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Conceptos e Implantaciones del Altruismo Sesgado y el Altruismo Patológico

Conceptos e Implantaciones del Altruismo Sesgado y el Altruismo Patológico

Barbara A. Oakley

ABSTRACT. The profound benefits of altruism In modern society are self-evident. However, the potential hurtful aspects of altruism have gone largely unrecognized In scientific Inquiry. This is despite the fact that virtually all forms of altruism are associated with tradeoffs—some of enormous importance and sensitivity—and notwithstanding that examples of pathologies of altruism abound. Presented here are the mechanistic bases and potential ramifications of pathological altruism, that is, altruism in which attempts to promote the welfare of others instead result in unanticipated harm. A basic conceptual approach toward the quantification of altruism bias is presented. Guardian systems and their over arching importance in the evolution of cooperation are also discussed. Concepts of pathological altruism, altruism bias, and guardian systems may help open many new, potentially useful lines of inquiry and provide a framework to begin moving toward a more mature, scientifically informed understanding of altruism and cooperative behavior.

KEYWORDS. Cooperation, empathy, codependency, narcissism, philantrophy.

La realidad debe preceder a las relaciones públicas, porque a la na­turaleza no se le puede engañar. (Richard Feynman)

Nuestros ojos pueden no tener poder ante las ilusiones ópticas a causa de nuestra subyacente maquinaria neural que nos guía a conclusiones prede­ciblemente erróneas acerca del tamaño o de la forma de un objeto (Shepard 1990). De modo semejante nuestros sentimientos empáticos por otros, asociados con un deseo de ser aceptados, un sentimiento parroquial por nuestro grupo de pertenencia, el contagio emocional, el razonamiento motivado, la exposición selectiva, el sesgo de confirmación, la descalifica­ción, el sesgo de alianza, el efecto Einstellung (“conjunto”), y aun una creencia egocéntrica de que nosotros sabemos lo que es mejor para otros, nos pueden guiar a ilusiones de ayuda poderosas y, a menudo, irracionales (Batson 2012). En otras palabras, las propias buenas intenciones de la gente, asociadas con una variedad de sesgos cognitivos pueden, en oca­siones, cegarlos hasta las consecuencias dañinas de sus acciones. Esta dinámica de altruismo patológico involucra de manera subjetiva actos prosociales que son objetivamente antisociales. (Desde luego, hay muchas perspectivas objetivas. El veredicto aparentemente antisocial del terroris­mo de un observador objetivo puede ser el veredicto de altruismo proso­cial de otro; con las palabras “objetivo” “antisocial”, “prosocial”, “terrorismo” y aún “altruismo” hay en sí una variación de significado que depende de la perspectiva de un putativo observador objetivo.)

En el corazón del altruismo patológico están las acciones o las reacciones basadas en acceso incompleto a, o inhabilidad para el proceso, el amplio rango de información necesaria para tomar decisiones prudentes que se alinean con los valores culturales asociados con el comportamiento altruis­ta. Varios sesgos psicológicos, religiosos, filosóficos, biológicos, o ideológi­cos pueden llevar a una persona o un grupo a malinterpretar, descalificar, o enfatizar demasiado ciertos aspectos de información relevante. Por consiguiente, el comportamiento altruista patológico puede emerger de una mezcla accidental de causas subconscientes, o deliberadas. [Altruismo, en el contexto de este trabajo, es usado para significar comportamientos bienintencionados que buscan promover el bienestar de otro; en conse­cuencia, el comportamiento altruista puede estar motivado por la preocu­pación hacia otros, por preocupaciones egoístas del yo, o ambas (e.g., “me hace sentir bien ayudarlos”) (Haidt 2012). “Patológico” se usa con el sentido de ser excesivo o anormal, sin suponer un diagnóstico clínico.]

El altruismo patológico puede concebirse como un comportamiento en el que los intentos para promover el bienestar de otro u otros resultan, no obstante, en un daño que un observador externo concluiría como razona­blemente predecible. De manera más precisa, este trabajo define el altruismo patológico como un comportamiento observable o como una tendencia personal en que la motivación, explícita o implícita, es promovida con la intención de provocar el bienestar de otro, pero en su lugar, más que conseguir resultados benéficos, el altruismo tiene (desde la perspectiva del observador foráneo) consecuencias negativas inaceptables. Esta definición no sugiere que hay absolutos, sino que al interior de un contexto particular el altruismo patológico es la situación en la que los resultados previstos y los resultados reales (dentro del marco de cómo los valores relativos de “negativo” y “positivo” se conceptualizan) no encajan.

Una definición de trabajo para altruista patológico podría ser entonces una persona que de manera sincera se involucra en lo que él o ella pretende que sea un acto altruista, pero que (de una manera que pueda ser razona­blemente anticipada) daña a la propia persona o al grupo que está tratando de ayudar; o una persona que, con el fin de ayudar a una persona o a un grupo de personas, inflinge daño inadmisible a sí misma, al propósito del altruismo, o a otros más allá del objetivo. Ejemplos a nivel interpersonal incluyen a la esposa codependiente asesinada por el marido a quien se rehusó dejar, el padre sobreprotector (“helicopter” father) que amenaza con demandar a los instructores que asignan malas calificaciones bien mereci­das, la madre que intenta proteger a su hijo al negarse a vacunarlo y que consecuentemente aviva la pérdida inmunitaria de la comunidad que apoya una epidemia local de tosferina en la que un niño muere. Persona­lidades muy diferentes pueden enredarse en patologías altruistas que van desde el hiperempático (hyperempath) a la persona normal, al totalmente absorto narcisista (self-absorbed narcissist). Estas personalidades diversas comparten, de manera genuina, buenas intenciones que actúan en forma nociva.

A veces hay una línea borrosa para saber si un resultado problemático de una acción altruista es razonablemente predecible. Esta ambigüedad puede hacer que sea difícil distinguir entre altruismo y altruismo patoló­gico. Por ejemplo, digamos que mientras ayudas de manera altruista a un amigo a mudarse de departamento, accidentalmente dejas caer una esta­tua cara y la rompes, ¿tus acciones fueron patológicamente altruistas? En la concepción de altruismo patológico subrayada aquí, no. Tu altruismo no podría haber sido patológicamente altruista por el mal resultado —la estatua tirada— surgió como un resultado muy difícil de predecir de tus buenas intenciones. En un escenario diferente, digamos que tu hermano se vuelve adicto a los analgésicos. Cuando sufre abstinencia, consigues más analgésicos para ayudar a que se sienta mejor y lo excusas cuando su supervisor laboral llama. Quieres genuinamente ayudar a tu hermano, pero realmente estás estimulando su adicción. En este caso, tu altruismo bien intencionado es patológico.

Estos ejemplos ayudan a aclarar el concepto de altruismo patológico, pero situaciones similares podrían ser más ambiguas. ¿Qué tal si tiraste la costosa estatua de tu amigo después de haber consumido una botella de vino? ¿O qué tal si tu hermano adicto a los analgésicos estaba esperando enrolarse a un programa de tratamiento? Anhelamos definiciones concep­tuales definitivas, pero la verdad es que siembre habrá una incertidumbre residual.

Los motivos también son importantes. Las buenas intenciones pueden conducir al altruismo o al altruismo patológico. Intenciones convenencieras y malévolas, por otro lado, suelen tener poco o nada que ver con el altruismo; aunque cierta maldad pueda encubrirse fácilmente como pre­tensión altruista. Un estafador que pide “caridad” para usarla en aras de un enriquecimiento personal no sería un altruista patológico.

Ambos, el altruismo y la empatía, han recibido, con razón, una extraor­dinaria cantidad de atención en la investigación. Este énfasis ha permitido una mejor caracterización de estas cualidades y la forma en la que evolu­cionaron. Aunque esto ha servido también para ratificar su valor sin consideración realista sobre aquellas cualidades que contienen el potencial para un daño significativo.

