Enrique Othón Díaz Melo, 1903-4 – 1967

Enrique Othón Díaz Melo nació el 3 de julio de 1903 o 1904[1], en la ciudad de Oaxaca, estado de Oaxaca (México); y falleció el 11 de junio de 1967, en la Ciudad de México. Fue un importante político, militar, cineasta, periodista, escritor y poeta. Se le reconoce como uno de los miembros de la generación del “Medio Siglo”, grupo destacado de intelectuales oaxaqueños, dedicados principalmente a la literatura.

Se dice de Enrique Othón, que recibió su educación básica en el Colegio del Espíritu Santo, dirigido por Carlos Gracida, donde pudo alternar con Fernando Iturribarría. No existen registros claros sobre sus estudios, pero, según los periodistas Néstor Sánchez y Arcelia Yañiz, su educación fue mayormente autodidacta, ya que tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su familia, aunque eso no le impidió seguir formándose en las letras.

Como político y militar, Enrique Othón Díaz formó parte del Bloque de Obreros Intelectuales, apoyó el gobierno de Cárdenas y, en 1929, fungió como secretario del grupo Rebeldía, ayudando a su constitución como entidad organizada afiliada a la Confederación de Partidos Socialistas de Oaxaca (CPSO), de tipo marxista. El grupo Rebeldía defendió una mejor educación y el reparto agrario, defendiendo a la clase trabajadora de Oaxaca, luchando contra el abuso del alcohol y por la creación de pequeñas industrias que sirvieran para la rehabilitación de las masas indígenas.

Como educador, Enrique Othón participó como miembro de la Sociedad de Amigos del Libro Mexicano y del Grupo “En Marcha”, y desarrolló labores educativas en el Partido de la Revolución Mexicana y como profesor en la Universidad Obrera, creada y dirigida por el Mtro. Vicente Lombardo Toledano.

Como periodista, de muy joven Enrique Othón se hizo cargo del suplemento dominical del diario El Oaxaqueño, fue uno de los fundadores de la revista 18 de marzo, que sirvió para la comunicación entre Petróleos Mexicanos y sus trabajadores. También fue responsable de la redacción del Boletín del programa Nacional Fronterizo y colaboró con la revista Crisol y en el periódico Nacional.

Como cineasta, Enrique Othón Díaz produjo varios documentales sobre la vida y las costumbres indígenas mexicanas.

Como escritor, Enrique Othón escribió novela, cuento, poesía y teatro. El contenido de su obra siempre tuvo carácter social, denunciando los abusos del poder, las injusticias que los hacendados y los militares cometieron contra el pueblo mexicano y, en especial, contra los indios, obreros y campesinos. Su estilo, se ajustó a lo defendido por el grupo Rebeldía: “un arte sencillo, vigoroso y rebelde”; “una literatura eminentemente socialista y humana que combatiera todos los prejuicios y todos los fanatismos; un arte revolucionario, agitador y orientador”. También retrató la situación educativa y la miseria en la que vivían los maestros rurales en tiempos de la Revolución. En 1931, publicó Canto ingenuo. La escuela rural, en 1933 publicó Madre tierra. Poemas al Ejido, en 1937 publicó Montaña virgen como Protesta. Seis aguafuertes, en 1938 publicó S.F.Z. Escuela. La novela de un maestro, editada por el grupo “En Marcha”, en 1955 publicó Dos poemas y La creciente: comedia dramática en tres actos. Dejó dos novelas inéditas: Alud y La luz viene de lejos.

La renovación social no puede aplazarse impunemente, y es nuestro deber responder al llamado angustioso de la época, constituyéndonos en paladines de la transformación que extiende sus abanicos luminosos en el horizonte magnífico donde apunta una aurora esplendente de justicia social. (Párrafo del Manifiesto del grupo Rebeldía)

Enrique Othón Díaz también escribió ensayo, tratando, sobre todo, la historia y folklore oaxaqueños.

Recordamos a Enrique Othón con uno de los poemas publicado en Dos poemas (1955), y tres dedicatorias al Mtro. Vicente Lombardo Toledano.

ELEGIA DE LAS VOCES OCULTAS…

Fue a la hora en que el mundo
con torpeza de niño
comienza a perseguir el alba como una mariposa,
cuando la noche
con sandalias de musgo
se arrebujó en tu carne
y se durmió en tus huesos
con un pesado sueño de plomo y de murciélago.

