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Luis Enrique Délano, 1907 – 1985

Por el Lic. Javier Arias, el Mtro. Josep Francesc Sanmartín Cava y el dedicado trabajo realizado por los Servicios Bibliotecarios del Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano.

Luis Enrique Délano Díaz nació el 14 de julio de 1907, en Santiago (Chile). Destacó como escritor, periodista, poeta, diplomático y traductor. Inició sus estudios en la Universidad de Chile, más tarde, en 1934, viajó a España e ingresó en la Universidad de Madrid para estudiar Letras e Historia del Arte, justo en el periodo durante el que estalla la Guerra Civil Española. A los 19 años, dio inicio a su actividad literaria con su primera obra poética El pescador de estrellas, publicada en 1926, y con su primera novela Rumbo hacia ninguna parte, publicada en 1927. En colaboración con Salvador Reyes Figueroa, entre otros, fundó la revista Letras en 1928, en la que colaboró hasta 1930, como parte de la corriente del Imaginismo. Trabajó como periodista para el periódico El Mercurio en 1929, y colaboró dirigiendo la revista Vistazo en 1952. Trabajó como cónsul de Chile en México y en Nueva York, y como embajador de Chile en Suecia. Por su prolífica obra literaria y periodística recibió, por su novela Puerto de fuego, el Premio Municipal de Santiago en 1956, y el Premio Nacional de Periodismo en 1970. Al regreso de su segundo exilio, falleció en la ciudad de Santiago (Chile), el 20 de marzo de 1985.

Recordamos al ilustre escritor con una de sus poesías, un relato de la Guerra Civil Española y una dedicatoria firmada para su amigo el Mtro. Vicente Lombardo Toledano.

Poema Bebiendo Solo A La Luz De La Luna
(otra Versión) de Poetas chinos

Entre las flores, un tazón de vino
bebo solo, ningún amigo está cerca.
Levanto mi Copa, invito a la Luna
y a mi sombra, y ahora somos tres.
Mas la Luna nada sabe de bebidas
y mi sombra se limita a imitarme,
pero así y todo, Luna y sombra serán mi compañía.
La primavera es época propicia para el goce.
Canto y la Luna prolonga su presencia,
bailo y mi sombra se enreda.
Mientras me mantengo sobrio, somos alegres juntos,
cuando me embriago, cada uno marcha por su lado
jurando encontrarnos en el Río de Plata de los Cielos.

Versión de Luis Enrique Délano

LA MUERTE EN LAS CALLES

A mediados de Octubre arreciaron los bombardeos aéreos sobre Madrid. Ya no se trataba de lanzar bombas sobre los aeródromos. Los aviones nos visitaban todas las noches y casi todos los días también. El primer bombardeo sobre la población indefensa, es decir el primer bombardeo cruel y deliberado, tuvo lugar un día viernes por la tarde. Los aviones buscaron las colas más numerosas y sobre ellas lanzaron sus toneladas de metralla. Otros aviadores se elevaban a gran altura, donde no podían ser alcanzados por los cañones antiaéreos y dejaban caer las bombas, sin importarles el sitio donde fueran a explotar. Una bomba cayó sobre una guardería infantil, matando a varios niños. Las otras habían explotado, una en la calle de Preciados, otra en Fuencarral y una tercera en la calle de la Luna. De las reuniones de mujeres que esperaban su turno para adquirir alimentos sólo quedaron trozos de carne quemada, hacinamientos de cadáveres. Tuve oportunidad de hablar con un estudiante de medicina que trabajaba en un hospital de sangre y me contó que la acción aérea había causado cerca de trescientos muertos y el doble de heridos. Los periódicos protestaron indignados contra el salvaje bombardeo, aunque sin precisar el número de víctimas. Recuerdo un vibrante artículo de la diputada comunista Dolores Ibarruri (Pasionaria) haciendo un llamamiento al mundo contra la repetición de actos de esta naturaleza. El artículo tuvo indudablemente gran eficacia, por la sensatez de su expresión y por la personalidad de su autora. Figura querida del proletariado universal, Dolores Ibarruri ha sido en la guerra civil española, una animadora de las fuerzas obreras en lucha contra los moros y legionarios. Cuando la moral decaía, se la podía ver en el frente, fusil en mano, animando a sus camaradas, invitándolos a la lucha, peleando ella misma a la cabeza de todos. Ha sido también quien ha dado las consignas. Suyas son algunas frases que hoy circulan en todas las bocas. Las mujeres de Madrid desfilaban, en los días más negros de la guerra, llevando grandes estandartes en los que se leía: “Preferimos ser viudas de héroes antes que esposas de cobardes”. Suyo es el “¡No pasarán!”, frase simple, frase de aliento, de fe, que se repiten los milicianos antes de entrar al combate, frase con que se dan valor las esposas, las hijas, las madres y las novias de los combatientes, mientras transcurren las horas de prueba en la retaguardia.