Parte de las razones para que las patologías del altruismo no hayan sido estudiadas de forma extensiva, o de que no se ha integrado al discurso público, parece ser el miedo de que tal conocimiento pudiera usarse para desacreditar la importancia del altruismo. De hecho, en la ciencia ha habido una larga historia de evasión de acercamientos revolucionarios, tales como la evolución darwiniana y el reconocimientos de la influencia de factores biológicos en la personalidad, que ocurren en parte por los miedos de que tal conocimiento disminuya las motivaciones altruistas humanas. Semejantes miedos han probado ser infundados. Con todo, estas dudas han minimizado la habilidad de los científicos para ver exten­dida la naturaleza potencialmente importante de las patologías del altruis­mo. Como anota el psicólogo Jonathan Haidt, “la moralidad ata y ciega” (“morality binds and blinds”) (Haidt 2012).

Aquí son relevantes los comentarios del historiador de la ciencia Tho­mas Kuhn, quien observó que cuando un cambio de paradigma ocurre, es cuando los científicos ven los datos por primera vez (Kuhn 1970). Tal es el caso con las patologías del altruismo, que no son las aberraciones raras que se suponen de manera común, “sino más bien un comportamiento recu­rrente en el trato social humano” (Ayala 2012). Es, por lo tanto, realista estimular la exploración de un nuevo paradigma con base científica que reconozca que, aún con los análisis semánticos diversos, los sentimientos altruistas subjetivos a veces pueden ser objetivamente problemáticos y en última instancia antisociales.

Lo importante es que las francas bases emocionales de nuestras buenas intenciones pueden desviarnos sobre lo que es en verdad provechoso para otros, tanto a escala personal como pública. No es obvio de manera inmediata ni intuitiva, no es lo que de forma temporal nos hace sentir bien, y no lo que está siendo promovido por otros individuos, con sus propias conveniencias potenciales. De hecho, las acciones altruistas verdaderas pueden parecer a veces crueles y dañinas, el equivalente a decir “no” a un estudiante que demanda una calificación más alta o al adicto que necesita otra dosis. Las consecuencias sociales de parecer cruel en una cultura que otorga gran valor a la amabilidad, la empatía y al altruismo puede llevar­nos a un comportamiento erróneo y derivar en autoengaño relacionado con las consecuencias de nuestras acciones (Fine 2006; Tavris, et al. 2007).

El altruismo patológico puede operar no sólo a nivel individual sino en diferentes aspectos y niveles de la sociedad, y aun entre sociedades. El reconocimiento de que los sentimiento de altruismo no necesariamente constituye un altruismo objetivo proporciona un nueva manera de anali­zar y comprender el altruismo. Esta perspectiva, antes irreconocida, a su vez puede abrir muchas nuevas líneas de investigación potencialmente útiles y proporcionar un marco sobre el cual moverse hacia una compren­sión más madura e informada científicamente de los comportamientos altruistas y cooperativos. La tesis del altruismo patológico enfatiza el valor del verdadero altruismo, el autosacrificio, y otras formas de prosocialidad en la vida humana. Al mismo tiempo, da cuenta del daño potencial de la ceguera cognitiva que surge siempre que los grupos tratan un concepto como sagrado (Haidt 2012).

El público, como un todo, se beneficiaría con saber que lo que podría sentirse altruista de manera subjetiva puede tener consecuencias negati­vas no intencionales que empeoran la situación que se quería mejorar, así como impacto negativo en otras áreas. Hasta el gobierno podría trabajar de manera más eficiente cuando los votantes y los legisladores se den cuenta de que los intentos por ayudar a otros vienen con costos muy reales y que pueden tener compensaciones que agravan los mismos asuntos de interés que pretendían aliviarse.

En tal sentido, este trabajo sugiere que las patologías del altruismo y de cuidado empático deben recibir investigación con enfoque concentrado. También se esbozan recomendaciones específicas. Con motivación laten­te, debemos recordar que en los siglos XIX y XX, hubo una mejoría sin paralelo en salud pública cuando la disciplina médica se puso bajo escru­tinio científico. Las terapias médicas que en algún momento se pensaron como “obviamente” beneficiosas, tal como las sangrías y las ventosas, fueron sujetas finalmente a un examen que las encontró deficientes. De manera similar, si en verdad queremos ayudar a otros, este nuevo siglo constituye, por fin, el tiempo para que los científicos estudien la altruista ingeniería social moderna y para que los esfuerzos, tanto de activistas como de disciplinas académicas que descansan en la “ayuda” y, al final, en el altruismo mismo se sometan a un escrutinio científico más discipli­nado. Es tiempo de una exploración desapasionada de cómo el altruismo y la empatía en sí mismos pueden sesgar sin advertirlo nuestros esfuerzos para crear sociedades complejas modernas.

CONSIDERACIONES EVOLUTIVAS

En cierta forma, el altruismo patológico puede pensarse como un patrón de nutrición o de comportamiento beneficioso con consecuencias evolu­tivas fallidas. Evidencia de antecedentes de tal comportamiento pueden verse en el mundo animal; los ejemplos incluyen a los anfitriones involun­tarios del parasitismo de cría, con el tordo de madera que dedica recursos considerables para la crianza de los polluelos del tordo o zorzal común. Tal antecedente de comportamiento se manifiesta hasta en el nivel gené­tico y molecular. Por ejemplo, los procesos de replicación beneficiosa al interior de la célula pueden ser utilizados por virus (Szathmáry y Maynard Smith 1997). Como consecuencia la lisis celular o la exocitosis permiten que nuevos cuerpos virales extiendan el contagio. Perspectivas moleculares, de hecho, pueden indicar cómo percibimos el comportamiento altruista y cooperativo. Un compuesto molecular estable tiene la propiedad de que en un estado compuesto es de configuración de más baja energía que la del estado disgregado. Un sistema no físico (aphisical) tiende a la configu­ración que minimiza la energía potencial. Tal comportamiento “coopera­tivo” suele requerir energía de activación inicial —esto es, tiene un costo— pero el estado resultante reside de manera más natural y simple en el nivel de más baja energía para la sencilla entidad cooperadora formada e integrada recientemente (esta entidad puede o no tener habilidades replicativas).

En estas situaciones, el altruismo patológico o sus antecedentes podrían pensarse como emergentes de dos maneras. Primero, puede surgir cuando otras entidades —sistemas que no están o que ya no están integrados en la primera entidad cooperativa— son capaces de intervenir en los estados de menor energía y en las posibles habilidades producidas por la primera entidad cooperadora. La intervención en los estados de menor energía puede debilitar o destruir a la primera entidad (al inicio, tales entidades secundarias pueden ser parte de la primera, aun cuando comienzan a disociarse, como en las células precancerígenas). También vale le pena hacer notar, que esas “entidades” cooperativas pueden componerse de varias especies, como las doncellas (labridae) que nadan con impunidad en el interior de las bocas de los meros para alimentarse de parásitos (como la flora intestinal humana).

Segundo, el altruismo patológico o sus antecedentes pueden surgir de un estado de menor energía del primer sistema que permite que el sistema crezca a tal tamaño que eleva su potencial de desintegración o destrucción de mecanismos no cooperativos afiliados con la entidad. Un ejemplo puede encontrarse en la fisión nuclear, donde la repulsión electrostática de largo alcance entre protones supera, no obstante, el atractivo corto alcance de la fuerza nuclear entre nucleones. En procesos celulares com­plejos el coeficiente área-volumen limita el tamaño de la célula. Duplicar el tamaño de la célula requiere, por ejemplo, ocho veces más nutrientes y podría tener ocho veces más de desperdicio, aunque el área de la superficie aumentó sólo por un factor de cuatro.