¡Vivías!
Vivías, y sobre tus dos piernas,
bajo los arcos audaces de tus cejas,
encima del cauce de tu pecho
corría bronco y mugiente el río de la vida!…

Mas de pronto
tus ojos se llenaron de tierra,
zozobraron sus luces,
se adelgazó tu voz,
se dobló tu coraje
y hecho un solo y eterno latido
te hundiste en lo insondable
como buscando
un paréntesis de quietud infinita.

Te fuiste así,
sereno y fuerte,
inadaptado,
en cita prematura
con lo que llena la distancia de galaxias y astros
a la hora precisa en que la vida
iba a madurar sus frutos en tus sienes,
a hacer fértil tu abrasada parcela,
poderosa angustia,
sosegada tu llamada,
claro y fecundo tu destino…

Sucumbiste a destiempo,
sin soslayar el alba,
triste,
joven e irrealizado,
tan harapo encendido,
impetuoso y rebelde…

Te fuiste,
buscándolo,
señero y melancólico,
por los viejos caminos de ceniza y silencio,
de palúdica angustia y estelar esperanza
que domina la muerte.

¡Cazador de imposibles:
ya sólo eres un dardo
perdido por rutas desmesuradas de universos.
Ya tu sangre es venero
fecundando la tierra.
Ya sólo eres un canto
subterráneo y callado.

Te fuiste cuando apuntaba el alba!…

Y yo, de momento,
me quedé como desenraizado,
como voluta de humo
que de tanto torcerse y retorcerse
no tiene ni una lágrima.

Quise agarrarme a lo alto
y fue como si quisiera hacerlo de las nubes.
Busqué el suelo para apoyarme en él
y sólo fue una fuga de materia
brindándome el vacío.

Quise gritar
pero mi grito
corrió a estrellarse en una sorda
muralla de granito.
Mi pecho se desgarró
como una tela
de seda envejecida
sin ruido, sin sangre y sin alientos…

Fue atroz el puñetazo del destino.
Fue el mar metido de golpe entre mi tórax.

Ya asentada la furia de ese oleaje,
fuerte y en nave de confianza,
iré con tu recuerdo en busca de destinos;
será tanta mi fe, que desde hoy,
mis ojos irán rastreando al Hombre
por todos los caminos inciertos de la tierra,
que desde hoy, en ellos,
habrá un hervor de lumbre,
un tránsito sin tregua
de vientos, tormentas y esperanzas…

Por eso a tu llamado viril de última hora,
cuando sin terror ni congoja
me buscaste en el filo de la tumba
para estrechar mi mano
en un adiós afirmativo de raíces,
tan sólo te respondo
con un vasto silencio de montañas,
con ímpetu de ríos en crecida,
con la pujante fuerza de las savias!…

Y evoco tu figura.
Abro como un gajo de flor de amanecer
tu niñez y la mía,
la que vivimos juntos
entre un temblor intermitente de preguntas
y un gozo inexpresable de la vida.

Recuerdo ese pasado
como recuerda un ciego
la ráfaga de luz de una mañana.
Cuando nuestros sentidos
se abrían en floración consternadora y asombrada;
cuando arrojábamos nuestras palabras
al caracol de la montaña
ara recrearnos con su eco;
cuando con anzuelo de gozo,
pescábamos estrellas
surcando la piel fosforescente de las aguas
dormidas en los caños;
cuando aprendimos
a saborear la miel espesa de la tierra,
a paladear raíces,
a sorprender las voces sabias y calladas
balbuceando en las cenizas de todos los abuelos que tuvimos.

¡Qué inmensidad azul
de sueños, de ímpetus,
de tierras y montañas!

¡Qué grito lacerante
de razas y de siglos
latiendo como un feto en nuestra entraña!

¡Qué galope de vida!

¡Qué ardor de arena,
de cielo y mar; de galápagos,
lagartos y de trópico!

¡Qué tempestad de vida
cimbrando los alambres de las venas,
batiendo las persianas de las almas,
cegando los faros de los ojos!…

¡Qué ansia, qué fiebre, qué avidez!
¡Qué vuelo de pájaros negros en locura!
¡Qué levantarse de osamentas de las tumbas
por donde se fueron caminando los ancestros!

¡Qué impotencia de darse y encontrarse!
¡Qué ineptitud de afanes y de fuerzas!
¡Qué insolvencia de voces,
qué clamor de banderas, de surcos y esperanzas!

