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El interés arqueológico de Vicente Lombardo Toledano

El interés arqueológico de Vicente Lombardo Toledano

Por Emilio García Bonilla

En el Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales “Vicente Lombardo Toledano” se conservan algunas esculturas prehispánicas talladas en piedra, las cuales son parte de la colección arqueológica que reuniera Vicente Lombardo Toledano principalmente en la década de 1920. ¿Qué relación tienen esas piezas arqueológicas con la tesis con la que Lombardo obtuvo el grado de doctor en Filosofía por la Universidad Nacional en 1933?

El interés de Lombardo por la arqueología se expresó desde que fue gobernador de Puebla (1923-1924) al presentar una iniciativa para crear el Museo de Historia, Arqueología y Etnografía, primera institución de este tipo en la entidad, en ese documento argumentaba:

He juzgado que uno de los deberes más altos que tiene el gobierno que en la actualidad tengo la honra de presidir, es el de crear cuanto antes un museo […], considerado, no como un conjunto sin orden ni principio de objetos de estimación más o menos relativa, sino como un sitio que recuerde de un modo dinámico el pasado de nuestro terruño y la importancia que tuvo el espíritu privilegiado de los hombres y los pueblos, […] señalando el camino del porvenir.[1]

Luís Castillo Ledón, director del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, respaldó ese proyecto, ofreciendo enviar a Puebla las piezas arqueológicas duplicadas que no estuvieran exhibidas en los salones del Museo Nacional. Ante la solicitud de Lombardo de “vaciados en yeso de los más importantes objetos del Salón de Monolitos”, Castillo Ledón aceptó formar una colección “compuesta de veinte piezas de las más interesantes”.[2] Sin embargo, el proyecto no se logró concretar por el breve tiempo que Lombardo Toledano estuvo al frente del gobierno estatal.

De los constantes viajes que realizaba a la Sierra de Puebla, su tierra natal, surgió el interés por estudiar a los pueblos originarios en esa región con tanta riqueza natural y cultural. Lombardo Toledano había aprendido la lengua náhuatl desde niño y mantenía viejas amistades en la zona, por lo que en los años 20 la recorrió y estudió con la finalidad de sustentar su propuesta pedagógica de que en los primeros años de la educación primaria la enseñanza se impartiera en las lenguas maternas de los niños indígenas, porque un idioma no es un simple medio de comunicación, sino que “toda lengua revela el concepto de la vida que tienen quienes la han forjado y la emplean”.[3] Para ello debía elaborarse una carta lingüística de todo el país identificando con precisión los idiomas hablados en las comunidades indígenas. Lombardo decidió comenzar haciendo la descripción y el análisis de las lenguas habladas en su región natal.

MapaA principios de 1925, Abraham Lucas de Tetela de Ocampo le hizo llegar a Lombardo a petición expresa, “un croquis donde señalo los límites donde se habla el mexicano clásico o sea al que se le pospone la l a la t, señalo donde hablan el que yo entendí me dijo Vd. es el olmeca o sea al que no le posponen la l a la t, y también señalé los pueblos que hablan el totonaco, se entiende pueblos de más significación”.[4] Lombardo señaló que esa información la cotejaría “minuciosamente con los datos que ya tenía […] y creo que podrá resultar de todo una carta lingüística bastante exacta.”[5]

Así, y con base en sus investigaciones, Vicente Lombardo Toledano realizó la carta etnográfica de la Sierra de Puebla, señalando las lenguas habladas en cada zona de la región: el otomí, el totonaco, el mexicano clásico y el olmeca-mexicano. Además, pudo elaborar la carta etnográfica para la misma región pero señalando las lenguas que se hablaban en 1570, cuando ya se había implantado el dominio colonial español. En ambos mapas, Lombardo señaló los sitios donde se habían identificado restos arqueológicos indicativos de que hubo núcleos urbanos prehispánicos, habiéndose confirmado la idea de que la Sierra norte de Puebla fue en su momento una de las regiones más densamente pobladas de Mesoamérica.

Vicente Lombardo Toledano también propuso un mapa señalando las rutas que siguieron las lenguas como resultado de las migraciones de los diferentes grupos humanos que poblaron la región antes de la llegada de los españoles.

Alfonso Caso
Alfonso Caso

Lombardo conoció personalmente los yacimientos prehispánicos de su región natal, zona identificada con el Totonacapan: en compañía de su cuñado Alfonso Caso visitó las ruinas de Yohualichan en Cuetzalan invitados por Ángel Huidobro Flores, dibujando el propio Lombardo el primer croquis del lugar dándolo así a conocer.[6] Asimismo a finales de enero de 1925 emprendió un viaje a Papantla, “con el exclusivo objeto de visitar nuestro Tajín para hacer algunos estudios arqueológicos”, para lo cual fue presentado y recomendado por el diputado Luís G. Márquez con Benjamín de Castro, editor del periódico regional El Tajín, quien además tenía “algunas fotografías del sitio arqueológico de hace algún tiempo, cuando todavía no estaba tan destruido como ahora.” Se le solicitó que lo ayudara “en todo lo que pueda para conseguir algunos datos que desea sobre nuestros totonacos.”[7]

Sus amistades poblanas y veracruzanas contribuyeron a que Lombardo Toledano ampliara sus conocimientos arqueológicos, antropológicos y lingüísticos de la región. Por ejemplo, en agosto de 1926, el ingeniero Emilio Aguirre Muñoz, teziuteco que trabajaba en Veracruz, le prometió que “cuando esté Ud. desocupado le enviaré algunos apuntes de datos arqueológicos que poco a poco voy consiguiendo, de personas que dicen haber visto los lugares.”[8] También en diciembre de ese mismo año un amigo de Hueytamalco le comunicó a Lombardo que le había mandado con Luís López “unos ídolos y una máscara de piedra que espero ya sean en su poder”.[9]