Vemos estos mismos balances cooperativos versus no cooperativos rep­resentados en una escala social mayor. Por ejemplo, los aldeanos Yanomamö del Amazonas preferían vivir en pequeñas aldeas de alrededor de cuarenta personas, que parecían proveer una reducción óptima en costos de energía asociada con las necesidades diarias de comida y seguridad versus conflicto interno. Sin embargo, las aldeas de mayor tamaño prove­yeron más seguridad ante otras aldeas potencialmente hostiles. En otras palabras, las aldeas más grandes podrían ser, en algunos ambientes, me­jores para minimizar los costos globales de energía. Así, algunas aldeas aumentaron su tamaño a poblaciones de más de cien habitantes. Ocurrió entonces que las fuerzas internas repulsivas aumentaron en forma de disputas que crecieron mientras el número de habitantes en una aldea se elevó. Las aldeas más grandes se fisionaron y, de este modo, el proceso comienza de nuevo (Chagnon 2013). En un nivel más alto de complejidad social, hubo un auge económico inicial cuando la Unión Europea se estableció por primera vez. Este auge se ha atemperado en tanto los esfuerzos altruistas y cooperativos —el tipo de esfuerzos que operan de manera bastante efectiva en sistemas sociales menos complejos— al final, han mostrado generar rupturas y conflictos.

Mientras las entidades se mueven hacia niveles mayores de compleji­dad, el yin y el yang de los estados de menor energía se derivan de la cooperación, versus las fuerzas y efectos no cooperativos internos y exter­nos, que pueden causar un comportamiento de auge y caída en escalas temporales evolutivas. La forma en la que las entidades resuelven estas cuestiones de cooperación versus no cooperación es un factor para deter­minar si las entidades se autodestruyen, proceden por ciclos de crecimien­to versus decadencia, o son capaces de moverse exitosamente a niveles todavía mayores de complejidad. Siempre que se alcanzan niveles mayo­res de complejidad, nuevas problemas de cooperación versus no coopera­ción se desarrollan, y el ciclo comienza de nuevo.

Una cuestión está clara. Mientras las entidades se vuelven más comple­jas, de manera general desarrollan mecanismos evolutivos de retroalimen- tación tipo “protector” que les permiten no sólo la detección y mitigación de los efectos de los mecanismos no cooperativos (“desertores”), sino la adaptación a cambios en esos mecanismos no cooperativos. Sin tales sistemas guardianes flexibles, las entidades caen presas de otras entidades o de sus propios rasgos no cooperativos inherentes. En un nivel celular, vemos que los sistemas inmunes protectores evolucionaron de sistemas enzimáticos de organismos unicelulares, que protegen contra infecciones bacteriófagas, hasta el extraordinario y sofisticado mecanismo inmunoló- gico de defensa que se observa en los vertebrados.

De manera similar, los sistemas con comportamiento cooperativo deben idear funciones inmunes protectoras efectivas contra los esfuerzos para desviar las ventajas energéticas del comportamiento cooperativo. Tales funciones inmunes protectoras deben servir para migrar fuerzas y efectos internos perturbadores. (Por supuesto, en un nivel biológico, vemos que de las muchas variedades de enfermedades autoinmunes ese tipo de sistema protector, aun diseñado con cuidado, puede crear su propio huésped de dificultades y puede ser secuestrado por elementos no coope­rativos, como con las leishmaniasis o el SIDA. Problemas similares parece­rían sostenerse como ciertos para sistemas sociales complejos.)

Por consiguiente, debe añadirse un sexto mecanismo a los cinco pro­puestos para la evolución de la cooperación —selección de parentesco, reciprocidad directa, reciprocidad indirecta, reciprocidad de red y selec­ción de grupo (Nowak 2006)— para que el comportamiento cooperativo continúe en entidades biológicas o sociobiológicas complejas, esto es, para que las entidades no caigan presas de los siempre-en-evolución y los siempre-presentes desertores, alguna forma de función activa protectora evolutiva debe estar presente para detectar cuando una ventaja deliberada o destructiva ha sido tomada de un comportamiento cooperativo o altruis­ta. El sistema protector no sólo debe detectar, sino también deshabilitar tales comportamientos no cooperativos y proveer inmunidad a la entidad para los efectos perniciosos. Sin esos mecanismos de detección y migra­ción, vemos ejemplares de entidades evolutivas aniquiladas por deserto­res (Nowak 2006).

De manera potencial, todos los mecanismos para la evolución de la cooperación tienen algún grado de traslape. La reciprocidad directa, por ejemplo, juega un papel en la reciprocidad indirecta por obligación. Del mismo modo, las funciones protectoras se traslapan con los otros cinco mecanismos evolutivos de cooperación. Estrategias recíprocas, como el toma y daca, de manera inherente contienen lo que puede considerarse funciones protectoras pasiva y rudimentaria: si desertas, deserto. Las diferencias en funciones protectoras entre los grupos podrían reforzar los mecanismos de selección de grupo. Las funciones protectoras se relacio­narían también con el efecto de reputación de la reciprocidad indirecta al mejorar la cooperación: podría reportar a aquel que no apoye al líder porque mi familia puede sufrir si no lo hago. Al dejar fuera las funciones protectoras, que dirigen el apoyo potencial o el daño de los procesos cooperativos, los mecanismos que son importantes de forma vital pueden comprenderse y modelarse con cuidado. Además, contrario a la intuición, los hallazgos en sistemas sociales cooperativos complejos, tales como el comportamiento egoísta, las recompensas de las religiones y los mecanis­mos ideológicos al incluir y promover la cooperación puede clarificarse (Eldakar y Wilson 2008; Wilson 2003). Por ejemplo, funciones protectoras mal diseñadas que no den cuenta de manera adecuada del liderazgo maquiavélico y su comportamiento, podrían jugar un papel importante en el fracaso de estructuras sociales. En otro ejemplo, funciones sólidas que permitirían proteger contra amenazas internas podrían crear de ma­nera simultánea una rigidez que induce menor capacidad para que la sociedad supere otros desafíos. A lo largo de las décadas anteriores, la ciencia médica ha llegado a apreciar la importancia esencial de los sistemas inmunes (que por sí mismos son ejemplos de sistemas protectores) en biología. De igual manera, la conciencia del altruismo patológico permite analizar la evolución de la cooperación para apreciar la importancia de la panoplia de sistemas protectores en los muchos diferentes niveles de complejidad.

IMPLICACIONES

De manera breve, demos un paso atrás para explorar cómo las patologías del altruismo surgen en un nivel individual. Desde luego, considerando el pequeño porcentaje de bebés y niños pequeños que muestran poco interés por los demás y que mientras maduran parecen inclinarse hacia un comportamiento antisocial (Rhee, et al. 2013). A diferencia de los niños que manifiestan un comportamiento altruista y que son más adecuados. Sin embargo, hay un pequeño grupo de niños patológicamente altruistas que califican alto en comportamiento altruista y bajo en comportamiento de autorrealización, tal como mostrar placer ante sus propios logros indivi­duales. Para estos niños, un costo psicológico se puede presentar aun a muy temprana edad, como muestran las altas notas en síntomas emocio­nales, que incluyen infelicidad, preocupaciones, miedo, nerviosismo y somatización (Oakley, Knafo y McGrath 2012).

