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Media hora con el conspirador (Entrevista a Vicente Lombardo Toledano)

MEDIA HORA CON EL CONSPIRADOR

(Entrevista a Vicente Lombardo Toledano)

Por Gonzalo Beltrán

Estoy aquí frente al hombre de los cincuenta trajes idénticos a sí mismos, aquellos trajes mandados a luir expresamente de las bocamangas para dar una impresión de pobreza implacable y diamantina. Enfrente del vergonzante propietario de no sé cuántos rascacielos en ésta y otras metrópolis latinoamericanas. Cara a cara del diabólico agente moscovita, a sueldo de la tentacular Internacional Comunista –susto de beatas y congoja de sacristanes–. Ante el ominoso conspirador impenitente que tantas y tan terribles diabluras ha fraguado sobre la diversa y poliforme fisonomía de la superficie y los volúmenes patrios. Delante del mister Jekill autóctono, autor inverosímil, pero cierto, de la erupción del Paricutín, el terremoto de Colima, las suicidas rachas primaverales –tan caras a nuestros camaradas reporteros–, el alud de barro de Tlalpujahua, la incineración de Cazadero, el desbordamiento del Papaloapan y hasta de los entomicidios del pre-atómico Goyito Cárdenas.

Vicente Lombardo Toledano y Gonzalo Beltrán

VLT y Gonzalo Beltrán

A la hora de la cita –las nueve de la mañana– en la Universidad Obrera. Creí que el maestro no había llegado aún. Pero no, allí estaba, como siempre, puntual y responsable.

Porque Lombardo, a pesar de la importancia internacional que ha logrado su personalidad brillante, su actividad sin límite, su talento extraordinario, no se ha hecho presuntuoso, no ha olvidado las viejas y sencillas costumbres que lo caracterizan, los hábitos de trabajador infatigable, entre los que cuentan el de levantarse con el día. A pocos como él podría dárseles para su escudo, el bello lema que parafraseamos. “Jamás la aurora me encontró dormido”.

Maestro –le dije– se me ha hecho el encargo de escribir varios reportajes sobre la industria del petróleo en México, basados en una serie de entrevistas que tendré con directores, obreros, técnicos y administradores de la rama. Como es lógico suponer, los puntos de vista de unos serán diferentes a los de otros, dado el ángulo profesional desde el cual mire cada quien el problema. Deseo, pues, obtener la opinión de usted, en forma general, con el objeto de que me sea fácil el trabajo. Por consiguiente, quiero hacer una serie de preguntas.

– ¡Hágalas, compañero!

– Primera pregunta: ¿En qué difieren, a juicio de usted, los propósitos, los fines de la industria petrolera mexicana, antes y después de la expropiación?

– El petróleo, antes de la expropiación, servía los intereses del extranjero y no los de México. Como usted comprobará personalmente, las principales, casi todas las refinerías, estaban situadas a la orilla del mar y los canales de salida del petróleo y sus derivados corrían en dirección a los puertos marítimos. Esto revela lo que era una realidad patente: nuestra riqueza aceitífera y sus subproductos eran embarcados con rumbo al exterior, desentendiéndose las compañías, concesionarias o propietarias, de los intereses nacionales. Esta circunstancia nos hacía depender de los productos refinados del petróleo de los Estados Unidos, como ocurre con otras materias primas que salen de nuestro territorio para volver después, transformadas. Con la expropiación, comenzó a realizarse un programa completamente diferente que consiste en servir, en primer lugar, a México.

– Tengo la fortuna de conocer a Lombardo, y muy de cerca, desde que yo era un adolescente. Entonces, mi maestro, no había tomado de manera categórica un camino determinado, preciso. Mucho antes de su famosa consigna: “¡El camino está a la izquierda!” expresada en el histórico discurso en el Cine Mundial y con la que galvanizó a la clase obrera y la juventud mexicana, el maestro Lombardo, en la magia de la cátedra o en el paréntesis ocasional de la conversación, siempre tenía emergente, ansiosa, eruptiva, presta a brotar, una o dos palabras que le salían de la sangre: “México”, “Nuestro país”, “Las gentes nuestras”, “La Patria”, pero insurgían sin mancha chauvinista, patriotera.

Han pasado los años –más de los veinte consabidos– y ese amor profundo, de veta, adentrado y acendrado en la entraña, se ha hecho más cuajado y conmovido, en la medida en que el tiempo y la experiencia han puesto en Vicente Lombardo Toledano mayores motivos, mayor conocimiento para comprender, para amar al país; en la medida en que los enemigos de México nacidos en México, viviendo de México, pero vendidos o inclinados a intereses que están contrapuestos al interés de México, lo acusan de traidor.

No tendría nada de sorprendente ese cariño a la patria en un pueblo cuyos componentes, pese a sus miserias superlativas, han sabido amar el áspero suelo nativo y defenderlo, lo mismo en los años 29, 49, 47 y 62 del siglo pasado, como en el 14 del que corre, y que lo ha expresado con dignidad o con belleza, bien en la voz de sus gobernantes, como Juárez, bien en la de sus poetas como López Velarde.

"El petróleo, antes de la expropiación, servía los intereses del extranjero y no los de México"

“El petróleo, antes de la expropiación, servía los intereses del extranjero y no los de México”

Pero la veneración de Lombardo –el internacionalista, el buscador de modernas anfictionías de pueblos, el creador de la CTAL, el que se ha ganado el remoquete de “Continentalísimo”– tiene la hondura del que posee la fe verdadera en su patria, del que conoce los materiales, la mano de obra y los aliados necesarios para hacer una gran nación y del que, teniendo coraje y decisión, se ha puesto a construirla minuto a minuto, sin importarle las calumnias, los chistes burdos, los calificativos injuriosos, la resistencia pasiva de los indiferentes, el apartamiento de los cobardes, la impaciencia de los sectarios y el resquemor de los envidiosos.