A principios de 1927, el profesor José Guadalupe Pérez Méndez desde Teziutlán envío a Lombardo Toledano tres ídolos prehispánicos: dos en regular estado y uno quebrado, y en el mes de mayo le remitió por ferrocarril “el ídolo en buen estado que fue el que le gustó en Xiutetelco y que no le quisieron dar, habiendo sacado Ud. solamente un dibujo; por tratarse de Ud. tomé todo empeño en conseguirlo para proporcionarle la satisfacción de tenerlo.”[10]

Los resultados de esas investigaciones conformarían su tesis doctoral en Filosofía que fue publicada en 1931 con el título de Geografía de las Lenguas de la Sierra de Puebla con algunas observaciones sobre sus primeros y actuales pobladores.[11] En dicha obra, Lombardo realizó importantes aportes para el conocimiento de esa región, destacando la diferenciación que encontró entre el náhuatl clásico o del imperio (hablado en el norte de la región) y el olmeca-mexicano (hablado en el sur), éste último como una variante del primero, producto de la mezcla de grupos culturales diferenciados. En el olmeca-mexicano la t nunca se antepone ni se pospone a la l, existiendo una clara distinción entre los vocablos de una y otra lengua.

Portada de la Geografía de las Lenguas
Portada de la Geografía de las Lenguas

En la Geografía de las Lenguas, Lombardo Toledano presentó la descripción arqueológica y en algunos casos los croquis de sitios prehispánicos en donde él realizó trabajo de campo: Xiutetelco, Teteles, Chignautla, Poza Larga, Hueytamalco, Ixtacapa, San José Acateno, Santa Emilia, Mecapalco, Amixtlán, Yohualichan, San Agustín Matlatlán, Bienvenido o Ignacio Ramírez, Tilapa, Tlacuilolostoc y Atotocoyan. En muchos de esos sitios, Lombardo fue el primero en investigarlos con interés científico, y la gran mayoría en la actualidad siguen ocultos por la naturaleza. Como reconoció el propio autor: “No soy arqueólogo. Estimo que el valor de mi estudio –si es que lo tiene– es el narrativo, con relación a los lugares descritos, los objetos hallados y las costumbres reveladas. Precisamente es de la región totonaca de la sierra de Puebla, de la zona que hasta hoy se ignora casi todo por los investigadores más autorizados del antiguo Totonacapan”.[12]

Vicente Lombardo Toledano destacó a Xiutetelco como el lugar más importante de la región desde el punto de vista arqueológico. Dibujó por primera vez un croquis señalando sus montículos principales y mencionó que ahí había encontrado los ejemplares más hermosos de la escultura totonaca. La riqueza cultural prehispánica de Xiutetelco reflejada en los constantes descubrimientos es clara cuando Lombardo señaló en su libro que estando él en Teziutlán en 1924 le pidieron que acudiera a presenciar el hallazgo de un sepulcro, el cual describió mencionando que era una cripta recubierta de estuco blanco, verde y rojo.[13]

Además, en su obra, Lombardo Toledano realizó un análisis lingüístico de la etimología de los nombres de los pueblos de la sierra, hizo un estudio antropológico de los totonacos contemporáneos como el núcleo cultural más importante de la región: su historia y migraciones, las variantes de su lengua, sus ocupaciones, habitación, muebles, alimentación, vestido, religión y supersticiones, sus danzas, el carácter de la mujer y el uso medicinal de las plantas.

En suma, la Geografía de las Lenguas de la Sierra de Puebla de Vicente Lombardo Toledano constituye un estudio histórico, lingüístico, etnográfico, arqueológico y antropológico para sustentar una propuesta pedagógica aplicable a todo el país. A más de ochenta años de su publicación, sigue siendo un referente para conocer y comprender el desarrollo cultural de los pueblos de esa región. Para su consulta, se encuentra en el tomo II, volumen 2 de la Obra Histórico-cronológica, editada por el CEFPSVLT, la que constituye la compilación más completa de la obra escrita del ilustre revolucionario mexicano.

[1] VLT, “Iniciativa para crear el Museo de Historia, Arqueología y Etnografía de Puebla”, Boletín del Gobierno del Estado Libre y Soberano de Puebla, tomo I, núm. 8, Puebla de Zaragoza, 9 de febrero de 1924. En Obra Histórico-cronológica, t. I, vol. 2, México, CEFPSVLT, 1994, pp. 51-54.

[2] Carta de Luís Castillo Ledón a VLT, 14 de febrero de 1924, en Fondo Histórico de la Universidad Obrera de México (FHUOM), Legajo 47.

[3] VLT, Geografía de las Lenguas de la Sierra de Puebla [1931], en Obra Histórico-cronológica, t. II, vol.2, México, CEFPSVLT, 1995, p. 191.

[4] Carta de VLT a Abraham Lucas, 28 de enero de 1925, y Carta de Abraham Lucas a VLT, 4 de febrero de 1925, en FHUOM, Legajo 75.

[5] Carta de VLT a Abraham Lucas, 14 de febrero de 1925, en FHUOM, Legajo 75.

[6] Carlos Romero Giordano, “La zona arqueológica de Yohualichan”, en México Desconocido, octubre de 2014.

[7] Carta de Luís G. Márquez a Benjamín de Castro, 29 de enero de 1925, en FHUOM, Legajo 75.

[8] Carta de Emilio Aguirre Muñoz a VLT, 25 de agosto de 1926, en FHUOM, Legajo 96.

[9] Carta del Sr. Martínez a VLT, 18 de diciembre de 1926, en FHUOM, Legajo 101.

