la tesis de la cognición extendida. Aquí, “cognición extendida” no sólo quiere decir cognición “en sentido más amplio” (vs. “el sentido estrecho” en que utilizan el término los ortodoxos); es “extendida”, ante todo, en el sentido de que “ella misma se extiende” activamente (Theiner 2011, p. ix), amplía sus recursos y campo de acción, lleva a cabo extensiones cognitivas (o participa en realizarlas). Wilson y Clark se refieren a ella también como “expansión cognitiva” (“cognitive augmentation”, p. 13) Antes de entrar a la crítica de Rupert, detengámonos un momento en precisar esta tesis tal como la exponen Wilson y Clark, para terminar delineando cuál es a grandes rasgos mi posición.

WILSON Y CLARK: LA COGNICIÓN EXTENDIDA

Empecemos por situarnos a nosotros mismos. Por el solo hecho de realizar actividades cognitivas y de querer realizarlas de la mejor forma posible a nuestro alcance, estamos en la aldea de las ciencias cognitivas y en medio de un debate entre dos posiciones. ¿Qué posición vamos a tomar? Me parece que Wilson y Clark proponen un criterio en este sentido: “la cuestión real es dónde encontramos sistemas funcionalmente integrados que permiten a sus portadores realizar tareas cognitivas” (p. 28).

Sin duda, la cuestión es de una importancia tal que, en la medida en que expresa lo que realmente está en juego en el debate, entonces está cerca de ser un buen criterio para tomar posición en él. Aun así, ¿es esa la cuestión real que está en juego? Desde luego, según Wilson y Clark sí lo es. ¿Por qué? “Nosotros pensamos —dicen— que algunos [de esos sistemas funcionalmente integrados] se encuentran sólo en la cabeza, y que otros de ellos cruzan esa frontera e incorporan recursos cognitivos existentes en el ambiente [natural y social] de un individuo” (p. 28; el subrayado es mío). En cambio, según ellos, la posición ortodoxa, representada en su artículo por Rupert, y por Fred Adams y Ken Aizawa, piensan que esos sistemas sólo se encuentran en la cabeza o en nuestras redes neuronales. Según Wilson y Clark, los ortodoxos han establecido al cráneo, o a la piel, “como un punto de detención arbitrario” para los procesos cognitivos relevantes, como “una frontera mágica” más allá de la cual terminan estos procesos y sólo existe la mera causalidad (p. 8).

El razonamiento práctico de Wilson y Clark se puede delinear del siguiente modo:

  1. El trabajo en ciencias cognitivas consiste en investigar cómo es que un agente puede realizar sus tareas cognitivas.
  2. El régimen de trabajo que ha dominado en esta aldea sólo considera los sistemas que están encerrados dentro de los confines del cráneo o la piel del agente cognitivo.
  3. Nuestra investigación nos ha llevado a la conclusión de que existen sistemas que van más allá de esos confines y son relevantes para la comprensión de cómo es que el agente realiza sus tareas cognitivas.

Por lo tanto, hace falta extender el universo de sistemas que estudiamos para abarcar también los sistemas funcionalmente integrados que cruzan las fronteras del cráneo y la piell, así como revisar si los que hemos estudiado dentro de los confines cerebrales no los hemos deformado al cortarlos del ambiente. Como se ve, el tema de fondo de este argumento, y que aparece de dos formas en la conclusión, es el de la extensión, lo extendido, el extender, abarcar más, aumentar. De ahí el término cognición “extendida” para denominar la práctica que se expresa y delinea con este argumento.

Veámoslo más de cerca. Por lo pronto, no me parece necesario detenernos en la primera premisa, que abordaremos más adelante. Sobre la segunda —relativa al régimen de trabajo, o a “los paradigmas” que vienen dominando en ciencias cognitivas— conviene hacer dos comentarios. Una cosa es decir que el cráneo y la piel no son fronteras infranqueables, lo que nadie en su sano juicio pondrá en duda, y otra cosa muy distinta es decir que son fronteras irrelevantes. Si un rasgo decisivo de las más diversas formas de vida, tal como las conocemos, es la existencia de una membrana o piel envolvente; y si el cerebro y la médula espinal están tan fuertemente acorazados, incluso en comparación con el corazón y los pulmones, entonces parece obligado pensar que su funcionamiento juega un papel muy destacado para la sobrevivencia de los organismos así configurados. Por lo mismo, no pueden ser fronteras infranqueables, pero resulta exagerado decir que tomarlas muy en serio sea arbitrario o mágico. Además, parece que considerarlas irrelevantes trae consigo la consecuencia de considerar cada vez más irrelevante las cuestiones relativas a la agencia cognitiva: el papel y la responsabilidad del agente del proceso cognitivo disminuiría en la misma proporción en que aumentaran las extensiones cognitivas (Wilson y Foglia 2011, última sección).

