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La Filosofía desde la Ciencia

CABECERA FINA

Por Raúl Gutiérrez Lombardo y José Sanmartín Esplugues

INTRODUCCIÓN

En una de las charlas TED de 2003, Daniel Dennet comienza diciendo que tiene un problema: “es que soy filósofo”. Y prosigue:

Cuando voy a una fiesta y la gente me pregunta lo que hago y digo “catedrático”, sus ojos se ponen vidriosos. Cuando voy a un cóctel de académicos y me preguntan en qué campo trabajo y digo “filoso­fía”, sus ojos se ponen vidriosos. Cuando voy a una fiesta de filósofos y me preguntan en qué campo trabajo y digo “la conciencia”, sus ojos no se ponen vidriosos… pero sus labios hacen una mueca de disgus­to, porque piensan “¡eso es imposible! No se puede explicar la conciencia”.

Creo que lo dicho por Dennet refleja fielmente la situación por la que atraviesa cierto tipo de filosofía, la filosofía de la que nos ocupamos precisamente en este libro. Quienes colaboramos en él somos académicos que, sólo por serlo, en el imaginario común y corriente hemos de figurar entre los habitantes de un mundo especialísimo, poblado por seres peculiares que, a menudo, no tienen los pies en la tierra. Y, por cierto, esos mismos prejuicios se repiten cuando te confiesas filósofo ante científicos. “¿Filósofo? ¿A qué se dedica un filósofo en estos tiempos? ¿Queda todavía algo que no pueda ser explicado por la ciencia?” La cosa, claro está, se complica todavía más cuando dices que tu objeto de estudio es el ser humano y, en concreto, la conciencia del ser humano y, peor aún, cuando añades que andas ocupado en el estudio de la capacidad que tiene el ser humano de ser consciente de sí mismo, de saberse pensando, de reconocer sus propios estados de ánimo, y demás. Sobre todo eso, ¿qué puede decir la filosofía? ¿Queda algo más allá de lo que puedan decir la neurobiología y la neu­ropsicología?

Para eminentes científicos como Hawking, la respuesta a este último interrogante es nítida y rotunda: No, no queda nada, y sí quedara algo, no sucedería nada, pues la ciencia, en su desarrollo imparable, acabaría dando cuenta de ello. En ese sentido asevera Hawking que la filosofía ha muerto y expide el certificado de defunción de la filosofía alegando como causa de la misma su inutilidad manifiesta. La filosofía no sirve ya para nada, porque no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia. Los científicos, concluye Hawking, se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimientos. Y eso es todo. Nada más. Nada menos. La verdad, sea dicho de pasada, es que si alguna comuni­dad de científicos parece haberse sentido insatisfecha con su disciplina y ha realizado continuas incursiones en otras áreas del saber y, especialmente, en filosofía y filosofía de la ciencia, es la comunidad integrada por los físicos teóricos. ¡Qué le vamos a hacer! Entre poetas y científicos (en este caso, en particular, físicos teóricos) la filosofía está emparedada y, según unos y otros, lla­mada a perder su identidad, o por fusión, o por puro y simple remplazo.

En una columna periodística dedicada al tema (L ’Espresso, 2011), Umberto Eco no se muerde la lengua y tacha de solemne tontería (“una afirmación muy tonta”, dice él) la declaración de muerte de la filosofía proferida por Hawking. Para Eco, este físico teórico ha mostrado (que no demostrado) cómo la física puede explicar hoy en día: (1) si el universo necesita tener un creador;

(2) por qué hay algo en lugar de nada; (3) por qué existimos, y (4) por qué existe este juego específico de leyes. Se trata, sin duda, de cuatro interrogantes que parecían, inexorablemente, un coto ce­rrado de la filosofía. Entonces Eco introduce en este punto una crítica letal. Muy bien, muy bien; la física responde esos cuatro interrogantes, pero estas preguntas presuponen otras dos: ¿qué significa decir de algo que es real? y, ¿conocemos el mundo tal como es?, cuestiones ambas que siguen estando abiertas al escu­driñamiento filosófico en busca de respuestas y, antes, en busca de planteamientos para el debate.