[10] Carta de J. Guadalupe Pérez Méndez, 22 de mayo de 1927, en FHUOM, Legajo 113.

[11] Geografía de las Lenguas en la Sierra de Puebla. En Obra Histórico-cronológica, t. II, vol. 2, México, CEFPSVLT, 1995, pp. 191-282.

[12] Ibid., p. 234

[13] Ibid: p. 209

Edades para la historia de la humanidad

Christian Jürgensen Thomsen mostrando la colección del Museo de Copenhague
Christian Jürgensen Thomsen mostrando la colección del Museo de Copenhague

Durante el primer tercio del siglo XIX se formuló la idea, fundamental para la arqueología, que se afana por periodizar, de que el hombre desde su origen hasta los tiempos presentes había transitado por ciertas etapas de desarrollo tecnológico, identificables en sus restos culturales. Esto ocurrió en Dinamarca, y se señaló que estos periodos podían apreciarse en las colecciones materiales del Museo de la Universidad de Copenhague. Primero hubo, se dijo, una Edad de la Piedra, a la que le siguió una Edad del Bronce y posteriormente una del Hierro. A esta idea se le llamó el Sistema de las Tres Edades y fue propuesta por Christian Jurgensen Thomsen al organizar la colección del Museo, alrededor de 1819[1].

La idea de que a una etapa de los metales había antecedido una etapa de la piedra no era nueva. Ya en el siglo XVI Michel Mercatus[2] (1541-1593) había dejado un manuscrito al respecto, que fue editado más de 120 años después, en 1717. En él, Mercatus discute sobre las piedras llamadas Ceraunia que, se consideraba, eran piedras producidas por la acción de los relámpagos, ya sea porque éstos las traían consigo, o porque las producían al golpear la tierra. En este texto Mercatus aventura la idea de que son objetos producidos por el hombre y de que, históricamente, al uso del hierro le había precedido el uso de la piedra para fabricar instrumentos y armas de guerra. Ceraunia, consideraba, no pertenece a una clase natural pues son objetos que fueron hechos artificialmente.

Ceraunia es abundante en Italia, donde es popularmente llamada ‘Sagitta’ (flecha), pues la forma en que está tallada es la de un arma triangular, hecha de sílex, delgada y dura. Se sostienen dos opiniones con relación a esto. La mayoría de los hombres creen que es depositada por los relámpagos. Aquellos que estudian historia piensan que antes del uso del hierro fue tallada a partir de piedras más duras, para ser usada en esa locura que es la guerra. […] Nos sentimos satisfechos sin embargo, si hemos podido mostrar que Ceraunia de esta clase ha sido producida por los antiguos [hombres]. Esto se demuestra por su material y forma, se ve apoyado por su nombre, y se confirma, finalmente, por su uso. Si esto puede ser probado como cierto, entonces Ceraunia no debe ser incluida en la categoría de sustancias idiomórficas, pues podría haber sido hecha artificialmente[3].

La Edad de la Piedra, la Edad del Bronce y la Edad del Hierro

En 1836 Thomsen publicó la primera guía del Museo de Dinamarca, en la que expuso sus ideas sobre las tres épocas en que había transcurrido la vida del hombre[4].

Lo que queremos establecer puede ser considerado sólo como conjeturas que seguramente serán mejor clarificadas, y verificadas o modificadas por las observaciones y el estudio de estos objetos por varios expertos. Para facilitar este estudio, asignaré nombres particulares a los varios periodos cuyos límites sin embargo, no pueden ser definidos con exactitud.

La Edad de Piedra, o el periodo en que armas e instrumentos fueron hechos de piedra, madera, hueso y materiales similares, y en el cual los metales fueron conocidos o muy poco o nada. […]

La Edad de Bronce, en la cual las armas y los utensilios cortantes fueron hechos de cobre o bronce, y en la que el hierro y la plata habían sido o muy poco o nada conocidos. […]

La Edad del Hierro, el tercero y último periodo de los tiempos paganos, en el cual el hierro fue usado por aquellos objetos para los que es particularmente apropiado, por lo que tomó el lugar del bronce para esas cosas […][5].

Estos conceptos contribuyeron a formar una idea general sobre cómo había transcurrido la historia humana y, debido a que no se concentraba particularmente en historias locales, trajo consigo cierta lectura del tiempo humano que posibilitó comprender de una cierta manera la historia de la humanidad: ésta podía entenderse como una sucesión ordenada de distintos estadios de desarrollo tecnológico. La clasificación de los tiestos empezaba a rendir frutos en la interpretación de la historia humana. Por primera vez los estudiosos de los bienes antiguos, curadores de museos, coleccionistas, tenían un modelo contra el cual cotejar el cúmulo de objetos que atesoraban, una propuesta para organizar sus datos. Esta interpretación fue relevante en la historia de la arqueología y marcó, quizá, el inicio de la arqueología moderna, con sus futuros análisis tipológicos: clasificar, organizar, atribuir, se pensó, brindaría elementos para el reconocimiento, el análisis y la distinción de las culturas, tanto en lo espacial como en lo temporal.

Contribuciones de la geología

Recuérdese que en 1833, casi paralelamente a estos eventos, había sido publicado por Charles Lyell el último volumen de la trilogía The Principles of Geology, que tuvo gran influencia en la estructuración del pensamiento geológico y biológico de la época. Lyell había analizado y destacado lo más importante de las ideas de muchos científicos de su época y de épocas anteriores, entre ellos Hutton[6] y había formulado sus propias conclusiones, logrando, con su amplia y fundamentada exposición, que algunos de los principales personajes de la ciencia de su época aceptaran sus planteamientos respecto del largo tiempo de existencia de la Tierra: los estratos de la superficie terrestre se habían formado más bien con lentitud y se debían en gran medida a fenómenos naturales similares a los que se podían apreciar en ese momento y muy rara vez debido a catástrofes. Este replanteamiento de ideas exigía de la Historia Natural una enorme ampliación del tiempo de la vida en la tierra para dar cuenta de las condiciones actuales de la corteza terrestre y de los restos fósiles que en ella se encontraban. Era pues, un tiempo de ideas de la larga historia de la vida de la Tierra y de la vida del ser humano en ella.