Como la neurociencia y la genética comienzan a dilucidar, tanto la tendencia biológica como la cultural sesgan el comportamiento altruista y empático, y se vuelve claro que los individuos varían en el fundamento innato que involucra la empatía y el altruismo (Churchland 2011). Por ello una aproximación educativa, religiosa y social “unitalla” de enculturación que de manera uniforme afirma la importancia del cuidado altruista, sin atemperar el conocimiento de las recompensas, para algunos niños puede ser dañina a la larga, sin advertirlo. (En otras palabras, los intentos sociales para estimular a ciegas el altruismo se convierten, ellos mismos, en un ejemplo perfecto de altruismo patológico.) Sin un entendimiento de los efectos indeseables que surgen de las intenciones empáticas y altruistas, los niños y los adultos con una condición de hipersensibilidad hacia los demás encuentran más difícil detectar y reaccionar de manera apropiada a la manipulación o a situaciones en las que los sentimientos naturales de empatía llevarían a resultados indeseables.

De hecho, parece que el cuidado de los otros, en ocasiones, puede ser útil para quienes reciben o demandan cuidado, pero puede tener conse­cuencias perniciosas que incluyen culpa, desgaste, depresión y desórde­nes del estrés (Najjar, Davis, Beck-Coon K y Carney Doebbeling 2009; Eisenberg y Eggum 2009) a largo plazo para los cuidadores. El estrés que resulta del cuidado empático ha mostrado la producción de errores en el tratamiento médico (West, et al. 2006). Sentimientos de cuidado empático parecen ser un engaño esencial con desórdenes de personalidad depen­diente, comportamiento codependiente y hasta anorexia (Oakley B., et al. 2012). Los padres sobreprotectores, cuidadosos y empáticos pueden, con la mejor de las intenciones, infligir daño permanente a sus niños.

La empatía no es, de manera uniforme, un atributo positivo. Está asociada con la cognición emocional, el sesgo retrospectivo, el razona­miento motivado, el cuidar sólo a quienes nos agradan o a quienes forman parte de nuestro colectivo (altruismo parroquial), llegar a conclusiones precipitadas y con sentimientos de culpa inapropiados de no cooperado­res, que se rehúsan seguir órdenes para lastimar a otros (Breithaupt 2012; Cikara y Fiske 2011; Gutsell y Inzlicht 2012; Brosnan, Ashwin y Gamble 2011; Frantz y Janoff-Bulman 2000; Shiller 2007; Spitzer, Fischbacher, Herrnberger, Gron y Fehr 2007 y Chang 1998). La oxitocina, la “dichosa hormona” que subyace al vínculo materno, y muchos aspectos de la empatía, también incrementan tanto la envidia como el engreimiento (Shamay-Tsoory, et al. 2009). La empatía también puede usarse por el convenenciero, incluyendo a los psicópatas, que infieren cómo alcanzar sus propias metas (Dutton 2012). Se ha encontrado que la cercanía emo­cional con alguien que es egoísta o deshonesto lleva a la gente a ser egoísta y deshonesta (Gino, et al. 2012). La lealtad sesgada es causa de que los científicos forenses presenten sus hallazgos al equipo que creen que los contrató (National Research Council 2009). [De hecho, la confiabilidad de todo tipo de evidencia de la ciencia forense, que incluye de manera ostensible técnicas tales como la clasificación de ADN y el análisis de huellas digitales han sido cuestionada (Barton 2010).] Los jueces, que en su mayo­ría son abogados, favorecen el sistema legal en sus decisiones, y esta preferencia tiene consecuencias de hondo calado y efectos nocivos en la ley americana (Murrie, Boccaccini, Guarnera, y Rufino, en prensa).

Ir siguiendo la corriente de manera silenciosa —al negarse a denunciar sobre el comportamiento criminal de manera objetiva, por ejemplo— también puede ser a veces una forma de altruismo patológico que viene de nuestros sentimientos de empatía. En otras palabras, nuestros senti­mientos de altruismo y empatía con frecuencia no son, de manera autén­tica, para la persona o el grupo que en apariencia ayudamos sino que suelen tratarse de nosotros. En ocasiones, se relacionan con el dolor que podríamos sentir al ser relegados por pensar o actuar en forma diferente. O bien se relacionan con la construcción de nuestra reputación —desea­mos ser percibidos en público como altruistas, aun cuando nuestros es­fuerzos no sean en verdad altruistas, para recibir los beneficios del prestigio de una reciprocidad indirecta. (De manera notoria, los jurados son magnánimos con el dinero de otras personas.) Alguien podría decir que una vez que el egoísmo está involucrado, el resultado deja de ser altruismo, por lo tanto, no hay tal cosa como altruismo patológico. Sin embargo, tal interpretación podría significar también que no existe el altruismo, porque el circuito de recompensas parece ser una determinante del comportamiento altruista.

Como ha demostrado el trabajo del ganador del premio Nobel, Daniel Kahneman, de Jonathan Haidt y otros, los humanos poseen procesos intuitivos racionales tanto lentos como rápidos (Haidt 2012; Kahneman 2011; Cushman F, et al. 2010). Las intuiciones van primero y el razonamien­to las sigue para apoyarlas (Haidt 2001; Zajonc 1980). La empatía esta manejada por procesos rápidos. Solemos hacer juicios apresurados como resultado de la empatía y nociones superficiales [relacionada con las “heurísticas morales” descritas por Sunstain (Sunstein 2005)]. Entonces, como exploraron a profundidad Kahneman y Hadt, somos expertos en justificar decisiones basadas en la emoción, con racionalidad fallida, Eins­tellung; la inhabilidad para ver otra solución una vez que la solución inicial es prefijada en la mente, significa que el acercamiento que de manera superficial es útil se vuelve refinado y, luego, se refuerza por razonamiento motivado, exposición selectiva, perseverancia de creencia, y un exceso de confianza (Mercier y Sperber 2011), junto con heurísticas morales como las que involucran el sesgo de omisión e indignación (Sunstein 2005).

No obstante, de manera sorprendente un individuo puede no advertir respecto de las consecuencias de estos efectos que se entretejen como la consecuencia del “sesgo de punto ciego” (Pronin y Kugler 2007). Al res­pecto, una oleada inicial, el juicio de sentido común sobre lo que parece correcto al ayudar a otros puede cuajarse en breve en una certeza formi­dable sin la consideración de hechos relevantes. Como señalaran Mercier y Sperber, “existe evidencia considerable de que cuando el razonamiento se aplica a conclusiones de inferencias intuitivas, tiende a racionalizarlas en vez de corregirlas… el razonamiento lleva a la gente no hacia las mejores decisiones sino a las decisiones que son más fáciles de justificar.” (Mercier y Sperber 2011). La inteligencia no es la salvaguarda respecto de estos problemas de confirmación relacionados con el sesgo. Gente muy inteli­gente, por ejemplo, no razona por ello de manera más imparcial y absoluta, y sólo son capaces de presentar argumentos de sus propias creencias (Perkins, Farady y Bushey 1991). Como indicó Mark Lilla de Columbia: “Los profesores distinguidos, los poetas dotados, y los periodistas desta­cados reunieron sus talentos para convencer a todo el que quisiera escu­char de que los tiranos modernos eran liberadores y de que sus crímenes desmesurados eran nobles, cuando se les ve desde la perspectiva apropia­da. Cualquiera que se eche encima el registro honesto de la historia intelectual del Europa en el siglo XX necesita un buen estómago” (Lilla 2003). De hecho, el combate del sesgo de confirmación extremo ha sido denominado uno de las prioridades más apremiantes de la investigación psicológica (Lilienfeld, Ammirati y Landfield 2009).

Algunas veces es apropiado apagar o distanciarse de los sentimientos de empatía, y parece que tal distanciamiento emocional puede aprenderse —volverse desapasionado— y es normal en ciertas condiciones, tal como un cirujano al operar. De hecho, muchos hospitales tienen normas que impiden que los cirujanos realicen operaciones a familiares, una circuns­tancia en la que sería más difícil mantener una actitud desapasionada.