El otro comentario sobre esta segunda premisa se deriva de esto mismo. No resulta muy convincente que lo dominante o lo ortodoxo en ciencias cognitivas sea el haberse encerrado en lo que pasa sólo en el sistema nervioso central, dejando lo demás a “la mera causalidad”. ¿No resulta más plausible, y más justo, establecer la discrepancia como una oposición entre diferentes formas de tratar esas conexiones? ¿Qué hay más allá de “la mera causalidad”? Creo, pues, que en esta crítica a los ortodoxos, Wilson y Clark no discuten adecuadamente las razones que pueden servir para sustentar la posición que enfrentan.

En todo caso, el peso principal del argumento descansa en la tercera premisa. ¿Cuáles son, y qué tanta importancia cognitiva tienen esos “sistemas funcionalmente integrados que cruzan las fronteras del cráneo y permiten a sus portadores realizar sus tareas cognitivas”?

LAS EXTENSIONES COGNITIVAS

Tenemos entonces que, según Wilson y Clark, en todos los casos en los que se realiza una tarea cognitiva, por ejemplo la de multiplicar, encontramos al menos un subconjunto de neuronas funcionando activamente para el cumplimiento de esa tarea. En algunos casos, si funciona de forma integrada, ese subconjunto es el sistema funcionalmente integrado que permite al agente cognitivo llevar a cabo su tarea. Por ejemplo, un niño que se ha aprendido las tablas de multiplicar, cuando quiere multiplicar 7×3 no tiene más que recordar la tabla del 7 y llegar a la respuesta: 21. Sobre estos casos no hay discrepancia.

Lo que hay que aclarar aquí son los casos en los que, junto a ese subconjunto neuronal, encontramos recursos del ambiente natural y social que, junto con los neuronales, constituyen un sistema también funcionalmente integrado para cumplir la tarea cognitiva. La idea básica es muy simple. Por ejemplo, el niño que tiene que multiplicar 75 x 93 ya difícilmente puede depender sólo de su memoria; si se ha aprendido el algoritmo adecuado, recurrirá al papel y al lápiz, o a una calculadora, para hacer la multiplicación y llegar al resultado: 6 975. Aquí encontramos a una escala menor lo que Wilson y Clark llaman “un sistema cognitivo extendido” o, mejor, una extensión del sistema cognitivo previo, y dentro de éste distinguen lo que llaman las “extensiones cognitivas”, que no son más que el acoplamiento o integración de esos recursos del resto del cuerpo y del ambiente natural y social con los neuronales.

En efecto, la idea básica es simple, pero al sacar sus consecuencias se abre un panorama muy interesante. Primero tomamos el papel y el lápiz, o el compás y la regla, tan decisivos para la geometría de Euclides; luego podríamos haber tomado el telescopio o el plano inclinado, como en Galileo, o el microscopio, tan decisivos para la física, la astronomía y la biología. También tomamos la calculadora, como podríamos haber tomado muchos otros dispositivos mecánicos, eléctricos, electrónicos o incluso biológicos para propósitos específicos: velocímetros, medidores de presión o de altitud, prótesis, y demás. Luego podemos usar la computadora, que ya no sólo sirve para el propósito específico de hacer cálculos, sino que se ha extendido a una gran diversidad de aplicaciones. Finalmente, llegamos a las redes de computadoras conectadas en tiempo real a lo largo y ancho del planeta y, entonces, a ese tipo de conexión entre cada vez más seres humanos, cada uno de ellos trabajando en tareas cognitivas e intercomunicado con los demás (desde las redes sociales hasta Wikipedia o esa gran sala en la que se reúnen decenas de especialistas, cada uno frente a un monitor y un teclado, todos frente a grandes pantallas centrales, para seguir paso a paso el desarrollo de un viaje espacial o de una guerra, analizarlo, tomar decisiones y ejecutarlas, y comprobar de inmediato sus efectos y repetir el ciclo).