Aura Ponce de Léon, diciembre de 2014.


Referencias.

Childe, V. G. (1956/77), Introducción a la Arqueología, Barcelona, Ariel [original: A short Introduction to Archaeology, Londres: Frederik Muller Ltd., trad. de Ma. Eugenia Aubet].

Clarke, D. L. (1968/84), Arqueología Analítica, Barcelona, Bellaterra [original: Analytical Archaeology, Londres, Methuen & Co., revisión de Bob Chapman, trad. de Bellaterra con supervisión de Ma. Eugenia Aubet, Joan Miró i Matller y F. Riera i Doménech].

Daniel, G. (1968), El concepto de prehistoria, Barcelona, Labor [original: 1960, The idea of prehistory, Londres, Watts & Co., trad. de Ramiro Sánchez Sánz].

Heizer, R. (1962), Man´s Discovery of his past. Literary Landmarks in Archaeology, Englewood Cliffs, N. J., Prentice-Hall.

Lyell, Ch. (1830, 1832, 1833), Principles of Geology, being an Attempt to Explain the Former Changes of the Earth’s Surface, by Reference to Causes now in Operation. London, John Murray, Vols. I (1830), II (1832) y III (1833).

Mercatus, M. (manuscrito siglo XVI/1717/1962), “On Ceraunia Cuneata”, in: Heizer, R, 1962, Man´s Discovery of his Past. Literary Landmarks in Archaeology, Englewood Cliffs, N. J., Prentice Hall, pp. 63-67.

Mortillet, G. de (1883/1885), Le préhistorique, Antiquité de l’homme, Paris, C. Reinwald.

Thomsen, C. J. (1836/1962), “The Various Periods to which Heathen Relics can be Assigned”, in: Heizer, R., 1962, Man´s Discovery of his Past. Literary Landmarks in Archaeology, Englewood Cliffs, N. J., Prentice Hall, pp.21-26.


Notas.

[1] Véase la introducción y el capítulo II de Mortillet, 1883/1885; véase también Daniel, 1968, p. 28, y Childe, 1956/77, p. 48).

[2] Mercatus fue un naturalista a cargo, por cierto tiempo, de los jardines botánicos del Vaticano (Clarke, 1968/84: 4). Fue también médico del Papa Clemente VIII. Escribió acerca de diversos temas que por su posición en la sede religiosa tuvo oportunidad de conocer, por ejemplo algunos tipos de objetos de piedra clasificados entonces como Ceraunia cuneata y Ceraunia vulgaris (Heizer, 1962: 62).

[3] Mercatus, manuscrito siglo XVI/1717/1962: 65, 67.

[4] Thomsen, 1836/1962: 21-26.

[5] Íbidem, 21-2.

[6] Lyell, 1830: 60


Imagen de Thomsen albergada en wikipedia.

Parte de este texto proviene del libro Arqueología cognitiva presapiens, de la autora, 2005, México, CEFPSVLT.

Procesos de la Tierra y formación de estratos: geología y pensamiento arqueológico

En la formación de la idea de una arqueología del Paleolítico dentro del pensamiento arqueológico influyeron algunas ideas de la ciencia de finales del siglo XVIII. La geología empezaba a delinear una nueva visión sobre la Tierra en los círculos científicos, que incluía la noción de una gran antigüedad tanto de la Tierra como de la vida en ella. En 1785 James Hutton (1726-1797) había expuesto ante la Royal Society of Edinburgh, a la que pertenecía, sus reflexiones sobre las leyes que gobernaban la conformación de la Tierra. La exposición, en dos sesiones, la habían llevado a cabo su amigo Joseph Black y el propio Hutton. El texto fue publicado por la misma Sociedad en 1788, bajo el título de Theory of the Earth or an Investigation of the Laws observable in the Composition, Dissolution and Restoration of land upon the Globe. Este escrito forma parte del libro central de Hutton, del que fueron publicados dos volúmenes en 1795, Theory of the Earth, with Proofs and Illustrations.

Portada de la publicación Transactions of the Royal Society of Edinburgh, en donde Hutton publicó Theory of the Earth; or an investigation of the laws observable in the composition, dissolution, and restoration of land upon the Globe (1788)
Portada de la publicación Transactions of the Royal Society of Edinburgh, en donde Hutton publicó Theory of the Earth or an investigation of the laws observable in the composition, dissolution, and restoration of land upon the Globe (1788)

En este texto Hutton se proponía llegar a una visión general del mecanismo que regulaba la Tierra. En él, se interesó por comprender cuáles características tenía la Tierra que posibilitaban la existencia de la vida y formuló conceptos para explicar ciertos procesos sucedidos en ella. Expuso que para analizar lo que llamaba el sistema de la Tierra, era necesario analizar las fuerzas operantes en ella pues se conocía poco, más allá de su existencia,  sobre fuerzas poderosas tales como la electricidad, el magnetismo y su calor interno. Se sabía de su existencia, pero nada más. También podían percibirse a diario otras fuerzas y condiciones que operaban en la modificación del planeta: el viento, la lluvia, las pendientes. Todas ellas contribuían a deslavar el suelo y llevarlo hacia el mar, a destruir lentamente la roca firme, a formar el suelo sin el cual no sería posible la vida animal y vegetal[1]. Expresó también que, en lo que se refiere a la presencia del ser humano, no se tenían más datos que la historia escrita, la cual era insuficiente porque se remontaba a muy poco tiempo atrás.