En psicología, la falta de conciencia de las limitaciones y compensacio­nes sobre la empatía ha devenido en el propio proceso terapéutico. Los viejos terapeutas recuerdan dichos como “la empatía vence a la terapia” (Friedman 2008), pero tales actitudes se desvanecieron mientras los psicó­logos cada vez más pusieron una prima en el cuidado empático durante en el proceso terapéutico. En la misma línea, en el campo de la enfermería, la importancia de la empatía y de la compasión por los pacientes se enfatiza de manera tan constante que sería razonable explorar la posibilidad de una relación causal entre el enfoque unilateral en el cuidado y el severo problema de agotamiento entre los enfermeros (Kowalski, et al. 2010).

Los trabajadores de los servicios de salud no reciben instrucción sobre los peligros de la empatía excesiva e inapropiada, y en consecuencia, un proceso de deshumanización se despliega (Haque y Waytz 2012). Un apoyo incondicional de la empatía y el altruismo hacen el asunto tan difícil para algunos miembros de la sociedad en general que ha surgido una contracultura de literatura popular y de grupos de soporte que involucran la codependencia. Sin embargo, tales acercamientos adolecen de mérito y rigor científico (McGrath y Oakley 2012). Es claro que sin el apoyo de la ciencia, es imposible conducir las costumbres de la sociedad hacia una comprensión más matizada del altruismo y la empatía que al final puede beneficiar a todos.

IMPLICACIONES AMPLIADAS

Hay implicaciones más amplias relacionadas con estos problemas, de manera particular, en lo que se refiere a los aspectos de la política de la empresa científica. El buen gobierno es una fundación de las sociedades a gran escala; los programas gubernamentales están diseñados para mini­mizar una variedad de problemas sociales. Aunque de manera virtual cada programa tiene sus críticas, los programas bien diseñados pueden ser efectivos para mejorar la vida de las personas con pocas compensaciones negativas. A pesar de ello, desde una perspectiva basada en la ciencia, algunos programas son muy problemáticos, a menudo como resultado de nociones superficiales sobre lo que es beneficioso para otros por parte de sus diseñadores o de sus implementadotes, asociado con una falta de responsabilidad por llevar un seguimiento de los fracasos del programa (Sowell 2012).

En estas empresas patológicamente altruistas, el sesgo de confirmación, la descalificación, el razonamiento motivado y la certeza egocéntica de que nuestro acercamiento es el mejor —en pocas palabras los sesgos usuales que subyacen a las patologías del altruismo— parecen jugar un papel importante. Por ejemplo, el embarazo adolescente ha recibido atención sustancial en años recientes. Las adolescentes en los Estados Unidos se embarazan, contraen enfermedades de transmisión sexual, y tienen abor­tos con mayor incidencia que la mayoría de las adolescentes en países industrializados. A pesar de ello, acercamientos probados de manera científica para reducir el embarazo adolescente suelen ignorarse. Como notara el psicólogo Timothy Wilson al sintetizar los esfuerzos problemáti­cos de esta área: “El hecho de que los creadores de políticas aprendieron muy poco de la investigaciones anteriores —a un enorme costo humano y financiero— lo hace más inconcebible por ser una historia tan familiar. Con mucha frecuencia, los creadores de políticas cuando deciden cómo resolver un problema social y conductual siguen el sentido común en vez de los datos científicos” (Wilson 2011). En otras palabras los creadores de políticas y sus partidarios, están moldeados por sesgos cognitivos cohesi­vos relacionados con sus intenciones de ayudar a otros.

En otra área, veamos las aparentes buenas intenciones de las políticas gubernamentales que promovieron la propiedad de vivienda, una meta beneficiosa que estabiliza comunidades familias y comunidades. Las em­presas patrocinadas por el gobierno, Freddi Mac y Fannie Mae, permitie­ron que individuos menos que calificados recibieran préstamos para vivienda y animaron a deudores más calificados a extralimitarse. Las típicas consi­deraciones de riesgo y recompensa se marginaron por un apoyo implícito del gobierno (Acharya, Richardson, Van Nieuwerburgh y White 2011). El gobierno usó estas agencias para promover metas sociales sin darse cuenta del riesgo y el costo. Cuando las condiciones económicas flaquearon, muchos perdieron sus casas o se encontraron con propiedades que valían mucho menos lo que se tuvo que pagar por ellas. En ese momento la política gubernamental, transfirió el costo de este “altruismo” al público para pagar a los bancos que entonces tenían préstamos hipotecarios bursatilizados. Para aquellos que se preocuparon por ayudar a los necesitados en este país, o para aquellos objetaron sobre el rescate corporativo con costos de un millón de millones de dólares pusieron de relieve la necesidad inmediata de una planeación informada de manera científica y una reva­luación basada en evidencia. La preocupación principal aquí es que las intenciones altruistas jugaron un papel crítico en el desarrollo y en lo sucedido por la burbuja de la vivienda de los Estados Unidos que, en turno, tuvo un enorme impacto en al la economía del país. Esta historia reciente enfatiza la importancia de estudiar no sólo el altruismo sino también sus sesgos y sus consecuencias.

Se han proporcionado dos millones de millones de ayuda exterior para África en los últimos cincuenta años. Como lo ha narrado el anterior economista y consultor del Banco Mundial, Dambisa Moyo, nativo de Zambia, tal ayuda tiene consecuencias lametables en una gran variedad de ámbitos, en el apoyo del despotismo y en el aumento de la corrupción y un sentido de dependencia entre los africanos (Moyo 2009). En algunos casos, el dinero es responsable de un daño extraordinario de manera directa (Easterly 2006; Moyo 2009). El experimentado experto en ayuda internacional, Ernesto Sirollei, hace eco a muchos que notan que mucha ayuda occidental surge de un paternalismo y una condescendencia narci­sista. Aquí vemos todavía otra situación donde las nociones preconcebidas del altruismo hacen más difícil concentrarse y reaccionar a indicaciones suministradas por los datos. Observar el comportamiento altruista como fuente de influencias, tanto positivas como negativas, puede arrojar un marco para comprender mejor una variedad de cambios complejos. Por ejemplo, uno de los problemas nacionales más importantes de nuestro tiempo, como se señaló en la publicación Choosing the Nations Fiscal Future de la National Academy Press, es el inminente déficit federal (National Research Council and National Academy of Public Administration 2010). Cicerone, presidente de la National Academy of Science, Jeniffer Dorn, Pre­sident and Chief Executive Officer of the National Academy of Public Adminis­tration, escribieron en conjunto: “Mucho está en peligro si como nación no lidiamos de inmediato y de manera sabia con los cambios para poner el presupuesto federal en un rumbo sostenible; todos nosotros encontrare­mos que las metas públicas están en riesgo.

¿Cómo esas políticas presupuestales surgen y continúan? Podría decir­se, que su establecimiento y crecimiento fueron cultivado de manera amplia por la cultura judeocristiana cuyos valores y procesos educativos relacionados con el altruismo y la empatía. [Las culturas conceptualizan la empatía, el altruismo, y valores asociados de manera diferente (Haidt 2012; Traphagan 2012).] En esta perspectiva cultural, las intenciones al­truistas y empáticas suelen verse como positivas de manera monolítica, casi como cualidades sagradas con compensaciones insignificantes, aun cuando la empatía sea beneficiosa de manera genuina o el resultado de las intenciones altruistas son verdaderamente altruistas; como dice el dicho “la intención es lo que cuenta”, al descalificar la consecuencia negativa del altruismo.