La filosofía se nos cuela por todas partes. Por cerrado que esté el cofre de la ciencia, siempre hay hendiduras por las que, como el agua, se introduce la filosofía. Por una sencilla razón. La ciencia contesta, pero no da respuestas que no encierren en sí preguntas filosóficas, entre otras cosas porque la ciencia es siempre un saber secundario, no principal o radical. La filosofía vive en y de las raíces de los problemas de los que la ciencia puede o podría ocuparse. Al decir que “vive de”, queremos sugerir que, como algunas orugas litófagas, se alimenta entrando por las raíces en el árbol de los problemas y haciendo túneles a lo largo y ancho del mismo hasta agotar en ocasiones (pocas, desde luego) su propia existencia.

De todos modos, conviene no olvidar que los Hawking en turno siempre han contado con la complicidad, incluso entusias­ta, de cierto tipo de filósofos. Me refiero a los filósofos que, al menos durante los siglos XIX y XX han aspirado a hacer de la filosofía una ciencia, avergonzados de que la filosofía, a veces, pareciera más poesía que otra cosa. Estos filósofos lanzaron, desde la lógica simbólica y la filosofía del lenguaje de Russell­Wittgens­tein, una ofensiva en toda regla contra los embrollos lingüísticos en los que decían que consistía la mayor parte de la filosofía. El existencialismo, el raciovitalismo, la fenomenología, la hermenéu­tica… no eran más que literatura (no necesariamente barata, pero literatura), muy alejada de los estándares de rigor y objetividad de la ciencia. La filosofía debía abandonar estos devaneos con lo abstruso e ininteligible, y aplicarse sobre todo a la tarea de recons­truir racional y lógicamente aquello que se nos aparece como súmmum del saber riguroso: la teoría científica. Por una parte, la filosofía puede y debe ocuparse en el análisis de la estructura de las teorías científicas; por otra, puede y debe tratar de clarificar los criterios (se supone entonces que racionales) que, entre teorías en conflicto, permitan la adopción de decisiones a favor de una u otra.

Un filósofo compañero nuestro solía decir que este autocerce­namiento de las propias posibilidades parece inspirado en las técnicas para la producción de bonsáis. No estamos totalmente de acuerdo. Un bonsái es un árbol de minúsculas proporciones, pero un árbol al fin y al cabo. La filosofía que se entiende a sí misma como un saber adjetivo de la ciencia (la filosofía de la que venimos hablando en estos últimos párrafos) y todavía más la llamada “filosofía científica” —la filosofía que se considera una ciencia más— en todo caso reducen el árbol a una rama aquí, algo del tronco allá y unas cuantas raíces acullá.

Quienes hemos participado en la confección de este libro cree­mos que cabe aproximarse a la filosofía y a la ciencia siguiendo un camino bien distinto. Ninguno de nosotros cree que en el binomio filosofía­ciencia uno de los dos miembros sobra y ha de desapa­recer. En absoluto. También creemos que no es posible hacer filosofía hoy ignorando los desarrollos de las ciencias. Se pasan los científicos que niegan la filosofía; se pasan, asimismo, los filósofos que niegan la ciencia. Y haberlos, los hay. Incluso en áreas tan delicadas como las relativas a la mente y a la conciencia humana. A este respecto, nos desconcierta la existencia de filóso­fos que son capaces de hablar de la mente sin aludir al cerebro.

Nosotros pensamos que la ciencia, en concreto las ciencias de la vida, no van a remplazar a la filosofía (o a áreas filosóficas determinadas). Saber cuál es la base neurobiológica del yo y del pensamiento moral no va a desplazar ni a la epistemología, ni a la ética, por mucho que eminentes intelectuales se hayan obstina­do en defender lo contrario. Para este empeño reservamos la expresión “naturalismo substitutivo”. Quizá el naturalista substi­tutivo más famoso en el siglo XX haya sido Quine y su considera­ción de “para qué epistemología habiendo psicología”.

Aunque los extremos encierran en sí un atractivo del que carece la prudencia de posiciones intermedias, hay que decir sin embar­go que sólo en sectores minoritarios ha prendido la llama del naturalismo substitutivo. Hawking es aquí, de nuevo, el ejemplo paradigmático. Lo cierto es que frente a las exageraciones del naturalismo substitutivo, lo que ha ido extendiéndose es la idea de sentido común de que, si las ciencias están avanzando en su estudio de diversas realidades problemáticas, deberíamos pres­tarles la atención adecuada desde la filosofía. El código de hones­tidad del filósofo tendría que establecer, en consecuencia, que el buen filósofo es aquel que hace uso de los hallazgos y explicacio­nes de las ciencias, siempre que sea oportuno, desde la convicción de que filosofía y ciencia están llamadas a entenderse. El cielo es lo suficientemente grande para que ambas quepan bajo el sol —nosotros así lo pensamos.

