La conexión en la obra cinematográfica: autores, público e influencia

La conexión humana

El concepto de conexión está muy presente en nuestra sociedad, sin embargo, se define más en un paradigma de capacidad que de significado. La razón podría ser que, cuando se habla de conexión, se tienen en cuenta más los procesos mecánico-tecnológicos que lo permiten, que lo que significa la conexión en relación a lo humano. Esta afirmación puede resultar una paradoja discutible en la era de las Redes Sociales. Sin embargo, la cosificación que sufren los usuarios nos obliga a plantearnos cuál es el papel que realmente ejercemos en este mundo hiper-conectado. Mi punto de vista en esta cuestión es que los humanos no somos entes mecánicos, ni sujetos pasivos, ni en esencia: productos. Otra cosa es que se nos trate como a tales, y que esto no parezca que vaya a cambiar en un tiempo breve, sino todo lo contrario. En cualquier caso, parece ser que inevitablemente nos influimos unos a otros, introduciendo constantemente variables en el sistema, y que esto sucede a través de la comunicación. Tanto es así que, cuando un grupo determinado de personas conecta a través de una idea, puede influir en la opinión pública, llegando incluso a generar movimientos de cambio (Monzón Arribas, 2006, p. 39). Además, es gracias a la comunicación que mostramos parte de lo que somos, incluso de manera involuntaria. La comunicación no es sólo la transmisión de un mensaje, también es un ejercicio de ‹‹presencia›› (Christakis, Fowler, 2010, p. 270). Por Tanto, la conexión humana parece ser cuanto menos un proceso mecánico unidireccional, invariable y cerrado. Muy al contrario, la comunicación se muestra variable, abierta y polidireccional (Sanmartín-Cava, 2017, p. 203).

La identidad no produce representaciones, son las representaciones las que producen identidad (Zafra, 2004).

Foucault, M. (1992). El orden del discurso. Buenos Aires: Tusquets.

El reto es claro, reivindicar a la humanidad por encima de la fascinación de lo tecnológico y de los propósitos de mercado. Pues es en la seducción del marketing más innovador, donde se puede acabar venerando al “canal” por encima de todo lo demás. Y dominar el canal significa dominar el ‹‹discurso›› (Foucault, 1992, pp. 11-21). Y dominando el discurso se desprovee de voz al usuario, de categoría, subyugándolo a los discursos tradicionalmente hegemónicos. Y, si algo había conseguido el usuario con la llegada de Internet, había sido, precisamente, cambiar su categoría dentro de la Red, influyendo en la sociedad significativamente. Pero eso podría cambiar si no estamos atentos.

De todos modos, sería un error considerar que la conexión no existía antes de la llegada de las Redes Sociales en términos de presencia e influencia. La conexión entendida desde lo humano siempre ha existido. De hecho, las redes sociales ya existían antes de la llegada de Internet. Una red social en sí es simplemente un grupo de personas que se unen ante un propósito. Por ejemplo, una comunidad de vecinos, una tribu, una pandilla, un club de fans o una ONG. Dicho esto, la conexión también puede existir de una manera más íntima, con un fuerte componente de presencia, entre un autor y su público. Es así como podemos comprender el temperamento de Goya a través de su arte; el compromiso y la frustración de Lorca a través de su letra, o la personalidad de Luis García Berlanga a través de su cine. Y, en términos culturales, con un fuerte componente de influencia, podemos hablar de las redes de conocimiento que modelan nuestro conocimiento y contexto contemporáneo. Un ejemplo cultural claro es como se configura prácticamente toda la narrativa universal, vertebrándose mediante arquetipos heredados de la mitología (Campbell, 1959, pp. 40-41)[1], que no parecen haber cambiado desde las primeras historias contadas alrededor de una hoguera.

Si dos personas son capaces de sentir lo mismo, aunque sea solo una vez, entonces siempre se comprenderán. Aunque uno viviera en la Edad de Piedra y el otro en la Nuclear (Tarkovski, 2015, p. 28).

Partiendo de aquí, de cómo conectamos unos con otros, Christakis y Fowler realizan una interesante definición de la humanidad como una red global, como un superorganismo humano (Christakis y Fowler, 2014, pp. 14-15). Y, en este sentido, abandonan la idea del homo economicus, egoísta y desconectado del bienestar ajeno, proponiendo una nueva definición, la del homo dyctyous, un ser conectado que no se mueve sólo por su propio interés. En mi opinión, la obra Conectados, publicada por ambos autores en 2010, ofrece una definición muy pertinente de lo que implica ser humano. Personalmente, estoy a favor de la definición de Christakis y Fowler respecto al homo dyctotyous. También simpatizo con la idea del superorganismo humano, aunque me temo que mis conocimientos no me permiten afirmar con rotundidad tal definición.