Un sesgo que apoya la declaración de esfuerzos altruistas parece haber contribuido no sólo a una plétora de aflicciones económicas, sino también a un registro continuo de dificultades en las ciencias sociales, donde programas, teorías, y terapias con propósito altruista —de manera parti­cular aquellas que coinciden con nociones de ayuda “obviamente benefi­ciosas”— no parecen recibir un cuidadoso escrutinio científico como los programas bien intencionados menos obvios (Wilson 2011; Wright y Cum­mings, 2005; Cole 2001). Esta falta de aprecio se ha visto en áreas de importancia vital, tales como la mitigación del desorden de estrés postrau- mático, la reducción de violencia familiar, la eliminación del prejuicio racial, la reducción de diferencias sexuales en las matemáticas, y la reduc­ción de los problemas de comportamiento adolescente y el uso de drogas (Kalev, Dobbin yKelly 2006; Petrosino, Turpin-Petrosino y Buehler 2003; Petrosino, Turpin-Petrosino y Finckenauer 2000; Lilienfeld 2007; Eidelson y Soldz 2012; Sander yTaylor 2012; Mills 2008; Stoet y Geary 2012). En un ejemplo, una terapia denominada “reporte de estrés incidental crítico” (critical incident stress debriefing), fue implementado a lo largo y ancho de los Estados Unidos para reducir el desorden de estrés postraumático, aun cuando este costoso programa no sólo no sirvió, sino, de hecho, algunas veces empeoraba el mismo estrés que intentaba resolver (Lilienfeld 2007).

Acercamientos bienintencionados pero no científicos dirigidos a la ayu­da altruista pueden tener el efecto inconsciente de asegurar que los bene­ficios de la ciencia y su método se mantengan alejados de los quienes necesitan más la ayuda. En el análisis final, es claro que cuando los esfuerzos altruistas en la ciencia se presentan como muy alejados, se vuelve muy fácil silenciar la crítica racional (Traphagan 2012; Mills 2008; Straus 2007; Straus 2008; Straus 2009; Sunstein 2009; Sommers 1995; Som­mers). Pocos desean soportar la crítica conducida de manera pobre, la “ciencia” muy subjetiva que afirma ayudar o que, de hecho, se atreve a cuestionar las bases de paradigmas científicos problemáticos que surgen, en parte, de buenas intenciones. Edward O. Wilson justo entró en esa dinámica con la publicación de su Sociobiologia, como también lo hizo Judith Rich Harris con The Nature Assumption y Napoleón Chagnon con sus estudios de los índices de violencia entre los Yanomamö del Amazonas (Chagnon 2013; Pinker 2002; Dreger 2011). El objeto de una teoría científica es una cosa, pero el objeto de una teoría que conecta de manera tenue con sentimientos de moralidad es una cosa muy diferente. Una vez que la moralidad juega un papel, hasta el nivel más subliminal, los sesgos cognitivos del altruismo y sus patologías pueden meterse en el juego. Quizás por esa razón, disciplinas académicas distintas y temas específicos al interior de esas disciplinas muestran requerimientos diferenciales para el rigor. En disciplinas relacionadas con ayudar a la gente (las cuales abarcan un sorprendente y amplio conjunto de temas de ciencia dura), los cientí­ficos que dan tratamiento diferencial a los hallazgos que se obtienen de los sesgos del altruismo pueden desviarlos hacia una aparente ciencia objetiva (Margolis1993). Como notó Robert Trivers: “Parece obvio que mientras más social sea el contenido de una disciplina, espacialmente humano, mayor serán los sesgos debido al autoengaño y mayor la dilación del área comparado con las disciplinas menos sociales” (Trivers 2011).

Una de las características más valiosas de la ciencia es que, a pesar de la obvia imperfección de los sesgos en científicos que de manera visible son objetivos, proveen un mecanismo potencial para librar tales sesgos. Al mismo tiempo, el sesgo altruista puede ser el más pernicioso y difícil de erradicar en la ciencia porque involucra un examen imparcial de grupos de científicos con aparente raciocino objetivo que se convierte en sagrado. [Los sesgos y los sistemas de creencias pueden tener un sentido de sagra­dos, aun cuando no son religiones formales (Haidt 2012).]

Como se dijo arriba, muchos programas gubernamentales son, de he­cho, benéficos, y a algunos no se les puede poner precio, porque permiten que la población en su totalidad tenga vidas con significado al estar apoyadas por una red para las dificultades inevitables de la vida. A pesar de ello, la publicación Choosing the Nations Fiscal Future de la National Academy Press documenta sobre el hecho de que el déficit federal se acerca de manera clara a una crisis. En otras palabras, como resultado de diversas decisiones individuales, muchas de las cuales se basaron en intenciones muy reales de ayudar a otros, todos están en riesgo de daños serios. Tal crisis puede surgir no como una tragedia comunal, sino como una tragedia de altruismo. En grupos sociales pequeños, que caracterizan buena parte de la historia humana, el sesgo altruista y las patologías del altruismo podrían haber tenido pocos medios para extender su amplia influencia. En tiempos modernos, con el potencial alcance masivo de algunos indivi­duos o de grupos poderosos, que suelen tener poca o ninguna responsa­bilidad sobre máximos fracasos programáticos o por otros efectos nocivos, las patologías del altruismo pueden adquirir una importancia enorme. Es razonable, apoyar el cambio del paradigma cultural y científico, y preparar el terreno para que se vuelva aceptable y hasta esperable, en términos culturales, que uno deba intentar cuantificar de manera objetiva supuestas demandas de altruismo. En particular, este cambio de paradigma es im­portante con relación a las compensaciones presupuestales y la planeación de aspectos relevantes de gobierno efectivo que promueve un comporta­miento cooperativo.

La realidad, como se aclara en las afirmaciones conjuntas de los presi­dentes de la National Academy of Sciences y de la National Academy of Public Administration, de que a menos que este tipo de consideraciones se hagan de manera expedita, cortes extraordinarios tienen que hacerse en los programas más genuinamente beneficiosos (National Research Council and National Academy of Public Administration 2010). Un público votante que es animado a seguir una heurística para ayudar a todos en el corto plazo basada en la emoción, en el “sentirse bien”, es un público votante que tomará decisiones precarias de largo plazo con facilidad.

HACIA UN MARCO CONCEPTUAL

Como bien saben los científicos y los ingenieros, “todos los modelos están mal, pero algunos son útiles” (Trivers1971). La perspectiva está incrustada en cualquier modelo, esto es, el marco que percibe cualquier desarrollador. En el pasado, el altruismo (o la cooperación) se ha concebido y modelado, en general, como inscrito en un continuum que va de existir a no existir, mucho como el concepto de eusociabilidad (cuyo opuesto es la asociali- dad, esto es, ninguna tendencia de agrupamiento o socialización). (“Aso­cial” puede considerarse en algunas concepciones como ser “egoista” o “interesado”.) Recientemente, el altruismo se ha concebido en un conti­nuum positivo-negativo, donde el altruismo negativo involucra intencio­nes malévolas, maquievelismo, y psicopatía (Baron-Cohen 2012).

Aunque el altruismo puede enmarcarse en una tercera forma, en un continuum positivo-negativo, donde el altruismo negativo es un altruismo con consecuencias antiéticas, i.e., un altruismo patológico. Observar el altruismo de esta manera proporciona conocimientos tanto para los rasgos de personas de la personalidad individual como para el modelado a gran escala. Hay recompensas para todas las formas de altruismo supuestas, y al considerar el altruismo con aspectos negativos como positivos permite que uno considere con más cuidado consideraciones de a quién se ayuda (el beneficiario) y a quién se daña (la víctima). Algunas veces se ayuda o se daña al mismo individuo o grupo. El altruismo parroquial —combina­ción de altruismo de camarilla y de hostilidad hacia los que no pertenecen a ella— es altruismo positivo dentro de un grupo, pero negativo para el otro. Impuestos altos, por ejemplo, pueden considerarse como altruismo positivo por un grupo y como negativo para otro.

