¿Reduccionismo y determinismo enmascarado? respuesta a Macario Schettino

Bernardo Yáñez

Durante el martes, miércoles y jueves de la semana pasada se publicaron tres artículos de opinión en el diario de circulación nacional, El Financiero, a cargo del Dr. Macario Schettino, en su columna diaria llamada ‘Fuera de la Caja’. En éstos el articulista reseñó su lectura e interpretación del reciente libro publicado y titulado ‘Blueprint: How DNA makes us who we are’, de Robert Plomin. Este último psicólogo y genetista quien se ha enfocado en estudios con gemelos homocigóticos. Es importante decir que en la literatura internacional especializada esta obra ha sido severamente criticada por especialistas en temas de antropología, psicología, genética, entre otras disciplinas. Es cierto, todavía no hay una traducción a nuestro idioma, sin embargo, hay suficientes textos publicados recientemente señalando críticas relativas al reduccionismo y determinismo enmascarado del autor del libro (ver aquí y aquí). ¿Podría decirse lo mismo de quien publica su reseña en el periódico?

Vayamos por partes.

En la primera de sus tres entregas, Schettino dice que el libro “trata de cómo los genes determinan en gran medida cómo somos cada uno de nosotros… cómo es que nuestro entorno no tiene una influencia muy significativa. Somos nuestros genes y en mucho menos medida nuestra historia”. Unas líneas más abajo afirma tajantemente que “La discusión acerca de qué importa más en las personas, si su naturaleza o su crianza, lleva rato, pero la evidencia científica apunta cada vez más el peso mayor de la primera”.

En primer lugar, cuando el autor habla de genes se refiere a éstos como si tuviésemos una idea clara de cómo funcionan y cómo es que se expresan en los individuos. Como si estos fuesen entidades discretas que correlacionan con un rasgo o rasgos particulares. Simplifica de manera notable la relación entre genotipo y fenotipo.

A este respecto, David S. Moore (2015), en su libro The Developing Genome: an introduction to behavioral epigenetics, establece que

“hablaré de genes repetidamente en este libro porque no existe una forma pertinente actualmente para comunicar ideas contemporáneas de la biología molecular. Por lo que, cuando digo gene, me refiero al segmento o segmentos del ADN que contienen una secuencia informativa que se utiliza para construir una proteína (o algún otro producto que conlleva una función biológica). Pero vale la pena recordar que cuando los biólogos evolutivos hablan de “genes” no se refieren a una cosa en particular; el gene sigue siendo un concepto hipotético hasta nuestros días” (pg. 45).

Dicho de otra forma, podemos saber cuál es la secuencia genética de un ser vivo y si sus características particulares están correlacionadas con ciertos rasgos, enfermedades, conductas, etc., pero saber que existe una correlación no es saber que hay una causalidad entre las variables en cuestión. Es fundamental este punto, no se trata de decir que no sabemos nada de los genes, pero sí es necesario matizar el conocimiento que se tiene a la fecha sobre estos aspectos.

Por otra parte, establece que la dicotomía ‘naturaleza-cultura’ es una discusión en la que la primera lleva ventaja sobre la segunda, sin considerar que a este respecto se han escrito ríos de tinta en las ciencias sociales y las humanidades señalando la falacia que implica dicha dicotomía (ver, por ejemplo, Descola 2013; Oyama 2000). De acuerdo con esto último la oposición genes vs. ambiente es un restablecimiento de la separación naturaleza-cultura; sin embargo, es absurdo plantear una división entre estas dos variables ya que los genes de hecho interactúan con el ambiente y éste, a su vez, modula la función y expresión de los genes de cada individuo; son entidades constitutivas imbricadas, imposibles de separar.