Ante este panorama se corre el riesgo de caer en una apología de la tecnología o de la llamada “sociedad del conocimiento”, o de menospreciar la historia y perder de vista que todo esto se ha realizado sin que haya habido ninguna mutación genética de la especie capaz de explicar las capacidades que se despliegan ante nuestros ojos. Lo que hacen Wilson y Clark es meramente apoyarse en este panorama para señalar una tendencia: “lo que hemos encontrado —dicen en tono empírico— es que el cumplimiento de nuestras tareas cognitivas requiere de sistemas cada vez más extendidos y diversificados, más funcionalmente integrados, más permanentes y confiables”.

Creo que Wilson y Clark tienen razón en esto. También creo que las extensiones cognitivas no son un accesorio contingente o una consecuencia colateral de la cognición, sino que surgen de su propia naturaleza como parte “esencial” del organismo práctico que somos. Por consiguiente, creo que dichos autores tienen razón en que el régimen de trabajo en la aldea de las ciencias cognitivas, así como en la epistemología y en la ontología, debe incluir como algo básico el investigar cómo se realiza la extensión de esos sistemas cognitivos, tal como se presentan a lo largo y ancho de la producción, aplicación y transmisión de conocimientos y de las creencias, emociones, hábitos, etcétera, es decir, tal como cumplimos nuestras tareas cognitivas.

El problema que veo en la posición de Wilson y Clark, hasta donde la hemos examinado es que no explican esta tendencia, no muestran su motor. Se limitan a colocar las extensiones cognitivas en la línea del tiempo, a evaluarlas en el eje vertical según su grado de complejidad y a constatar que esta complejidad va en aumento. Al no explicarla, se desarman para darle su debido lugar a cada uno de los múltiples factores que constituyen esos sistemas extendidos, y también quedan desarmados para hacer juicios prospectivos sobre el porvenir, al menos juicios prospectivos que no sean meras extrapolaciones de una tendencia observada en el pasado y en una sola rama de nuestra actividad.

LA CRÍTICA DE RUPERT

Se comprende que la propuesta de Wilson y Clark haya recibido numerosas críticas. Me concentraré en las que a mi parecer afectan de forma sustancial lo que está en juego en este debate.

Adams y Aizawa (2009) señalan dos debilidades principales de la cognición extendida. Una debilidad consistiría en que del hecho de que un recurso natural, tecnológico o social —la calculadora, por ejemplo— se acople con la actividad neuronal para hacer posible o llevar a cabo una tarea cognitiva, no se puede inferir que ese recurso, la calculadora, sea constitutiva de la cognición. La segunda debilidad sería que la cognición extendida no establece claramente cómo diferenciar entre lo que es cognitivo y lo que no lo es. Así pues, ¿cómo distinguir entre acoplar, integrar funcionalmente —que es el término usado por Wilson y Clark— y constituir?

La crítica de Rupert abarca directa o indirectamente las debilidades señaladas por Adams y Aizawa. En su libro, Rupert analiza detallada y extensamente si existe algún criterio de demarcación de lo cognitivo que sea compatible con la cognición extendida, y concluye que no. Para este autor, es posible y necesario que las ciencias cognitivas establezcan cuáles son las condiciones necesarias y suficientes para afirmar que algo es cognitivo, y sostiene que no se puede encontrar un conjunto plausible de estas condiciones que permitan afirmar que un sistema extendido es cognitivo. Su argumento remite a los conceptos de sistema, estado y proceso en el universo de la cognición, conceptos que busca precisar formalmente tomando como básicos los conceptos de fenómeno y mecanismo.

A la pregunta, ¿dónde encontramos, o podemos decir que encontramos un sistema cognitivo?, Rupert contesta: ahí donde encontremos “un mecanismo que contribuya causalmente a la producción [1] de un amplio rango de fenómenos cognitivos, [2] en una gran variedad de condiciones […y] [3] trabajando en conjunto y traslapándose fuertemente con una variedad de otros mecanismos de similar permanencia [standing]”. Sobre esta base, sostiene que “el carácter cognitivo de un estado de cosas sólo puede derivarse de la relación que guarde tal estado de cosas con un sistema cognitivo (que, por definición, es permanente e integrado)”. Finalmente, al considerar que los procesos son series de estados causalmente conectados, afirma: “un proceso es cognitivo sí y sólo sí todos sus estados componentes son cognitivos” (pp. 41-42; los subrayados son míos).