Los intelectuales más insospechables, gentes alejadas de la vida política, al margen incluso de la lucha plantada, manifestaron al mundo la vergüenza que sentían de que otros españoles hubieran caído en la tentación de cometer una vileza así. El propio don Ramón Menéndez Pidal, gloria de las letras castellanas, exteriorizó sus sentimientos de repulsa. El Cuerpo Diplomático residente en Madrid protestó también en un comunicado dirigido al Ministro de Estado y en el cual “lamentaba no contar con medios para impedir la repetición de esos hechos”.

Entretanto el Gobierno había recibido, por fin, aviones del extranjero y cuando menos, podía hacer frente a estos ataques. La población de Madrid no estaba desamparada totalmente. Llegaban las visitas de los aviones rebeldes y muy pronto aparecían en el horizonte los “cazas” leales, que salían a buscarles batalla. Pregunté a un capitán de milicias sino había buenos artilleros para manejar los cañones antiaéreos y me respondió:

–La defensa con cañones y ametralladoras antiaéreos es muy relativa, muy limitada. Se pueda defender del bombardeo un objetivo militar, un cuartel, un ministerio, un edificio dado, pero no una ciudad entera. Imagínese usted. Se trata por ejemplo del Ministerio de la Guerra que va a ser atacado por los aviones rebeldes.

Las defensas antiaéreas comienzan a funcionar y su papel debe limitarse a formar, a una altura dada, una especie de círculo de fuego sobre el Ministerio. El avión enemigo no puede penetrar en ese círculo, porque fatalmente sería alcanzado por los proyectiles. Su acción es, pues, imposible y el Ministerio de la Guerra no será bombardeado. Pero lo que es posible hacer con un edificio no puede hacerse con una ciudad entera. Imagínese usted… ¿Cuántos cañones antiaéreos se necesitarían pata proteger todo Madrid?…

 –Si es así, los cañones antiaéreos no disparan directamente sobre los aviones.

 –Sí, también lo hacen, pero es muy difícil que den en el blanco. Generalmente los aviones no son tocados. Usted ve, agregó, a la altura que vuelan estos miserables…

El bombardeo de las mujeres y niños había producido indignación en el mundo entero. De Londres, de París, de Bruselas llegaban mensajes protestando contra el salvaje atentado. Indalecio Prieto, Ministro de Aire, publicó un comunicado expresando que la aviación del Gobierno limitaba su acción a objetivos de tipo puramente militar. Bombardeaba aeródromos y cuarteles, no poblaciones civiles: iba contra soldados, no contra mujeres y niños a la hora en que éstos buscan su alimento. Y efectivamente, a juzgar por las noticias que publicaban los periódicos de Madrid, los aviones gubernamentales habían realizado una acción de enorme eficacia. Aeródromos enemigos fueron destruidos totalmente, pereciendo en uno de estos ataques cuarenta aviadores facciosos. En los combates aéreos parece ser que los rebeldes llevaban la peor parte.