Más adelante, el autor del artículo de opinión expresa que “El desempeño educativo, en general, tiene un peso genético de 60 por ciento, y en ciertas disciplinas (lectura, matemáticas y ciencias…) llega a 70 por ciento”. En este sentido el sesgo, tanto de los estudios de Plomin como de la interpretación de Schettino, es asombroso. Plantean que la cognición debe ser medida por aspectos lógico-matemáticos en los que procesos como la lectura o la capacidad aritmética responden a las diferencias genéticas. Posteriormente destaca que “Esto significa que sólo un 40 por ciento del desempeño educativo depende del entorno”, además de que, siguiendo a Plomin, “la mitad de eso proviene de efectos azarosos, circunstancias fuera de cualquier control, que facilitan u obstaculizan el desarrollo”. Por lo que “apenas un 20 por ciento del resultado depende de lo que llamamos “educación””. Aquí las cosas se vuelven realmente interesantes… En primer término, señalar que el desempeño educativo puede ser reducido a dos variables como los genes y el entorno –es decir, a la naturaleza y la cultura– es prácticamente una fantasía, ademas de que no se trata de la obtención de un resultado, sino de un proceso. Bueno, en realidad son tres variables: genes (60%) + educación (20%) + azar (20%), pero “sólo el 40 %”, como si ese fuese un porcentaje menor, permite modificar nuestra naturaleza, que asumen los autores está escrita en nuestros genes. Ya decíamos que de los genes sabemos muchas cosas, pero poco sabemos de cómo se asocian con el fenotipo en un sentido amplio (morfología, conducta, fisiología, etc.). Pero en cuanto al ambiente las cosas no son mucho más sencillas. Los efectos del entorno en los seres vivos impactan de formas muy distintas en cada individuo pero, además, es necesario señalar que el entorno o ambiente no es tampoco una categoría discreta y dado que éste se encuentra en constante cambio no es posible predecir sus consecuencias de manera precisa. Incluso en cuanto a la educación.

En otro apartado, Schettino refiere el libro The Bell Curve de C. Murray y R. Herrnstein, obra muy criticada al igual que la de Plomin por hacer un uso tendencioso de los datos relativos a las “diferencias en inteligencia… entre grupos de origen étnico distintos”. Según el profesor del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), estos autores “Fueron descalificados por racistas, principalmente por quienes nunca leyeron el libro ni intentaron verificar la información”. La lectura que yo hago de estas líneas no es más que la de una reivindicación de la tesis de Murray y Herrnstein, lo cual es a mi juicio peligroso. Para sostener mi argumento echo mano de un texto publicado por Eric Siegel el año pasado (ver aquí) en la versión en línea del sitio de internet de Scientific American, en la que hace una interesante crítica a las posturas de estos autores. Siegel destaca que

“En el último capítulo (capítulo 22) (del libro de Murray y Herrnstein), cuando finalmente nos dan algunas prescripciones políticas anticipadas” apuntan que “Las políticas sugeridas incluyen códigos fiscales más simples, reducir los beneficios gubernamentales que puedan incentivar la reproducción entre los más desfavorecidos y una mayor eficacia en el escrutinio de los migrantes basado en sus competencias”.

Aunque no lo dicen uno podría interpretar esto último como una política migratoria sustentada en las diferencias “raciales”. En otro momento, Siegel retoma una frase textual del libro que plantea que

“los inmigrantes latinos y negros están, al menos en el corto plazo, haciendo una presión negativa con respecto a la distribución de la inteligencia”.

Al margen de si existe un trasfondo racista en estos comentarios, que yo creo que los hay, me parece sensato destacar qué es lo que no dicen los autores de The Bell Curve, The Blueprint y de los artículos d El Financiero. Lo que no dicen es que en todos estos casos las diferencias en cuanto a variables como salud, higiene, educación, programas de asistencia social, economía, etc. favorecen en todos los casos a los grupos que salen mejor evaluados en las pruebas.