La definición, análisis o principio de demarcación que ofrece Rupert sobre lo que es un sistema cognitivo parece ser el retrato hablado de un sistema nervioso más o menos complejo, que trabaja en conjunto y se traslapa con sistemas que tienen “similar permanencia”, como el circulatorio, respiratorio, músculo-esquelético, o cualquier otro. Si el grado de integración que ha de tener un sistema para ser cognitivo debe ser como el de la integración que tiene un organismo, entonces está claro que la cognición extendida va a tener serios problemas. Ahora bien, esta exigencia parece ser una petición de principio. Tendríamos que ver cuidadosamente el argumento por el que Rupert llega a esta definición de “sistema cognitivo”, para ver si no es más que una forma encubierta de decir “el sistema cognitivo es el sistema nervioso complejo, punto”. De cualquier forma, señala una tesis sólida (como dije más arriba, el que el cerebro esté tan acorazado no puede ser irrelevante) y muestra un flanco débil que me parece muy importante. Sobre todo, me parece que son la contrapartida de la tesis sólida y del flanco débil de las posiciones en las que coinciden Wilson y Clark. Confrontados entre sí, muestran lo que a mi parecer hace falta.

LA PRÁCTICA COMO SUPUESTO IMPLÍCITO DE LA COGNICIÓN

Por una parte, Wilson y Clark destacan e insisten en las extensiones de la cognición, subrayando con ello la posibilidad de entender la cognición como una actividad que muchas veces cruza sus fronteras orgánicas, lanzada sobre el mundo del que se alimenta y forma parte. Por otra parte, Rupert destaca e insiste en la permanencia de una base natural de la cognición, la anatómica y fisiológica, subrayando con ello el carácter de la cognición como una actividad orgánica que, aunque parcial, está estrechamente vinculada a otras actividades de naturaleza similar y conectada exclusivamente de forma causal con el resto del mundo.

En ambos casos, sin embargo, parece negarse o perder de vista la idea de que el que piensa, conoce, cree, siente y, en algunos casos, construye sistemas, les da mantenimiento, los ajusta o los destruye y los extiende es el ser humano, un organismo que actúa como un todo que transforma la situación en la que está inmerso y que ésta lo transforma. Limitándonos a las tesis compartidas por Wilson y Clark 2, pareciera que quien piensa, conoce, desea, siente y toma decisiones es un sistema que encontramos por ahí en el mundo, en el que los aparatos tienen cada vez mayor peso y los seres humanos menos, enfilándonos hacia la formación de un hípersistema que decidirá sobre la paz y la guerra, el bienestar y la pobreza, la información y la desinformación, lo que cada uno desea y teme. Tomado como advertencia, parece bastante razonable, pero limitándonos a las premisas aquí expuestas, lo que se infiere es un destino ineluctable. Rupert, así como Adams y Aizawa, explotan la limitación de esas premisas, pero al menos Rupert lo hace a costa de decirnos que quien piensa, conoce, desea, siente y toma decisiones es el sistema nervioso; no es que haya un homúnculo en nuestro cerebro, el cerebro es el homúnculo. Mientras nos limitemos a ver los sistemas como cosas que meramente suceden en el mundo y que nos encontramos frecuentemente a muchos niveles, difícilmente podremos resolver el dilema entre ortodoxos y disidentes.

En ambos cuernos del dilema se pone de manifiesto el mismo faltante. El debate entre la cognición extendida y la cognición ortodoxa, tal y como lo hemos examinado hasta aquí, nos muestra que en el régimen de trabajo que priva en la aldea de las ciencias cognitivas hace falta una premisa sólida, o por lo menos una discusión más sistemática, sobre la base antropológica que está implicada en lo anterior. Se trata de cómo se concibe la actividad humana en la que está inmersa, como una parte suya, la actividad cognitiva; de cómo se relacionan aquella actividad integral y esta actividad parcial. En particular, ¿no es parte de nuestra actividad la de construir sistemas de muy diversa índole?; y nuestra actividad cognitiva, pese a que evidentemente contribuye a esa construcción, ¿por qué razón habría de estar condenada a beneficiarse de ella para su propio desarrollo? Tanto los disidentes como los ortodoxos dan por supuesta esa actividad integral y, a veces, llegan a mencionarla de forma casi explícita, por ejemplo, con el término vago de “tarea”, aunque nunca se detienen a desarrollarla considerando las premisas y consecuencias de realizar tareas.