Casi todas las noches había que levantarse, no ya avisados por las sirenas de alarma, sino por el ruido: los propios aviones enemigos. El cerco de Madrid iba estrechándose, los frentes de batalla se habían aproximado a la ciudad, y ya el aviso, desde la línea de fuego, de la presencia de aviones enemigos era casi inútil. No se producía sino cuando la aviación rebelde estaba a las puertas mismas de la ciudad. En cuanto a las “salchichas”… habían sido destruidas. Justamente estaba yo trabajando en las oficinas del Consulado de Chile, una tarde, cuando me tocó presenciar esta acción militar, que fue de un trágico interés. Desde la ventana veíamos los acciones rebeldes muy cerca, a unos seiscientos metros. Ya ni siquiera bajábamos al sótano, a pesar de hallarnos a considerable altura. A todo se habitúa el hombre, hasta al peligro de un bombardeo. Se repetían estos con tanta frecuencia que muchas veces ni siquiera nos movíamos. Esa tarde vimos venir dos aviones facciosos y volar muy bajo sobre el Paseo de Rosales, como buscando algo, como observando un determinado objetivo. Recordé que era allí donde se guardaban, más o menos camufladas entre la vegetación, las “salchichas” avisadoras del peligro. De pronto los aviones descendieron apresuradamente, casi en línea vertical y empezaron a oírse detonaciones y pequeñas explosiones de bombas. Era algo cruel y abusivo el modo de los pájaros enemigos de lanzarse contra los aparatos ocultos. Recordé que en el campo chileno suele verse el tiuque cuando se deja caer sobre un indefenso polluelo. Algo parecido, algo cruel, fatal, inevitable. Nadie, nada, ni cañones antiaéreos ni aviones leales, interrumpió la labor de destrucción. Operaron los pilotos enemigos con certera tranquilidad y luego se elevaron y desaparecieron hacia el sur. Por la tarde supe que de los globos no quedaba sino un hacinamiento informe de metal y de tela…

Por las noches Madrid no encendía las luces ni caía a la calle el más mínimo reflejo desde las ventanas. El invierno de días cortos hacía su aparición, las tabernas y cafés cerraban sus puertas a las siete. Después de esa hora era prácticamente imposible andar por las calles; se corría el riesgo de estrellarse contra las paredes o contra los árboles. Toda la vida parecía morirse a las siete. Salir al portal era salir a una oquedad, a un pozo de sombra, a un túnel permanente. Había pues que recogerse y pasar las horas inmóvil, entregado a la lectura, entregado a la inquietud, que no podía alejarse del corazón. Estábamos todo el tiempo esperando los aviones. A causa del frío no era posible abrir las ventanas que daban al patio y los ruidos de fuera llegaban muy ahogados. Los aviones enemigos no se sentían, pues, sino cuando estaban muy cerca, sobre nuestras mismas cabezas, o cuando recibían el saludo de las ametralladoras antiaéreas. Entonces rápidamente, con la seguridad que da el hábito, y en medio de la obscuridad profunda, bajábamos hacia el sótano, hasta que el peligro se alejaba.

Nadie dormía, por precaución, desnudo. Había que conservar los pantalones puestos, cuando menos, y un par de zapatillas, para los casos de alarma nocturna, que eran ¡ay!, tan frecuentes. Entonces, fuera agudo el frío o pesado el sueño, era preciso salir.

Las bombas enemigas habían causado serios daños en la Estación del Norte, en la de Atocha, en algunos edificios centrales y también en algunos barrios obreros de las afueras, como en Vallecas. Un avión contrario fue abatido en Vallecas por los “cazas” leales y el piloto hecho prisionero. El júbilo popular se manifestó entonces de distintos modos. Alrededor del esqueleto incendiado del aparato (no recuerdo si era un Junkers o un Capronni) chiquillos y mujeres lloraban de alegría. Hasta se cantó. Cuando llegaron los fotógrafos de los diarios un buen gentío exteriorizaba su entusiasmo y se retrató con el puño en alto.

Supe también que otro día, desde un avión derribado por el fuego leal en un frente cercano a Madrid se lanzó, con paracaídas, un piloto enemigo, que cayó en manos de los milicianos, los cuales lo fusilaron. El Gobierno impartió enérgicas órdenes en el sentido de respetar la vida de todo aviador que cayera en las filas leales, y así se hizo en adelante. Los diarios publicaron, entre muchos otros casos que no recuerdo exactamente, el de un piloto extranjero, que al caer a tierra se rompió una pierna. Los milicianos lo condujeron a un hospital, para su curación. No menos de diez aviadores italianos o alemanes eran prisioneros de guerra del Gobierno.

No se me olvida la macabra ironía de los aviadores desleales, allá por mediados del mes de Noviembre.