En México y Latinoamérica en general las cosas no son muy distintas. La mayor parte de personas en los percentiles más altos de salud, higiene, etc. son personas de orígenes étnicos no indígenas (o blancos), mientras que, por el contrario, los indígenas ocupan la mayor parte de los niveles más bajos de estas mediciones. ¿Son estos datos resultado de las características genéticas de los individuos o, más bien, están reflejando las diferencias socioeconómicas y de oportunidades entre estos diferentes grupos sociales? A mí me parece que es la segunda opción la más plausible. Para muestra un botón, el antropólogo biológico Barry Bogin ha estado estudiando poblaciones de origen maya en Estados Unidos durante décadas, tratando de comprender las diferencias observadas desde una perspectiva antropológica. Resulta que al comparar la estatura de niños mayas nacidos y criados en Guatemala frente a niños mayas de origen guatemalteco nacidos y criados en Estados Unidos encontró una diferencia promedio de 11.54 cm a favor del segundo grupo. ¿Cómo explicar estas diferencias? Sería iluso pensar que todos los mayas guatemaltecos que migraron a Estados Unidos tienen en general genes asociados a una mayor estatura que sus paisanos que se mantuvieron en Guatemala. Entre otras cuestiones, parece razonable intuir de acuerdo a Bogin y sus colaboradores que estos resultados

“apoyan la hipótesis de que tanto la talla como las proporciones corporales de las poblaciones humanas son indicadores muy precisos de la calidad del ambiente respecto del crecimiento” (ver aquí).

No creo que esto pueda circunscribirse únicamente a cuestiones morfológicas y fisiológicas, sino también, e incluso con mayores efectos, incide en las cognitivas y psicológicas, sin embargo, los trabajos de Plomin minimizan el efecto del entorno en un sentido amplio.

En su segundo texto, Schettino afirma que los estudios de Plomin son “una revisión muy profunda de lo que sabemos acerca de la herencia y el comportamiento de las personas”, pero es más bien una visión superficial de la diversidad humana. Con base en el argumento de que más de la mitad de nuestro comportamiento es heredado e inmutable (esa es la interpretación del autor) –alrededor de un 60 %– el resto, entonces, es reducible a eventos azarosos y a la educación. Pero yendo aun más lejos vuelve a mencionar que las nociones de Murray y Herrnstein reflejan lo que la medición de la prueba PISA arroja a nivel internacional. Es decir, que los resultados “reportan diferente “inteligencia”, empezando por asiáticos, luego blancos, hispánicos y afroamericanos”. Este último comentario, aunque lo niegue el autor, refleja profundas nociones racistas y deterministas. El profesor del ITESM en sus redes sociales ha tratado de deslindarse de estas interpretaciones (ver), pero una lectura detenida de sus contribuciones hace ver que él en ningún momento intenta matizar las posiciones de Murray, Herrnstein y/o Plomin, lo que puede interpretarse como que las suscribe. De hecho afirma que “los datos que publicaron (Murray y Herrnstein) no eran incorrectos. Lo mismo es posible que ocurra ahora con Plomin. Pero si los datos, la evidencia, apunta en esa dirección, necesitamos entender qué es lo que eso significa”. Es aquí en donde encuentro una coincidencia con el autor: “los datos no eran (o son) incorrectos”. Lo que es incorrecto es la manera de interpretarlos de forma simplista y sesgada, los datos por sí solos no son nada, hay que interpretarlos. Es insoslayable que existen diferencias genéticas en la población humana, sin embargo, lo que los genetistas tampoco suelen decir es que estas diferencias son mínimas cuando uno las compara con las diferencias fenotípicas. Dicho de otra manera, somos muy diferentes por fuera y no lo somos tanto por dentro. Entonces, ¿cómo explicar que la diversidad genética es menor que la diversidad fenotípica? Parece que esto contradice los supuestos de estos autores. Por otra parte, al hablar de diferencias genéticas el autor ignora que el porcentaje de variabilidad genómica de dos seres humanos Homo sapiens cualesquiera que sean, varía aproximadamente en un 1%, mientras que la variabilidad fenotípica, conductual y cultural es difícilmente medible en términos porcentuales. Lo que no reduce la importancia de estos factores. Esta es una más de las cosas que ninguno de estos autores aclaran.

Ese segundo texto concluye precisamente con esta afirmación “Son los genes, sin duda, pero también las oportunidades y los sistemas. Y ahí sí podemos hacer mucho”. La cual es totalmente contradictorio. Los genes no son un programa prestablecido como el autor lo pretende; claro que también tienen que ver las oportunidades y los sistemas. Pero esas oportunidades y sistemas están atravesadas por factores históricos, políticos, económicos, etc. que en la concepción de ambiente o entorno del profesor Schettino están ausentes. Estos últimos factores en conjunto con la carga genética son decisivos, mas no determinantes como es sugerido por el autor.