Debe apuntarse que estas concepciones, en principio, formulan el pro­blema, en términos del proveedor del altruismo y tensan la responsabili­dad, entre otras cosas, de la empatía y la identificación. Es posible formular el altruismo también como un proceso dinámico en parte controlado por quien busca el altruismo (Halabi y Nadler 2009). Más aún, los derechos de quien busca el altruismo, pueden ser beneficiosos de manera objetiva (por ejemplo, becas deseadas por un buen estudiante) o dañinas (por ejemplo, el alcohol que desea un alcoholico). En otros casos, quien busca el altruismo puede desear, en forma aparente, actos altruistas infinitesimales que, al final, juegan el papel de resultados negativos a largo plazo, como se ha visto en calificaciones mayores o en promociones. Jean Twegen y su grupo de investigadores han apuntado hacia un crecimiento sustancial en el narcisismo en la población a lo largo de las décadas anteriores. “Las tendencias de una autoimagen positiva se correlacionan con inflación de calificaciones… pero no se explican a través de cambios en desempeño objetivo” (Twenge, Campbell y Gentile 2012; Twenge, et al. 2008. También puede darse el caso de que la ayuda real de quienes buscan o la esperan, como con Münchcausen en línea (en la que los usuarios de Internet fingen varios males para atraer la atención), involucra algo completamente dife­rente de lo que se desea.

Las investigaciones sugieren que aquellos involucrado en transacciones altruistas se benefician de ellas de manera diferencial, y el egoísmo puede jugar un papel sorprendente. Por ejemplo, niños sensibles pueden tener mejores resultados si se comportan de manera egoísta en algunos casos. Sin embargo, como demostró el trabajo de Twenge, otros niños parecen tener expectativas poco realistas cuando se alientan consideraciones egoís­tas. Así, surge la pregunta: ¿cuándo y para quién el comportamiento egoísta es benéfico o dañino?, ¿cuándo la relación entre egoísmo y altruis­mo? y —más importante para nuestros propósitos—, ¿cuál es la relación con las patologías del altruismo? Para ir más lejos, ¿cómo estudiamos estos problemas de manera científica sin que intervengan nuestros juicios y nuestra rectitud moral que guía lo que estamos seguros ayuda a los otros, y atender en cambio a lo que los hechos revelan?

Podemos encontrar claves de cómo proceder al examinar una posible teoría, si asignamos valores diferentes a los resultados, dependiendo de si hay ganancias o pérdidas. Las pérdidas hacen más daño que las ganancias del “sentirse bien”. Con el sesgo altruista, parece que la gente asigna valores a resultados que se basan en su estimado moral subyacente. Un ejemplo de tal sesgo altruista se observó en sujetos a quienes les dieron una sugerencia posthipnótica para tener una sensación súbita de disgusto (una parte íntima de un juicio moral) mientras escuchaban una palabra arbitraria particular. El juicio moral —esa sensación de que algo es o no útil para otros— sería más severo por la presencia de la palabra arbitraria (Wheatley y Haidt 2005). Los investigadores se sorprendieron al encontrar que aun en una situación controlada, en la que no había un asunto moral, las palabras arbitrarias causaron que algunos sujetos hicieran más juicios morales negativos; después, los sujetos confabularon sus historias para explicar su comportamiento. Se han mostrado muchos factores que in­fluencian el juicio moral a un nivel subconsciente (Haidt 2012). Parece que cuando una persona intenta de manera racional (al usar el sistema “lento”) cómo calcular la utilidad de algo, él o ella ya tiene un proceso cognitivo de pensamiento que juzga “rápido” para ser moralmente beneficioso; los juicios distorsionados se hacen de inflar los buenos resultados y de desin­flar los malos. De manera análoga, uno puede imaginar que si la malevo­lencia era la meta, como con intenciones defectuosas por un miembro del grupo hacia uno que no lo es, los beneficios serán desinflados y los daños inflados.

UN CAMINO HACIA DELANTE

Investigaciones a escala personal

Las patologías que surgen del altruismo pueden estudiarse a nivel indivi­dual. Por ejemplo, muchos errores de juicio que se citaron en la extensa lista con referencia en Brin (2012), podrían resultar en el sesgo altruista o el sesgo altruismo podría estar en el fondo y ayudar a guiar esos errores de juicio. Respecto de esto, ¿el cerebro usa una simple heurística moral profunda de “bien hecho” que guía el proceso de pensamiento “racional” hacia una conclusión inevitable como en el efecto de lealtad?, ¿tal heurís­tica puede verse como una firma característica en la imagenología médi­ca?, ¿la habilidad de los individuos para influenciar su heurística moral varía?, ¿algunos individuos son adictos de sus sentimientos de supe­rioridad moral?, ¿qué efecto de variación tiene la cultura en diferentes heurísticas morales individuales? En una nota al margen, parece que el sesgo altruista, como muchos sesgos, es un fenómeno de franjas de con­ciencia jaimesiano, más que como un sentimiento de familiaridad. Parece crecer o relacionarse con ese poco estudiado sentido de exactitud de certeza —un sentimiento en la punta de la lengua que se construye en una red de sesgos, influencias y percepciones de que una cosa es benéfica, mientras que otra no (Brin 2012; Burton 2012; Mangan). La santurronería y la patología de la certeza casi no han recibido énfasis en la investigación (Brin 2012; Burton 2012).

El narcisismo, una de las personalidades que se hereda de manera más enfática, ha sido rechazada de manera similar. El narcisismo es concomi­tante con muchas de los desórdenes de personalidades más problemáticos, y con el desorden bipolar. Por ello es una sorpresa saber que casi no hay estudios de imagenología de la ciencia dura que se enfoquen en el narci­sismo, aunque otros síndromes, como los aspectos positivos de la empatía que se han investigado con interés (Allen, et al. 2011; Garrity, et al. 2007; Zaki y Ochsner 2012). El narcisismo, en otras palabras, merece la preferen­cia en la investigación imagenológica.

De forma similar, el vital tema de la codependencia no ha sido investi­gada por la ciencia dura y se le ha dejado la “investigación” a aquellos con limitada o nula cualificación para la investigación científica (McGrath y Oakley 2012). Una indicación de la necesidad popular y un interés en esta área es que un solo libro, Codependent no More, ha vendido más de cinco millones de copias a lo largo de varias décadas. Es razonable preguntarse si la falta de investigación científica que involucra la codependencia, puede relacionarse con el hecho de que hay una fuerte tendencia contra el estudio de consecuencias negativas de la empatía. De este modo, la codependencia como el narcisismo, podrían ser áreas importantes de investigación para el esclarecimiento de las patologías del altruismo.

Estudios a escala amplia

A una escala más grande, casi cualquier modelo o proyección basada en los datos en cualquier disciplina o empresa gubernamental, que aun de manera indirecta impacte un área de legitimidad o de moralidad, o que contenga un significado potencial para el sesgo disciplinar, puede anali­zarse para ver qué tan bien, en realidad, se ha desempeñado en el contexto del despliegue de datos del mundo real. El desempeño inesperado del modelo o de la proyección podría ser un indicador de sesgo altruista, y se podría cuantificar cuándo, dónde, cómo y qué alcance tuvo. Por ejemplo, un mejor entendimiento del sesgo altruista en el análisis de datos y del desarrollo e implementación del programa provee conocimientos respec­to de una gran variedad de fenómenos, en los que se incluyen los valores inflados de manera artificial de las burbujas económicas o de mediciones estadísticas inadecuadas (por ejemplo, aquellas que involucran el creci­miento del desempleo) que puede levantar los efectos de los esfuerzos bienintencionados. Por consiguiente, los conceptos del altruismo patoló­gico pueden servir un propósito normativo, ayudándonos a crear mejores políticas. El conocimiento de cómo el sesgo altruista distorsiona la inves­tigación científica objetiva puede y debe ser considerado un factor de confusión al desarrollar modelos formales.