Empero, señalaba, en lo que se refería a otros habitantes de la Tierra, especialmente los del mar, se contaba con restos calcificados de animales que habrían vivido, a juzgar por su naturaleza, hacía larguísimo tiempo. Por ello, se propuso juzgar el tiempo pasado a través de las observaciones que él o sus contemporáneos podían hacer directamente sobre el mundo[2]. En sus palabras:

Examinando las cosas presentes tenemos datos con los cuales razonar respecto de lo que ha sido; y de lo que ha sido actualmente tenemos datos para concluir respecto de lo que sucederá en adelante. Por consiguiente, sobre el supuesto de que las operaciones de la naturaleza son regulares y estables, encontramos en las evidencias naturales medios para concluir que cierta porción de tiempo ha transcurrido necesariamente en la producción de esos eventos de los cuales vemos los efectos. …Es así que al encontrar vestigios de animales marinos de cualquier clase en el cuerpo sólido de nuestra tierra, se forma una historia natural de esos animales que incluye una cierta porción de tiempo; y para averiguar esta porción de tiempo debemos otra vez recurrir a las operaciones regulares de este mundo. Debemos así arribar a datos que indican un periodo que ninguna otra especie de cronología es capaz de remontar[3].

Hutton no aventuró una medida exacta del tiempo que calculaba, pero defendió a lo largo de su texto la noción de que los procesos que habían dado forma a la superficie terrestre habrían sido semejantes en tiempo y en magnitud, a los que en ese momento se podían observar. Se trataba en su mayoría de procesos continuos, constantes, prácticamente imperceptibles; algunos de destrucción y otros de formación química o física de los estratos, formas y superficies terrestres. Sólo ocasionalmente podría admitirse, señalaba, la ocurrencia de fenómenos de tipo catastrófico. De hecho expuso la idea de que el tiempo de existencia de la Tierra era indefinido pues cada nueva formación o modelación de la superficie terrestre debía tener un antecedente, no podía haber surgido de la nada:

Es decir, el mundo que habitamos está compuesto de materiales, no de la tierra que fue predecesora inmediata de la actual, sino de la tierra que, a partir de la actual, consideramos la tercera […] Aquí están tres distintos periodos sucesivos de existencia y cada uno es, en nuestra medida del tiempo, una cosa de duración indefinida[4].

Las ideas de Hutton fueron conocidas como plutonismo, por la importancia que daba a la fuerza que provenía del calor interno de la Tierra[5]. También se identificaron como parte del pensamiento uniformitarista, pues abogaba por la búsqueda de causas uniformes en la modificación terrestre, semejantes a las presentes[6] [7].

Las teorías con las cuales Hutton estaba estableciendo controversia eran varias. Por un lado, estaba la idea de que el diluvio universal había sido la fuerza que diera forma a la superficie terrestre, defendida, entre otros, por Burnet, Woodward y Whiston. Los diluvistas se basaban en el relato bíblico y sus ideas prevalecieron durante los siglos XVII y XVIII y fueron continuadas por los llamados geólogos bíblicos durante la primera mitad del XIX[8]. A la idea de que el diluvio transportó materiales que luego, al retirarse las aguas, se depositaron modificando la estructura original de la Tierra, Hutton oponía la idea de procesos más simples, cotidianos, de arrastre y erosión, por viento o agua, así como procesos de cambio en la Tierra producidos por el calor interno que ésta generaba. Otra teoría con la cual Hutton debatía era el neptunismo, sostenido por Werner en la segunda mitad del siglo XVIII. Werner argüía que originalmente la Tierra era un océano y sus rocas se formaron por precipitación, idea que guardaba algunas semejanzas con la diluvista.

Con el debate de Hutton se sentaron las bases para la ulterior aceptación de la antigüedad de la Tierra y para la incorporación de la estratigrafía como dato relevante en la interpretación de los procesos naturales de la superficie terrestre.

Cuvier, Smith y otros investigadores.

William Smith, geólogo y estratígrafo inglés.
William Smith, geólogo y estratígrafo inglés.

Diversos investigadores vislumbraron durante esta época la importancia de los fósiles como indicadores de cambios a lo largo del tiempo en las capas estratigráficas. A este grupo pertenecieron, entre otros, el naturalista francés Georges Cuvier y el agrimensor inglés William Smith[9]. Cuvier tuvo enorme influencia en el mantenimiento de una visión catastrofista de la formación de los estratos terrestres, catastrofismo al cual se oponía la propuesta uniformitarista de Hutton[10], empero, sus observaciones sobre la formación de estratos tuvieron gran importancia en el estudio de la formación de las capas de la tierra. A William Smith, por su parte, se le reconoce un importante papel precursor en la consolidación de la estratigrafía como disciplina de la geología. Silverberg señala:

En 1791, Smith observó que las rocas estaban dispuestas en capas definidas o estratos. Cada estrato tenía su propio aspecto distintivo y sus propios fósiles especiales, que nunca aparecían en otros niveles. Los estratos de aspecto similar, en muy distantes zonas, tenían fósiles semejantes. De manera que un determinado fósil podía ser la clave de la identidad de un estrato.

Fue el principio del conocimiento de la estructura de la tierra. Cuanto más profundo era el estrato, éste era más antiguo y más viejos eran los fósiles que contenía. Se desarrolló una especie de cronología relativa. Fue posible determinar que un fósil dado era más antiguo o más reciente que otro… aunque nadie tenía ninguna idea real de cuál era la edad real de uno y otro, en años[11].

Como otros, también el texto de Hutton hubo de esperar algunos años para ser situado en algún lugar de relevancia en el pensamiento científico, que en realidad le correspondía. Esto sucedió unos treinta años después, cuando Charles Lyell volvió al tema en sus Principles of Geology, que comentaremos en otra ocasión.