Como hemos visto, la primera premisa de Wilson y Clark señala como objetivo de las ciencias cognitivas —es decir, como la tarea (sin duda cognitiva) de los investigadores de la cognición— el responder “cómo es que un agente puede realizar sus tareas cognitivas”. Parece entonces que parten del supuesto de que, al hablar de la tarea cognitiva de un agente, estamos ante un agente que se caracteriza por su capacidad para desplegar una actividad orientada a alcanzar un objetivo.

Rupert también habla de tareas, y no parece que les dé una importancia menor. Entre las “categorías teóricamente importantes reconocidas por la ciencia cognitiva ortodoxa” señala, inmediatamente después de las condiciones del entorno y las internas del ser humano, “las herramientas exteriores al organismo usadas por éste para realizar tareas cognitivas” (p. 19). También, entonces, parece que supone un organismo que se caracteriza por su capacidad para desplegar una actividad orientada a alcanzar un objetivo cognitivo y, en este caso, además, con la capacidad para fijarse y alcanzar objetivos inmediatos (identificar artefactos y usarlos) como condición para alcanzar su objetivo final.

Es más, no son pocas ni poco importantes las investigaciones en ciencias cognitivas que empiezan por plantearle a los sujetos experimentales la realización de “una tarea”, que consiste precisamente en realizar un objetivo (hacer una multiplicación, decidir si pueden saltar a una lancha que está a cierta distancia, recordar una secuencia de números, etcétera).

En realidad, la explicación o producción de la cognición humana no se está dirimiendo en términos de si sólo existe un componente del sistema cognitivo —el cerebro— o si son tres —el cerebro, el resto del cuerpo y su entorno. Tanto los ortodoxos como los disidentes están suponiendo implícitamente, y a veces lo hacen explícito pero sin desarrollarlo, que se trata de fenómenos cognitivos que se dan donde hay un organismo con la capacidad para desplegar una actividad orientada a la realización de un objetivo, incluso capaz de plantearse y organizar sistemáticamente la realización de objetivos parciales para alcanzar un objetivo final. Se trata, pues, de un organismo práctico.

Sabemos bien que este organismo se plantea objetivos cognitivos y no cognitivos. Si el objetivo es cognitivo, ¿por qué no hemos de llamar cognitivos, como hacen los disidentes, a todos aquellos recursos que tienen un valor para alcanzar ese objetivo?, ¿y por qué no hemos de llamar cognitivo a toda esa actividad (o proceso) orientada a realizarlo? Lo que sí es cierto es que el cerebro juega un papel decisivo para poder plantearnos objetivos y para organizar o integrar sistemáticamente su realización a través de la realización de los objetivos parciales. También sabemos que muchos de esos objetivos cognitivos, como quería Aristóteles, podemos perseguirlos por sí mismos; aun así, es cierto que muchos objetivos cognitivos son objetivos parciales —aunque no necesariamente se reducen a ello— dentro de actividades orientadas a objetivos no cognitivos, de cuya realización puede depender mucho, incluso nuestra sobrevivencia o, más todavía, la de nuestra especie.

LA PRÁCTICA Y EL TRABAJO ESPECÍFICAMENTE HUMANO

Una influyente caracterización de la noción de práctica como cierto tipo de actividad orientada a un fin la encontramos en Kant, quien la desarrolla a partir del significado que se le daba en su tiempo: “No se llama práctica a cualquier manipulación, sino sólo a aquella realización de un fin que sea pensada como el cumplimiento de ciertos principios [o reglas] representados con universalidad” (Kant 1793: 3).