En efecto, una mañana en que volaban sobre Madrid los aviones rebeldes, se vio desprenderse de uno de ellos un paracaídas conduciendo algo. El aparato y su cargamento llegaron a tierra sin novedad. Era un ataúd negro con el cadáver de un joven piloto español llamado Juan Antonio Galanía, que había caído prisionero. El cadáver estaba mutilado. Sobre este hecho nada se puede decir, nada que no sea el horror y la repulsión. Cuando más podría uno preguntarse si es propio de cristianos un acto así; si mutilando aviadores y exhibiendo sus cadáveres es como se lucha por la “civilización cristiana occidental”, según la fórmula creada por don Miguel de Unamuno y adoptada de inmediato por el General Franco.

DÉLANO, Luis Enrique. Pequeña historia de Chile. México: Secretaria de Educación Pública, 1944.

Al Lic. Vicente Lombardo Toledano, con admiración cordial. Luis Enrique Délano. México 1945.

Obra ubicada en el acervo histórico: “Dedicatorias a Vicente Lombardo Toledano” en la biblioteca del Centro de Estudios Vicente Lombardo Toledano.

Link del catálogo en línea: http://200.78.223.179:8388/LOMB

Correo electrónico: bibliolomb@hotmail.com

Obra literaria

  • 1926 El pescador de estrellas: poemas
  • 1927 Rumbo hacia ninguna parte
  • 1928 La niña de la prisión, y otros cuentos
  • 1930 Luces en la isla
  • 1930 Víspera
  • 1932 Catorce cuentos chilenos
  • 1933 La evasión
  • 1935 Viaje de sueño VII
  • 1937 Cuatro meses de guerra civil en Madrid
  • 1937 Juventud asombrosa y juventud herida: entorno de la poesía de Miguel Hernández
  • 1937 Balmaceda : político romántico
  • 1938 El gran extravío
  • 1939 Si yo fuera Rey… (Una aventura de Francois Villon)
  • 1939 En la ciudad de los césares
  • 1940 Viejos relatos
  • 1940 Historias de detectives
  • 1944 Pequeña historia de Chile
  • 1944 J. M. Balmaceda
  • 1944 Lastarria
  • 1945 Un niño en Valparaíso
  • 1945 Siete cuentos chilenos
  • 1946 El laurel sobre la lira: novela
  • 1954 Baldomero Lillo y “Sub-Terra”
  • 1956 Puerto de fuego: novela
  • 1957 Recuerdo de un “Imaginista”
  • 1957 El caso de la alegre propietaria
  • 1958 La Base: novela VIII
  • 1961 El viento del rencor: novela
  • 1961 Ceilán, isla de cocoteros y piedras preciosas
  • 1961 Domingo de otoño en la gran muralla
  • 1962 Faulkner, Hesse, Pérez de Ayala
  • 1962 Praga, la esplendorosa
  • 1962 Antología de la poesía social de Chile
  • 1963 Recuerdos de Isaías Cabezón
  • 1963 Cómo nos vio 74 años un periodista norteamericano
  • 1964 El rumor de la batalla
  • 1964 Neruda en España
  • 1964 La bohemia que no muere
  • 1964 Visión fugitiva de El Cairo
  • 1965 Los extraños cementerios
  • 1965 Se extinguen los últimos nómades
  • 1965 Doce jefes indígenas cedieron la Isla de Pascua a Chile
  • 1965 En la huella de los escritores rusos
  • 1965 Genialidades de los tres grandes
  • 1966 Cuba 66
  • 1966 Setenta años de Alberto Romero
  • 1967 José Victorino Lastarria y su tiempo IX
  • 1968 Antropofagia [manuscrito]
  • 1968 Viejos relatos
  • 1969 Locura
  • 1970 Sobre todo Madrid
  • 1970 Luis Enrique Délano
  • 1970 Quillota, una visión retrospectiva
  • 1971 Antropofagia: cuentos
  • 1971 La red
  • 1971 Recuerdos de Gabriela Mistral
  • 1972 Carta sobre una vieja amistad
  • 1973 La Base: novela
  • 1973 El año 20: novela
  • 1984 Las veladas del exilio
  • 1985 Balmaceda: historias de la historia
  • 1985 Puerto de fuego
  • 1987 La luz que falta / Obra Póstuma
  • 1994 Aprendiz de escritor: 1924-1934 / Obra Póstuma
  • 1995 Buzoni / Obra Póstuma

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