De los geólogos de finales del siglo XVIII y principios del XIX la arqueología recibió algunas concepciones importantes. De Hutton, su primer acercamiento a la idea de una gran antigüedad de la vida en la Tierra y su visión de los procesos que transforman el registro geológico como una serie de procesos continuos, uniformes, sucedidos lentamente a lo largo de miles de años. De Cuvier, naturalista, y de Smith y otros estratígrafos, la idea de que a través del estudio de la sucesión de capas en la tierra y su asociación con distintos tipos de fósiles, podrían determinarse los distintos periodos transcurridos en la historia de la vida.

 Aura Ponce de León, noviembre de 2014.


 

Referencias.

Behrensmeyer, A. K., Kidwell, S. M., y Gastaldo, R. A. (2000), “Taphonomy and paleobiology”, en: Deep Time. Paleobiology’s Perspective, Erwin, D. H. y Wing, S. L., eds., Special volume for the 25th Anniversary of the journal Paleobiology, USA, The Paleontological Society, pp. 103-147.

Hutton, J. (1795), Theory of the Earth. With Proofs and Illustrations. V. I., Edinburgh, Messrs Cadell, Junior and Davies, London; and William Creech, Edinburgh.

Pelayo, F. (1991), Las teorías geológicas y paleontológicas durante el siglo XIX, Madrid, Akal [Historia de la ciencia y de la técnica, No. 40].

Silverberg, R. (1964), El hombre antes de Adán, México, Diana [original: Before Adam, Macrae Smith Company].


 

Notas.

[1] Hutton, 1795: 2-17.

[2] Íbid: 18-20.

[3] Íbid: 19-20.

[4] Íbid: 199-200.

[5] Pelayo, 1991: 11-13 (muy interesante texto sobre las ideas geológicas y paleontológicas del siglo XIX).

[6] Íbidem.

[7] Por su análisis de los distintos fenómenos que modificaban la tierra, Hutton podría ser reconocido como un precursor de la moderna tafonomía, disciplina a la que recurren la arqueología y la paleoantropología para analizar los procesos de configuración del registro arqueológico y paleontológico. Behrensmeyer, Kidwell y Gastaldo (2000: 103), señalan que la tafonomía “fue definida primero por Efremov en 1940 [Efremov, J. A., 1940, “Taphonomy: new branch of paleontology”, Pan american Geologist 74: 81-93] como «el estudio de la transición (en todos sus detalles) de los restos animales de la biosfera a la litosfera»”. También señalan que Behrensmeyer y Kidwell [1985, “Taphonomy’s contributions to paleobiology”, Paleobiology 11: 105-119] caracterizaron a esta disciplina como «el estudio de procesos de preservación y cómo éstos afectan la información en el registro fósil». A mi entender, la tafonomía es un campo general de investigación orientado a entender los procesos por los cuales se forman los registros arqueológico, geológico y paleontológico desde una perspectiva multi y transdisciplinar. Se recurre para ello a muchas subespecialidades de la química, la biología, la geología, la física y otras ciencias.

[8] Pelayo, 1991: 10-11.

[9] Íbid: 14-15

[10] Íbid: 20-22

[11] Silverberg, 1965: 25-26

 


Parte de este texto proviene del libro Arqueología cognitiva presapiens, de la autora, 2005, México, CEFPSVLT.

 

Los inicios de la arqueología del Paleolítico

Archæology forms, in fact, the link
between geology and history.
John Lubbock, Pre-Historic Times, 1865.

Primeros pasos.

Capas Estratigráficas. Garganta de Olduvai, Tanzania.
Capas Estratigráficas. Garganta de Olduvai, Tanzania.

La configuración de la arqueología como una disciplina científica, dotada de un objeto de investigación, de técnicas de recolección de información y de principios metodológicos con los cuales relacionar datos empíricos con conclusiones se llevó a cabo, al igual que en otras disciplinas de las humanidades, durante la segunda mitad del siglo XIX. La arqueología recibió especial impulso gracias a los desarrollos teóricos de la geología que va de fines del siglo XVIII a mediados del XIX, en particular de la estratigrafía, y posteriormente a partir de 1859, gracias a la revolución conceptual que en biología supuso la aparición de El origen de las especies.

Durante los setenta o cien años anteriores al histórico texto de Darwin, se habían registrado hallazgos aquí y allá, que habían ido contribuyendo a la formación del cuerpo de ideas e información que ulteriormente daría fundamentos a esta disciplina, aunque la aceptación de muchos de estos conceptos tuvo que esperar a su vez a la admisión de la gran antigüedad humana, que sólo cristalizó, o fue relativamente aceptada, en esa segunda mitad del siglo XIX.

El supuesto básico de la arqueología es que el pasado humano puede conocerse a través de sus huellas materiales. O, más modestamente, que ciertos aspectos del pasado humano pueden conocerse de tal manera. Esta clase de indagación se remonta a épocas muy antiguas: hace más de 2500 años ya había personajes que se interesaban por comprender el origen y significado de los vestigios de gran antigüedad que por diversas situaciones llegaban a sus manos. Por ejemplo, se sabe que Nabónides, último rey de Babilonia (gobernó entre 556 y 539 a.C.), encontró restos de una dinastía ancestral a él, probablemente del rey Hammurabi, quien gobernó entre 1792 y 1750 a.C. y los mandó a desmontar con el objeto de investigar más acerca de ellos y averiguar qué tenían que decir[1].