¿Y cómo conecta todo esto con el cine?

Uno podría pensar que, actualmente, la conexión sucede en mayor medida en las redes sociales, y en menor medida entre autores y público. Y podría ser cierto. Sin embargo, creo que todos podemos coincidir en que la capacidad de influencia que tienen determinadas obras puede incluso llegar a superar al poder de las redes sociales entendidas como tales. Aunque, en mi opinión, lo acertado es pensar que tanto las obras, como los autores y el público, configuran redes de conocimiento que, a su vez, están conectadas a otras redes, formando híper-redes. En cualquier caso, y como se ha explicado en el apartado anterior, la conexión humana parece existir en toda forma de comunicación, y eso es lo verdaderamente relevante.

A lo anteriormente dicho hay que añadir que, centrándonos en las obras narrativas y en el cine en particular, la conexión sucede a varios niveles. Se podría decir que el cine es en sí una herramienta para la conexión, que a su vez surge de la conexión de ideas previas, en un entorno cultural, y bajo la influencia de todos los miembros que producen la película[2], y los distintos contextos de cada uno de ellos, más la demanda de un público que genera un ambiente de expectativas, de ‹‹pasiones››, que a su vez pueden satisfacer diversas redes de conocimiento (Parret, 2002). Por tanto, es fácil vislumbrar la híper-red que configura el entorno donde nace una película, por mucho que algunos directores intenten reclamar su total autoría[3]. En cualquier caso, difícilmente una película podrá nacer desconectada. Ya de por sí, toda película está conectada a una tradición narrativa asentada desde la mitología. Y el mito, a su vez, está conectado a otras fuentes de conocimiento (Campbell, 1959, p. 11). En mi opinión, si alguien tuviera el propósito de hacer un cine totalmente desconectado, no tendría éxito. Antes de continuar, me gustaría señalar que, como muchos se habrán dado cuenta, en realidad, lo que le sucede a una película le sucede a toda obra que desee ser comunicada. De alguna manera, esto muestra lo conectados que estamos todos y el poder de las ideas.

El otro aspecto relevante de la conexión en el cine es la influencia que produce en la sociedad. Es evidente que el cine puede llegar a generar opinión pública, o todo lo contrario, puede adormecerla. Esta capacidad ha sido explotada desde que David Wark Grifith dirigiera The Birth of a Nation (1915)[4]. También hay que decir que Grifith realizó esta película sin una intención verdaderamente propagandística, sino para su público, obviamente racista. Lo que nadie podía prever es que el interés de la película atraería en masa a públicos afines y detractores, lo que generó un intenso debate sobre el racismo. Sería un error considerar que esta película sirvió para superar el racismo. Sin embargo, generó un debate que atravesó todos los Estados Unidos, cuya polémica sirvió para enfrentar el problema (Sanmartín-Cava, 2017, pp 210-211). Problema del que ni siquiera Grifith era consciente, ya que él no se consideraba racista, y sólo tras el estreno de la película se dio cuenta de los prejuicios heredados de la sociedad en la que vivía[5].

Los medios, en principio, median la opinión pública y posibilitan su expresión. El problema radica en saber si es una mediación neutra y fiel, reflejo de las opiniones de los públicos, o si la mediación se convierte en mediatización, reflejo de los intereses de aquellas instancias que se amparan en los mismos (Cándido, 41).

El Acorazado Potemkin (1925). Dirigida por Serguéi M. Eisenstein.

El cine es una herramienta poderosamente influyente, incluso cuando parece no tener ese propósito. Por ejemplo, el cine más ingenuo, sobre historias nada críticas, puede servir para asentar la idea de que todo va bien. Pero, otras veces, su propósito es claro: influir en la opinión pública. Y, si bien el cine puede “mediar” una idea, una crítica necesaria, como cuando Francis Ford Coppola realizó Apocalypse Now (1979), enfrentando el problema del Vietnam; otras veces, puede “mediatizar” una opinión ajena a la sociedad. Un ejemplo de esto último fue la película The Hurt Locker (2008)[6], un filme que pretendía mostrar una parte de la realidad de Irak como la total realidad del país, sin tener en cuenta las miserias de sus habitantes y la causa de las mismas: la invasión de los Estados Unidos y la extracción de sus recursos. Pero, para que además el discurso quedara bien establecido, se usó el canal de los Oscars para premiar a la película como la mejor, dos años más tarde de su estreno, y por encima de Avatar (2009). Curiosamente, esta última película trataba de cómo una empresa minera, ayudada por un ejército de marines, pretendía extraer los recursos de una luna, acabando con el hábitat y la cultura de una raza humanoide que al final lograba resistir.