¡Qué condena implacable y calosfriante!
¡Qué fatal perdición
desde el instante en que un golpe de mar
rompió las amarras de tu barco y de mi nave
apenas atracados a la vida
n el sereno estuario
del vientre de la madre que tú sabes!…

¡Qué avalancha en nosotros
de mandatos, paisajes y de razas!

¡Qué golpe insoportable de horizontes!
¡Qué vastedad de vida,
de encomiendas,
de obra,
de muerte prematura y de destinos!…

Por eso nos sabíamos perdidos e impotentes
y buscábamos
en el magma ardoroso de las copas
la fuerza necesaria
para soportar el peso de montañas que heredamos;
para que las manos pudieran no quemarse
con esa carne ardiente de luceros;
para engrosar la voz y hacerla varonil y fuerte;
para hacer de piedra y argamasa la garganta;
para templar el corazón
en la fragua quemante de la vida;
para que los gritos admonitores de los siglos
que irrumpían a toda hora en nuestro pecho,
no rompieran las cuerdas vocales
como una telaraña
y las arterias no estallaran
y la voluntad no se quebrara
y el peso de nuestro prodigioso y aterrador destino
no sellara en sombras
la encendida romería del corazón y de la fe
a toda hora palpitante y repicador como campana!…

Estábamos perdidos.
Perdidos y aturdidos
por ese peso descomunal de continentes;
perdidos y aturdidos
porque fuimos la jaula
de los pájaros de todos nuestros bosques,
de la esperanza de toda nuestra raza
y por haber anclado en ti y en mí
la flota de todos los dolores
y el llanto sempiterno de los nuestros!…

¡Estábamos perdidos y salvados!
Perdidos y salvados por el peso
de cielos y montañas,
de siglos y más siglos
que acabaron por hacernos
el corazón convexo y cóncavo
para estirarlo en un camino eterno de universos!

Estábamos perdidos y salvados
porque se nos metieron dentro las montañas
y los soles
y los astros
y un lloro de milenios
y las imprecaciones
y las blasfemias
y los espantos
y las negruras
y los ayes
y la desesperación
y la risa
y la bondad
y las promesas
de la absurda, estéril,
grávida y sublime tormenta de la Vidal…

Una raya de luz
en sombra de horizonte es ya tu vida.
Redimida y limpia llama
en alborada preñada de presagios.
Rumor de larvas genitrices
en la matriz augusta de la tierra.


Te digo ya calmado,
seguro de mi mismo:
“Hasta muy pronto, hermano!”

Y seas recordado
con respeto amoroso
porque te fuiste en el fondo de una copa
en hora nueva,
cuando el Hombre comienza
a soslayar la verdad de su destino
entre un cortejo de lágrimas del pueblo
y entre la gratitud humilde de los tuyos!.

(1948)

Libros dedicados por Enrique Othón al Mtro. Vicente Lombardo Toledano

Portada del libro SFZ-33 escuela: la novela de un maestro de Enrique Othón
Othón Díaz, Enrique. SFZ-33 escuela: la novela de un maestro. México: Grupo en Marcha, [s.f.].

Para el compañero Vicente Lombardo Toledano, con mis votos sinceros   por su completo restablecimiento y mi vieja admiración por su gran obra social revolucionaria. Afectivamente (firmado) E. Othón

Portada del librod e Enrique Othón La Creciente
Othón Díaz, Enrique. La creciente: comedia dramática en tres actos, la acción en la ciudad de México, el año de 1941. México: Continente, 1955.

Para el maestro Vicente Lombardo Toledano, con mi admiración y mi inquebrantable lealtad y afecto. (Firmado) E. Othón

Othón Díaz, Enrique. Dos poemas. México: [s.n.], 1955.

Para el maestro Vicente Lombardo Toledano, con la sincera inquebrantable estimación de (firmado) E. Othón

Obras ubicadas en el acervo histórico: “Dedicatorias a Vicente Lombardo Toledano” de la biblioteca del Centro de Estudios Vicente Lombardo Toledano.

Link del catálogo en línea: http://200.78.223.179:8292/LOMBARDO
Correo electrónico: bibliolomb@hotmail.com

Artículo escrito por el Mtro. Josep Francesc Sanmartín Cava en colaboración con los Servicios Bibliotecarios del Centro de Estudios Filosóficos.


NOTAS:

[1] El año exacto de su nacimiento no está claro. Según el Diccionario de escritores mexicanos nació en 1903, pero según la semblanza escrita por el abogado Manuel Zárate Aquino, nació en 1904.

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