Este espíritu indagador está emparentado con el de diversos estudiosos de la historia que desde los antiguos griegos hasta el presente han reconstruido por diversas vías la historia humana. La diferencia entre unos y otros estriba en que los primeros se han inclinado por interpretarla a partir de los objetos, restos materiales de diverso tipo y contextos, mientras que los segundos ha privilegiado los relatos, ya sean orales o escritos.

Así pues, por muchos siglos han existido en las diversas culturas los estudiosos y coleccionistas de antigüedades, así como los narradores de historias antiguas. Ambos, pero principalmente los primeros, son antecesores de los modernos arqueólogos.

Los anticuarios y los coleccionistas de la Europa que va del siglo XVI a mediados del siglo XVIII, habían desarrollado un gusto y un conocimiento por los objetos de la antigüedad clásica que llegaban a ellos y con los cuales comerciaban. Un grupo de ellos fundó en 1707[2] la Sociedad de Anticuarios de Londres (The Society of Antiquaries of London), e inició en 1770 la edición de la revista Archaeologia, en la cual se publicaron artículos relacionados con colecciones y hallazgos de objetos antiguos. El estudio que realizaba esta Sociedad, así como sus publicaciones, se orientaban al análisis y discusión de aquellos objetos y colecciones que suministraban información acerca de las grandes culturas de la antigüedad reconocidas entonces: Grecia, Roma, Egipto, Persia, Babilonia. Se abordaban también, aunque en menor grado, otros temas de interés, reflejando así la diversidad de inquietudes de los estudiosos del pasado humano. Pero el énfasis principal de ésta época estaba en la investigación de la antigüedad clásica. La etapa más antigua de la humanidad, que hoy llamamos Paleolítico, apenas se vislumbraba.

John Frere.

John Lubbock (1834 - 1913)
John Lubbock (1834 – 1913)

Con la palabra Paleolítico —con sus fases inferior, medio y superior— se designa al periodo más largo de la historia humana, que abarca desde los orígenes de la humanidad hasta la aparición de la agricultura. En otro artículo hemos señalado cómo John Lubbock definió este periodo como el más antiguo de la humanidad, la Antigua Edad de la Piedra o Edad de la Piedra Antigua.

La rama de la arqueología que se especializó ulteriormente en el Paleolítico, reconoce como uno de los momentos fundacionales de su historia la publicación que se hizo, en 1800, de la carta que el inglés John Frere (1740-1802) envió el 22 de junio de 1797 al Rev. John Brand, secretario de la Sociedad[3].

El escrito fue titulado “Account of Flint Weapons Discovered at Hoxne in Suffolk[4]. En su carta, Frere exponía al reverendo Brand el hallazgo de una serie de armas en el condado de Suffolk y sostenía la idea de que, con base en los datos de que disponía, la evidencia sugería que tales armas habían sido fabricadas en épocas muy remotas. Especulaba incluso que tales épocas rebasarían los periodos históricos reconocidos, remontándolas a una época “más allá del mundo actual”. Su idea se fundamentaba en la posición estratigráfica de los materiales que describió: se habían encontrado en estratos muy antiguos, con evidencias de cambios geológicos importantes.

Frere había obtenido información de que en el mismo lugar se habían encontrado vestigios semejantes, pero asociados a restos de fauna desconocida, lo que confirmaba sus especulaciones.

La carta contenía una serie de ideas germinales que posteriormente resultaron fundamentales para la arqueología, especialmente el énfasis en la descripción de la posición estratigráfica de los restos, la percepción de esta clase de restos líticos como elementos culturales y la relevancia otorgada a su asociación con fauna de otra época.

Recuérdese que Frere vivía en una época en la que prevalecía en muchos sectores la idea lanzada desde más de un siglo antes, en 1650, por el arzobispo Ussher: el ser humano había aparecido en la tierra 4004 años a.C. El clérigo había llegado a este dato a través de un análisis detallado de las genealogías del Antiguo y el Nuevo Testamento y su idea estaba ampliamente extendida y ejercía influencia en grandes sectores de la población.

Frere, no obstante, se atrevió a aventurar en su misiva la idea de que podría haber existido una época anterior a ésta, en la que otros hombres habrían poblado la tierra y elaborado útiles. Señala: “La situación en la cual estas armas fueron encontradas puede tentarnos a referirlas a un periodo en verdad muy remoto, incluso más allá del mundo actual”[5]. Consideró como relevante para su análisis tanto la posición estratigráfica como el contexto en que se encontraban los restos, esto último principalmente a través de las asociaciones de fauna que podía establecer y de las características geomorfológicas que configuraban el sitio.

Su exposición, desafortunadamente, no recibió apoyo. El texto, escrito en 1797 y publicado en 1800, no tuvo mayor repercusión. Fue reconocido como texto precursor sólo sesenta años después, cuando los estudiosos ingleses Joseph Prestwich y John Evans se vieron incentivados por la publicación de El origen de las especies y su consecuente debate y decidieron revisar las pruebas que Frere, en Inglaterra, así como Boucher de Perthes, en Francia, habían expuesto años atrás sobre la asociación de instrumentos líticos con fauna extinta. En otro artículo comentaremos la carta de Frere.

Aura Ponce de León, septiembre de 2014.


Notas.

[1] Schnapp, A (1997), “Orígenes de la Arqueología”, ponencia presentada en el Simposio sobre arqueología Europea realizado en el Museo Nacional de Antropología de México, D.F., en diciembre de 1997.

[2] Como lo indica la propia sociedad: http://www.sal.org.uk/about-us/ (texto consultado en 2014), su Royal Charter es de 1751.

[3] Frere, 1800, en el volumen XIII de la revista Archaeologia, The Society of Antiquaries of London.

[4] Frere, 1800.

[5] (Frere, 1800).


Parte de este texto proviene del libro Arqueología cognitiva presapiens, 2005, CEFPSVLT.