Esta idea de práctica le parece insuficiente a Kant para caracterizar la actividad del “hombre práctico”, tal como es llevada a cabo, por ejemplo, por el médico, abogado o mecánico salidos de la universidad. Kant crítica esa caracterización usual de la práctica advirtiendo que “salta a la vista que entre la teoría y la práctica se requiere aún un término medio”, un “enlace para el tránsito” entre ellas: “se tiene que añadir —dice— un acto de la facultad de juzgar” que distinga cuáles son los principios que corresponden a la situación; y aun entonces, “puede suceder que la teoría sea incompleta”, de forma que los agentes de la práctica “deben arbitrar nuevas reglas para completar su teoría” (Kant 1993: 3-4). De esta forma, concluye Kant, esta facultad del juicio no puede operar siguiendo reglas, porque sobre ellas se volverían a presentar los mismos problemas que con ella se buscan resolver, y caeríamos en un regressus ad infinitum (cfr. Brandom 1994; King 2005). La capacidad del juicio, por tanto, sólo puede desarrollarse mediante su ejercicio continuado y crítico (de la experiencia propia y de los demás), es decir, tiene que desarrollarse como una habilidad.

No es necesario aceptar el dualismo kantiano para aceptar la necesidad de un “término medio” entre teoría y práctica. Aun considerando que la una sea una actividad que se desarrolla al interior del desarrollo de la otra —como en Hegel o en Marx, aunque en diferentes sentidos— el problema del “enlace” entre ellas se mantiene. Ya desde Kant, pues, la práctica aparece como una actividad humana que compromete al cuerpo senso- motor, a las facultades de entendimiento y de juicio, a la experiencia y a la situación en la que esa actividad se desenvuelve; y es dentro de ella, como una parte suya más o menos importante, se despliega y se genera una actividad cognitiva.

Medio siglo después, esta caracterización kantiana de la práctica fue relaborada por Marx, quien destacó la importancia de los aspectos materiales y sociales, tanto del agente como de la situación, y los desarrolló más detenidamente. En su investigación sobre el proceso de trabajo y el “trabajo específicamente humano”, afirma:

El trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza […] El hombre se enfrenta a la materia natural misma como un poder natural. Pone en movimiento las fuerzas naturales que pertenecen a su corporeidad, brazos y piernas, cabeza y manos, a fin de apoderarse de los materiales de la naturaleza bajo una forma útil para su propia vida. […] El obrero [asalariado o no] no sólo efectúa un cambio de forma de lo natural; en lo natural, al mismo tiempo, hace efectivo su propio objetivo, objetivo que él sabe que determina, como una ley, el modo y manera de su accionar y al que tiene que subordinar su voluntad (Marx 1867: 215-216. Subrayados en el original).

Aquí aparecen más explícitamente los componentes de lo que, en la terminología del debate en ciencias cognitivas, podríamos llamar “trabajo corporizado”, es decir, el cerebro y el resto del cuerpo, y aparecen unidos por la actividad orientada a la realización de un objetivo, que es la producción y reproducción de la vida del obrero. También aparece, pero menos desarrollado, lo que podríamos llamar el “trabajo extendido”: los materiales del entorno, los que también se unen a los anteriores por aquella actividad orientada a realizar el objetivo del obrero.

Inmediatamente después, Marx elabora más detenida y explícitamente estos materiales del entorno y, luego, la dinámica social que está implícita en todo esto. Aquí nos interesa en especial uno de sus desarrollos. El proceso laboral del obrero particular, dice, “se extingue en el producto […] El trabajo se ha amalgamado a su objeto. Se ha objetivado”. Al considerar la dinámica social, lo que era el producto de este trabajo “constituye el medio de producción de aquel otro”, sea como materia prima o semiela- borada, como herramienta o como materia auxiliar.

Al hablar de la actividad específicamente humana, pues, no sólo estamos hablando de una actividad con la capacidad de orientarse a la realización simple y compleja de un objetivo, sino también con capacidad de cooperar socialmente y aprovechar los beneficios de esta cooperación, entre los cuales está la posibilidad de plantearse y realizar objetivos que, sin ella, serían impensables. Sin duda, la actividad cognitiva juega un papel básico para entablar esa cooperación de forma de hacer realidad sus posibles beneficios. Y entonces, ¿no puede ella misma beneficiarse de la misma forma? El cumplimiento de una tarea cognitiva por este agente, una vez alcanzado su objetivo, ¿no puede convertirse en punto de partida para, a partir de él, plantearse y alcanzar objetivos más amplios, o los mismos pero de mejor manera?