El cine tiene una capacidad de influencia evidente y sobran los ejemplos de películas que han marcado épocas, generando movimientos culturales o contra-culturales, definiendo la sociedad en la que vivimos. Así, podríamos nombrar películas como: Bronenosets Potyomkin (1925)[7]Modern Times (1936), Shichinin no Samurai (1954)[8]Rebel Without a Cause (1955), 2001: A Space Odyssey (1986), Easy Rider (1969), A Clockwork Orange (1971), Star Wars (1977), Blade Runner (1982), Full Metal Jacket (1987) o Matrix (1999).

Quizás, el éxito del cine radique en que la conexión se da a través de la ‹‹identificación›› principalmente (Metz, 2001, p. 70), haciéndonos conectar con otros seres humanos, sus emociones y sus pensamientos. Podría ser que cuanto más conecta una película con nuestras problemáticas, más identificados nos sentimos y más repercusión tiene en la sociedad.

Conclusiones

Creo, sinceramente, que es importante reivindicar el papel de todos y cada una de nosotros en la la sociedad. Todos somos importantes incluso como público. Las personas no somos entes pasivos, al menos no enteramente ni en todos los casos. Por tanto, el mero hecho de ir a ver una película tiene implicaciones políticas directas e indirectas. Cuanto más conecta el cine con su público, más repercusiones tiene en la sociedad, pudiendo llegar incluso a generar movimientos y redes de conocimiento. De todos modos, es importante señalar que la capacidad de influencia que tiene el cine puede usarse también en contra de los espectadores. Es aquí donde hay que tener en cuenta qué está “mediado” y qué está “mediatizado”. A este respecto, es importante tener una visión crítica de los canales empleados, pues la categoría de un canal no es garantía de veracidad. Es más, la categoría de un canal puede servir a propósitos propagandísticos[9].

Notas

[1]  Véase también el artículo adjunto “Identificación, conexión e influencia en la experiencia cinematográfica” (pp, 196-199)
[2] En el artículo adjunto a continuación, publicado para la revista SCIO, se describen detalladamente los principales procesos psicológicos, cognitivos y biológicos que acontecen en la experiencia cinematográfica respecto a la conexión. Es un artículo que sirve como guía para entender qué nos motiva a ir al cine, los procesos de identificación y los distintos efectos de las películas en la sociedad (también se puede leer el paper seleccionando aquí).
[3] En mi opinión, el “cine de autor” no existe. Entiendo el concepto que se intenta acuñar con este término, pero me parece desacertada la elección de palabras, ya que no hace justicia a la creatividad aportada por cada uno de los miembros a una película.
[4]  Nacimiento de una nación.
[5] Más tarde se intentó redimir con Intolerance (1916) y Broken Blossoms (1919). Esta última película está considerada por la crítica como una de las mejores de Griffith.
[6]  En tierra hostil
[7]  El acorazado Potemkin
[8] Los siete samurais.
[9] A este respecto, vale la pena leer el punto dedicado a “La influencia del cine en el Yo y el mundo” (pp. 210-217), del artículo adjunto.

Bibliografía

Campbell, J. (1959). El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito. México: Fondo de Cultura Económica.
Christakis, N. A., y Fowler, J. H. (2014). Conectados: el sorprendente poder de las redes sociales y cómo nos afectan. Ciudad de México: Santillana Ediciones Generales: Taurus.
Foucault, M. (1992). El orden del discurso. Buenos Aires: Tusquets.
Marzal, J. J. (1998). David Wark Griffith. Madrid: Ediciones Cátedra, S. A.
Metz, C. (2001). El significante imaginario. Barcelona: Paidós.
Monzón Arribas, C. (2006). Opinión pública, comunicación y política. Madrid: Tecnos.
Parret, H. (2002). Las pasiones: ensayo sobre la puesta en discurso de la subjetividad. Buenos Aires: Edicial.
Rovigatti, V. (1981). Lecciones sobre ciencia de la opinión pública. Quito: Ciespal.
Tarkovski, A. (2015). Esculpir en el tiempo: reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine. Madrid: Rialp.
Zafra, R. (2004). Loading-searching-doing (cartografías del sujeto on line). PDF.

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