De su tercer texto rescato: “Lo que debe ser igual para todos (hasta donde sea posible), insisto, son las oportunidades desde el nacimiento. Pero no la educación. En la educación lo que hay que hacer es potenciar el 50 o 60 por ciento del desempeño que los genes proveen. A unos para unas cosas, y a otros para otras. No a todos de la misma manera, en todas las disciplinas”.

Esto último en primera instancia puede parecer razonable, decir que las oportunidades deben ser iguales para todos a partir del nacimiento. Sin embargo, se establece una noción equivocada de los genes: el 50 o 60% de nuestra naturaleza está suscrita en los genes y no puede modificarse. Esto es un error grave, los estudios sobre metilación del ADN comprueban que aunque los genes no cambian, la forma en la que estos se expresan e interactúan con otros genes está moldeada por el entorno y más precisamente por aquello que se conoce como los procesos epigenéticos. Es decir, no es solo el ambiente directo en el que un individuo se desarrolla, sino el ambiente heredado, aquel en el que se desarrollaron los padres e incluso los abuelos de ese sujeto. Por ejemplo, en Holanda se ha estudiado el desarrollo de personas descendientes de individuos expuestos a las terribles hambrunas de mediados de siglo XX –entre 1944 y 1945– y se ha comprobado que ese entorno con carencias en el que se desarrollaron esas personas tienen consecuencias importantes en la salud y fisiología de sus descendientes (ver aquí). Hasta el momento este efecto se ha demostrado hasta la tercera generación. Con esa base, los genes deben comprenderse desde una perspectiva más amplia y compleja, no como un simple código que contiene la información esencial para el desarrollo de un individuo y el cual es posible predecir en la medida que uno tenga esa información: la genómica. En otras palabras, no basta con darle las mismas oportunidades a los individuos desde el nacimiento, porque la historia de sus ancestros tiene implicaciones en el desarrollo futuro de ese sujeto.

Dicho de otra manera, la epigenética implica que el ‘código genético’ y su relación con el entorno por sí mismos no agotan las explicaciones de lo que ocurre con los seres vivos, por lo que este concepto puede definirse como: “donde las cosas que son genéticamente idénticas pueden, en realidad, parecer bastante diferentes entre sí” (Carey 2012). Es decir, se trata de un conjunto de modificaciones bioquímicas asociadas al material genético que cambian la manera en que los genes son activados o desactivados, pero los genes en sí no se modifican”. La epigenética es, pues, “la disciplina que está deconstruyendo mucho de lo que se concibió como dogma” (Carey 2012).

A partir de las ideas desarrolladas previamente, la pregunta de si existe un reduccionismo y determinismo enmascarado en las ideas del (los) autor(es) puede ser respondida. El lector podrá decidir con base en los argumentos antes presentados cuál es la respuesta a dicha pregunta. El fenómeno humano es mucho más complejo que lo que el determinismo genético plantea.

Bibliografía

Bogin, B., Smith, P., Orden, A. B., Varela Silva, M. I., & Loucky, J. (2002). Rapid change in height and body proportions of Maya American children. American Journal of Human Biology14(6), 753-761.

Carey, N. (2011). La revolución epigenética. De cómo la biología moderna está reescribiendo nuestra comprensión de la genética, la enfermedad y la herencia.

Descola, P. (2013). The Ecology of Others: Anthropology and the Question of Nature. Prickly Paradigm.

Murray, C., & Herrnstein, R. (1994). The bell curve. Intelligence and Class Structure in American Life, New York.

Moore, D. S. (2015). The developing genome: An introduction to behavioral epigenetics. Oxford University Press.

Oyama, S. (2000). The ontogeny of information: Developmental systems and evolution. Duke university press.

Plomin, R. (2018). Blueprint: How DNA Makes Us Who We Are.

 

 

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