Debe notarse, sin embargo, que aquellos que posee un sesgo altruista debían enfáticamente a objetar sobre el concepto mismo de sesgo patoló­gico (Pronin, Lin y Ross 2002). La investigación ha mostrado la clara imposibilidad de estudiar a individuos prejuiciados usando acercamientos racionales, sin importar su nivel educativo o de inteligencia; tales intentos pueden equipararse con lograr la cuadratura del círculo (Perkins, Farady y Bushey 1991; Lilienfeld, Ammirati y Landfiel 2009).

En otro sentido, los investigadores que están fuera de una disciplina, y así están investidos en las teorías de ese dominio, podrían iniciar estudios para determinar si la estadística insuficiente, las aseveraciones exageradas, la elaboración de conclusiones equivocadas de otros trabajos, o usar los datos de manera selectiva para confirmar hipótesis podrían diferir entre estudios que relacionan sesgos disciplinares o aspectos morales (muchos temas de la ciencia dura, al final, impactan asuntos de moral profunda) versus aquellos que no lo hacen. Con disciplinas científicas, la apariencia de firmar peticiones para hacer cumplir las normas del grupo podría usarse como indicador de patologías del altruismo; tales peticiones, no obstante, podrían sin intención comunicar información involuntaria sobre la salud de una disciplina. ¿Disciplinas enteras están perfiladas por traba­jos que no se envían debido a un miedo legítimo de ser rechazados? Como Santiago Ramón y Cajal, el padre de las neurociencias modernas, con perspicacia escribió: “la buena voluntad de los científicos es usualmente tan paradójica que están más complacidos por la defensa de un error obvio que se ha difundido ampliamente que por establecimiento de nuevos hechos” (Ramón y Cajal 1937). Estos pensamientos tuvieron su eco recien­temente, como era de esperarse, en un trabajo controversial de John Ionnidis que señalaba el sorprendente y alto índice de hallazgos falsos en la investigación. Ionnidis destacó que “para muchos campos de investiga­ción, las afirmaciones sobre hallazgos en la investigación con frecuencia pueden ser simplemente mediciones precisas del sesgo dominante” (Ioannidis 2005). ¿Se pueden cuantificar los sesgos disciplinares, tal vez en estudios propuestos por grupos interdisciplinarios (que incluyan no aca­démicos) de manera amplia desde fuera de la pregunta de la disciplina? Pensar en grupo al interior de las disciplinas, en particular respecto de diferentes estándares editoriales de pruebas requeridas para los estudios que no sostienen un paradigma moral subyacente, sería particularmente rico, y un área de estudio provocativa.

Lilienfeld señala hacia un tratamiento psicológico que “puede producir daño a los parientes y familiares de los clientes, además, o en vez de a los propios clientes. Por ejemplo, algunos tratamientos que de otra manera serían inocuos o hasta efectivos con los clientes podrían producir un riesgo intensificado de abuso por imputaciones falsas contra los miembros de la familia” (Lilienfeld 2007). ¿Es posible que algunos esfuerzos de defensa y justicia social resulten en los mismos tipos de efectos perniciosos en una escala social, para que los esfuerzos para construir cooperación en su lugar la inhiban? No solemos saber, porque los abogados bienintencionados han hecho que esas preguntas se vuelvan tabú. Enmarcar los problemas en forma de patología del altruismo y de sesgo altruista forma un mecanismo para romper el tabú para hacer estudios desapasionados de cuándo ayu­dar es en verdad ayudar y cuándo es contribuir a un daño inadvertido.

Los estudios forenses sobre el sesgo de alianza (Murrie, Boccaccini, Guarnera y Rufino K, en prensa) probablemente podrían informar a las disciplinas académicas sobre cómo examinar los efectos del sesgo altruista, tanto al interior como al exterior de la academia y, de hecho, respecto de la gran academia en sí misma. Con referencia a lo último, parece que la academia está alcanzando múltiples crisis, que con frecuencia surgen de esfuerzos bienintencionados; tales crisis incluyen gigantismo administra­tiva, colegiaturas que han superado, por mucho, la inflación, y estudiantes a quienes se dejan académicamente a la deriva (Arum y Roksa 2010).

Pasos potenciales para encarar el sesgo altruista en disciplinas académicas y en la empresa científica

Hay pasos activos que podrían tomarse para prevenir el potencial para el sesgo altruista al interior de la empresa científica. En todos los procesos de revistas de importancia, por ejemplo, paneles de revisores (e.g., psicólogos cognitivos y neurocientíficos que revisan los trabajos de psicología social) podría convertirse en una práctica cotidiana (Montefiore 2004). Los pro­gramas doctorales hacen mayor énfasis en el método científico y en el uso cuidadoso de la estadística para que los estudiantes graduados, quienes serán futuros revisores de publicaciones periódicas, puedan aprender a detectar trabajos problemáticos y puedan conducir sus propias investiga­ciones sin orientaciones problemáticas. Los muchos aspectos del sesgo altruista y también de los problemas y beneficios de la empatía pueden ser discutidos y enfatizados mucho más ampliamente en libros de texto, empezando incluso desde la educación media superior y en los primeros años de universidad. Las disciplinas involucradas de manera importante en la defensa social, cuyas primeras metas implican el beneficio de otros, deberían estar entre las primeras en tener interés de incorporar estos conceptos y acercamientos en su investigación y en sus programas de entrenamientos, en sus esfuerzos editoriales, y en sus libros de texto

CONCLUSIONES

La ciencia ha invertido un extraordinario esfuerzo en estudiar los aspectos útiles del altruismo, y este énfasis ayudó a hacer reales los beneficios del altruismo entre la población en general. Sin embargo, si la ciencia está, al final, para servir como una empresa altruista, entonces la ciencia debe examinar no sólo lo bueno, sino también lo malo que pueda surgir de nuestros sentimientos altruistas y de cuidado empático por otros. Para apoyar esta idea, es importante notar que durante el siglo XX se dio muerte a decenas de millones de individuos bajo regímenes despóticos que sur­gieron para mantenerse a través de apelaciones al altruismo (Montefiore 2004; Chang y Halliday 2005; Waite 1977; Short 2004; Li 1994). En otras palabras, la historia del altruismo patológico no es un brote menor e intrascendental del estudio del autismo, sino, más bien, un tema público de importancia científica y urgencia acuciante.

AGRADECIMIENTOS

La autora agradece a Philip Oakley y Joseph Carroll por las largas discusiones, y a Amy Alkon, Gary Barber, Augustine Brannigan, Bernard Berofsky, Kenny Felder, David C. Geary, Joachim Krueger, Hugo Mercier, Karol Pessin, Sally Satel, John Traphagan, and Carolyn Zahn-Waxler por sus convincentes sugerencias. Las sugerencias del editor anónimo y de los revisores también fueron beneficiosas.

Traducción de Mercedes Tapia.

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Department of Industrial and Systems Engineering, Oakland University, Rochester, MI 48309. / oakley@oakland.edu / BAO diseñó y desarrolló la investigación, analizó los datos y escribió el artículo.

Ludus Vitalis, vol. XXI, num. 40, 2013, pp. 221-247.

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One Response to "Conceptos e Implantaciones del Altruismo Sesgado y el Altruismo Patológico"

  • Terapia de pareja df
    25/09/2015 - 9:21 am Reply

    Sin duda, el altruismo y las actividades cooperativas que se dan en una relación de pareja, no están excentas de llegar a ser percibidas como negativas por algún miembro de la pareja, pues como bien dice el artículo, nuestra percepción de la realidad siempre está dispuesta a distoricionar las cosas y equivocarse.

    Una hombre quiere ayudar a su esposa llegando temprano a casa, mientras esta se enoja porque el marido al llegar temprano olvidó preguntarle si necesitaba algo del supermercado y lo percibe como falta de interés.

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