– ¿Cómo se puede servir concretamente en la industria del petróleo a México?

– Refinando cada día más materia prima y sus derivados hasta lograr meter en proceso el ciento por ciento de la riqueza aceitífera extraída.

– Pero, ¿cree usted, de veras, que nuestra incipiente industria nacional pudiera absorber una producción de tamaña importancia…?

– No lo creo. Lo aseguro. En la medida en que se aumente el número y la capacidad productiva de las refinerías, en que éstas se sitúen en los principales centros, y se instalen nuevos depósitos y almacenes que hagan llegar combustibles, lubricantes, parafinas y asfaltos a todos los puntos más importantes del suelo patrio, se irá industrializando más y más nuestro México y, concomitantemente el consumo de los refinados será mayor.

– ¿Quiere usted decir con esto, que el desenvolvimiento de la industria petrolera es condición determinante, decisiva, para la erección de la industria nacional?

– No. No se puede hablar de la industrialización de México sino teniendo en manos de la Nación las industrias esenciales; independientes de los centros de producción en manos de particulares, relativas a esta misma industria, el Estado debe crear sus propias fábricas y plantas para superar la producción privada.

– ¿Quiere usted precisar a qué ramas se refiere, categóricamente, cuando habla de industrias esenciales?

– ¡Cómo no! Me refiero a las del Petróleo, la Electricidad, la Química pesada, la del Hierro y el Acero, y la de los Ferrocarriles. Si estas industrias estuvieran o pudieran estar alguna vez más en manos de extranjeros, jamás podría hablarse de la industrialización de México.

– Hay quienes aseguran, maestro, que las industrias –como la del petróleo– que están bajo la dirección del Estado adolecen de graves defectos perjudiciales a la economía del país. En el caso de la del petróleo se han presentado conflictos que, a mi entender, dan consistencia a tales argumentos.

Lombardo Toledano y Lázaro Cárdenas

Lombardo Toledano y Lázaro Cárdenas

– Esos conflictos acusan solamente que se necesita un verdadero plan para la industria petrolera, hecho mancomunadamente por el Estado y los obreros, y al cual deben sujetarse todos sin excepción. Si no existe ese plan, será muy difícil establecer un trabajo eficaz.

Por otra parte, el programa del gobierno mexicano de servir a los intereses de México en primer término, a pesar de que ya hace varios años de la expropiación, todavía tiene enemigos, y una vez terminada la guerra tiene más adversarios que antes. Se trata de que el petróleo vuelva a manos extranjeras o a manos de mexicanos al servicio de intereses extraños al país.

Los argumentos para lograr este propósito son demasiado conocidos: “que el gobierno es mal administrador”, “que los obreros, cuando sirven al Estado, no cumplen su deber”, etc., etc. Tales argumentos no se pueden ya presentar seriamente en ninguna parte del mundo, sobre todo, después de la elocuente experiencia de la guerra. Durante esta se transformó el Estado en productor gigantesco. Los obreros trabajaron con eficacia y dieron rendimientos espontáneos de tal manera que asombró hasta a los propios simpatizantes de la causa obrera.

. . .

En estos momentos llega un compañero nuestro, chaparrito, joven; en el habla, el acento madrileño clavao.

– Ná, licenciao, que me caso y quiero que sea usté el testigo…

– ¡Cómo no, compañero Mayo! ¿Española o mexicana?

– Mexicana, como tié que ser.

– ¿Cuándo va ser eso?

– Pasao mañana.

– Pues iré, muchas gracias. Mayo apunte aquí la dirección…

– Qué va licenciado… No… Yo estaré aquí por usté.

Esta es otra de las características del monstruoso líder, del sempiterno enemigo de todas las instituciones habidas y por haber: cordial, afectuoso sin afectación, pleno de ternura interior. Con una vida personal límpida, impecable, que ya quisieran para mostrarla como suya todos esos simuladores del cristianismo que lo insultan cotidianamente.

. . .

– Conque decíamos, Compañero Beltrán…

– Hablaba usted sobre las industrias en manos del Estado…

– ¡Ah, sí! Es mentira que el Estado y los obreros no cumplan en las organizaciones económicas estatales. Lo que acontece es que hay hombres que fallan personalmente, pero no es culpa del sistema.

– Lombardo quedó un breve momento en silencio. Tal vez, como en la mía, pasaba por su mente la prolongada teoría de incomprensivos, mixtificadores, traidorzuelos, conculcadores, ingratos, venales y ambiciosos que habían obstaculizado la marcha del movimiento obrero desde los tiempos de la CROM hasta los de la CTM.

– Por otra parte –prosiguió Lombardo tras la pausa– hablar de que las empresas del Estado deben volver a manos de particulares en esta época, cuando en Europa se va rápidamente hacia la nacionalización de actividades económicas fundamentales, no sólo es anacrónico, ¡es ridículo! Hay empresas que por el servicio social que prestan no pueden realizare NUNCA en manos de particulares, cuyos recursos, por grandes que se supongan, son limitados y cuando su única preocupación es el lucro.

Para muestra, basta un botón: Ahí tiene usted el caso de las empresas de irrigación que no organizan, que no pueden organizar los particulares sino siempre el Estado.

– Han sido ya muchas las audiencias pedidas. Sé la cantidad de atenciones que requieren los compañeros que vienen de la provincia en busca de Lombardo y los susceptibles que son cuando no se les atiende en un tiempo razonable y me apresuro a despedirme del maestro…

 

Publicado en la revista Futuro, abril de 1946: pp. 38-39.

Negritas en el original.

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