Ciencia y filosofía maridan muy bien; otros dicen: “se contami­nan”. ¡Bendita contaminación! Sólo cuando seamos capaces de abandonar el pensamiento dicotómico (o ciencia o filosofía), como se nos recomienda en alguno de los capítulos de este libro, podre­mos sacar los beneficios teóricos que, con seguridad, se seguirán de la fusión de los tenidos por opuestos.

Esa es la posición que subyace a cuantos capítulos constituyen este libro. En el primero, José Sanmartín Esplugues insiste sobre la mayor parte de los temas acabados de pergeñar, en su defensa de una filosofía que se sienta orgullosa de serlo y renuncie a la modestia de querer ser una ciencia. Antonio Diéguez y María Cerezo profundizan en el tema, haciendo un análisis de los dis­tintos tipos de naturalismo existentes y de la adopción de un naturalismo colaborativo en el ámbito de las ciencias de la vida. En los siguientes capítulos se aborda la aplicación del naturalismo colaborativo en diversas áreas: en ética (Raúl Gutiérrez Lombar­do), en estética (Camilo J. Cela Conde y Francisco J. Ayala), en psicología (Gloria Cava) y en antropología (Laureano Castro).

Queda algo muy importante por decir. Este libro es en su mayor parte el resultado de haber reunido en un volumen las ponencias que se presentaron en el marco del Coloquio “La Filosofía desde la Ciencia”, que tuvo lugar el 5 de noviembre de 2013 en la sede del Centro de Estudios Vicente Lombardo Tole­dano, en la Ciudad de México. Este Coloquio era en cierto modo el homenaje que algunos compañeros y amigos quisimos dispen­sar a uno de los más originales filósofos de la biología de España, Carlos Castrodeza Bermúdez de Castro, muerto de manera tan inesperada que algunos seguimos sintiéndonos hoy muy afecta­dos por su pérdida física. Nos ha compensado hasta cierto punto su legado filosófico y el hecho de que su selectísima biblioteca sobre ciencias de la vida haya recalado finalmente en el Centro Lombardo, donde ha quedado abierta al público interesado. Quienes firmamos esta introducción fuimos amigos de Carlos y le quisimos mucho: era tan buena persona como genial investiga­dor. Gracias, Carlos.

José Sanmartín Esplugues y Raúl Gutiérrez Lombardo Valencia­México, junio 2014.

VIII. INTRODUCCIÓN 

PRIMERA PARTE: EL NATURALISMO EN FILOSOFÍA Y SUS TIPOS

1. LA MODESTIA DE QUERER SER UNA CIENCIA

José Sanmartín Esplugues

2. DELIMITACIÓN Y DEFENSA DEL NATURALISMO METODOLÓGICO (EN LA CIENCIA Y EN LA FILOSOFÍA)

Antonio Diéguez Lucena

3. HACIA UN NATURALISMO LIBERAL EN FILOSOFÍA DE LA BIOLOGÍA

María Cerezo

SEGUNDA PARTE: LA NATURALIZACIÓN EN LA ÉTICA, LA ESTÉTICA Y LA ANTROPOLOGÍA

4. LA ÉTICA DESDE EL PARADIGMA CIENTÍFICO

Raúl Gutiérrez Lombardo

5. CLAVES DEL CEREBRO EN LA APRECIACIÓN DE LA BELLEZA: UNA HISTORIA DE DOS MUNDOS

Camilo J. Cela Conde Y Francisco J. Ayala

6. ÉTICA DE LA VERDAD Y ÉTICA DE LA PERSUASIÓN EN LA TRADICIÓN PSICOTERAPÉUTICA OCCIDENTAL

Gloria Cava Lázaro

7. UNA APROXIMACIÓN EVOLUCIONISTA A LAS CIENCIAS SOCIALES: LA NATURALEZA SUADENS DE HOMO SAPIENS

Laureano Castro Nogueira

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