Como se ve, todas estas consideraciones sobre la práctica-trabajo parecen inclinar la balanza en favor de los disidentes en contra de los ortodoxos. Con todo, se reclama aquí que el trinomio cerebro-resto del cuerpo-entorno sea formado como sistema, no con base en una opción arbitraria por parte del investigador, sino con base en una concepción más explícitamente desarrollada de cuál es el tipo de actividad integral en el que está inmersa la actividad cognitiva de los seres humanos. En la medida en que se acepte lo dicho sobre la práctica-trabajo, en lugar de decir que “la mente se extiende” a sí misma, habría que decir que la mente es extendida por el ser humano en el mismo desarrollo de su actividad integral. Y en lugar de decir —como Clark y Chalmers y les objeta R. Wilson— que “a donde va la mente le sigue el yo”, habría que decir que a donde va la práctica-trabajo del ser humano, le sigue la mente alumbrando posibilidades futuras.

CONCLUSIÓN

Al preguntarnos qué es lo que está en juego con este debate y qué criterio debemos adoptar para tomar posición frente a él, enuncié tres premisas basadas en la exposición que Wilson y Clark hacen al respecto. En lo dicho hasta aquí, he discutido la segunda y la tercera, y advertí que dejaba para más adelante la discusión de la primera. Esta primera premisa era:

1. El trabajo en ciencias cognitivas consiste en investigar cómo es que un agente puede realizar sus tareas cognitivas.

Con base en el concepto de práctica-trabajo específicamente humano, creo que esta premisa, aunque perfectamente legítima, se queda corta. Me parece mejor, incluso más realista, formularla del siguiente modo:

1*. El trabajo en ciencias cognitivas consiste en investigar cómo es que un agente puede realizar de la mejor manera sus tareas cognitivas.

Esta formulación me parece más adecuada y realista porque se corresponde mejor con lo que el agente cognitivo mismo puede hacer, quiere hacer, o está presionado a hacer, al realizar sus tareas cognitivas, que importan para producir su vida y para la producción de la vida de sus semejantes. La formulación tiene un elemento normativo porque en el carácter social del ser humano está el que sea un ser normativo. Es una formulación que implica que la cognición sea situada: la situación es una condición necesaria para determinar el horizonte de posibilidades de un agente dado en un momento determinado. Implica también la incesante producción de extensiones cognitivas, algunas de las cuales se hacen más complejas, generalizadas y confiables. De ahí también que tales extensiones no sean tan permanentes como lo son nuestra anatomía y fisiología; cada mejora lograda en una situación se vuelve el objeto de lo que hay que mejorar en otra. Desde luego, no se trata de quién sabe qué voluntad o aspiración a la perfección. Lo que sí es permanente es la presión por mejorar lo existente, así no sea más que por razones evolutivas, ecológicas, económicas o políticas.

Otra ventaja de examinar la práctica a partir del trabajo específicamente humano es que no se pierde de vista ni se diluye el reconocimiento de que el que conoce, cree y siente, el que construye sistemas, los reconstruye, los mantiene, los destruye o los extiende, es el ser humano interactuando como un todo en situación.

No estamos compitiendo con la naturaleza en cuanto al grado de integración de los sistemas que producimos. Simplemente, estamos necesitados, incluso urgidos, de mejorar los sistemas prácticos —y los cognitivos, como condición y consecuencia de ello— con los que desarrollamos nuestra integración con la dinámica del resto de la naturaleza.

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Ciencias Cognitivas, Universidad Autónoma de Morelos, Cuernavaca, México. pking@att.net.mx
Ludus Vitalis, volXKl, num. 39, 2013, pp. 111-128.

NOTAS

  1. Es importante subrayar este punto, pues Wilson y Clark hablan de “extender” y de “abarcar también”, no de excluir aquellos sistemas que se realizan en los confines del cerebro, como puede ser el soñar, meditar o simplemente hacer una inferencia sobre algo acerca del pasado. Es importante porque se le ha objetado a la cognición situada ignorar este tipo sistemas. Véase, por ejemplo, Margaret Wilson (2002).
  2. R. Wilson y Foglia (2011) rechazan la tesis de Clark y Chalmers de que “a donde va la mente, el yo la sigue”. Aquí no voy a entrar en esta discusión, pero lo que sigue, como se verá, tiene mucho que ver con esto.

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