  • Imagen de John Lubbock albergada en wikipedia.
  • Imagen de Capas estratigráficas: Garganta de Olduvai, Tanzania, Aura Ponce de León.

El estudio del Paleolítico. Periodizaciones, clasificaciones y nomenclaturas

Decía el poeta Miguel Guardia que la belleza de las obras del hombre le había quitado la manera de aprender otro oficio. Esa frase refleja seguramente parte del pensamiento y sentimiento de quienes se ocupan de estudiar la historia de la humanidad a través de sus huellas materiales: arqueólogos, paleoantropólogos, prehistoriadores, historiadores del arte.

Una de las formas en que las ciencias y las humanidades han abordado el estudio de la historia humana ha sido a través de su división en periodos temporales. Con ello se ha organizado la información, se le ha relacionado con el tiempo y el espacio, y se han podido así entrever algunos de los innumerables capítulos que hay por contar, desde los referidos a los más grandes logros de la ciencia y la tecnología modernas, hasta los de sus humildes inicios, los tiempos paleolíticos. En lo que sigue, revisaremos algunos de los momentos en que se construyeron las principales periodizaciones del pasado humano más remoto que hoy utilizamos.

Edward_Burnett_TylorLa segunda mitad del siglo XIX fue una época de gran efervescencia en cuanto al estudio antropológico; obras muy influyentes que configuraron las diversas disciplinas antropológicas se publicaron en ese entonces: en 1871, Edward Tylor, a quien se considera padre de la antropología británica, publicó Primitive Culture[1] y en 1881 Anthropology: an Introduction to the Study of Man and Civilization[2], proponiendo en estas obras que habría tres etapas identificables en el desarrollo de la humanidad: el salvajismo, la barbarie y la civilización[3]. Lewis Morgan, su homólogo norteamericano, publicó en 1877 su Ancient Society[4] en donde también investigó los posibles estadios por los que había pasado la humanidad, sus formas de organización social y su gran antigüedad.

En lo que se refiere a la arqueología, en 1865 Sir John Lubbock, vecino y amigo de Darwin, publicó Pre-historic Times[5]. En este libro delineó contenidos para el área de estudio que llamó Arqueología Prehistórica, señalando que su campo de estudio habría de abarcar cuatro periodos de la historia antigua de la humanidad: dos correspondientes a la Edad de Piedra, que nombró Paleolítico y Neolítico, y dos a la Edad de los metales: la Edad de Bronce y la Edad de Hierro. Con ello dio nombre a cierta información que diversos arqueólogos, tanto ingleses como franceses, habían ya observado al estudiar los utensilios antiguos: en la manufactura de los útiles de la Edad de Piedra podían diferenciarse grosso modo dos tecnologías: una, más antigua, que señalaba un tiempo en que la piedra era trabajada más burdamente, quizá simplemente golpeada con un percutor de forma tosca; otra, presumiblemente posterior, que mostraba un trabajo más sofisticado que incluía una imposición de forma más definitiva y un trabajo técnico más complejo, incluyendo por ejemplo el pulido, entre otras técnicas. Por eso llamó Lubbock a estas dos etapas Paleolítico (o Arqueolítico), es decir, Antigua Edad de Piedra, y Neolítico, esto es, Nueva Edad de la Piedra[6].

Con el mayor avance tecnológico de la humanidad, aparecieron y se desarrollaron ampliamente nuevas técnicas y conceptos para la investigación de los vestigios materiales de la antigüedad humana, tales como el estudio de su ubicación espacial, tanto estratigráfica como en planta, de la naturaleza y procedencia de su materia prima y de las características funcionales y morfológicas de los útiles. La clasificación tipológica y la excavación cuidadosa comenzaron a ser marcas distintivas de la disciplina.

Daniel[7] señala cómo, por una suerte de inercia producida por la meticulosidad que se dio durante el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX, la ciencia que recién había nacido para dar cuenta del pasado humano, tomó una ruta de sofisticación técnica que la despojó de su vocación original —la búsqueda del entendimiento sobre el pasado humano— y la transformó, por largo tiempo, en un elaborado cuerpo de clasificaciones y nomenclaturas. Muchas de las publicaciones de fines del siglo XIX tenían como objeto mostrar tipologías y ordenamientos de material. Este enfoque ganó gran influencia entre los practicantes de la disciplina, se mantuvo por largo tiempo y aún tiene muchas reminiscencias y ecos.

Gabriel de Mortillet (1821-1898)
Gabriel de Mortillet (1821-1898)

Una obra de esta etapa, de relevancia en la conformación de las clasificaciones de la arqueología prehistórica, la constituyen los diversos escritos de Gabriel de Mortillet. De Mortillet fue un estudioso francés que analizó y clasificó, desde 1865, los útiles e instrumentos que aparecían en la Dordoña y en el valle de la Somme[8].

En sus publicaciones fue describiendo los distintos tipos de utensilios que se encontraban en estas regiones, logrando identificar ciertas agrupaciones homogéneas que podían considerarse conjuntos culturales y que fue nombrando con relación a los lugares en que se encontraban más típicamente. Así, en 1883 define, siguiendo la idea del Paleolítico de Lubbock, cuatro fases paleolíticas para Francia: el chelense, el musteriense, el solutrense y el magdaleniense, en honor a las localidades de Chelles, Le Moustier, Solutré y La Madeleine[9]. De Mortillet amplía el número de sus fases en trabajos posteriores, incluyendo el acheulense por Saint Acheul y el auriñaciense por Aurignac. Muchas de sus denominaciones se utilizan aún hoy, aunque se han reformulado de distintas maneras. Así, por ejemplo, podemos encontrar periodizaciones de la prehistoria europea que van del acheulense al musteriense, al chatelperroniense, al auriñaciense, al gravetiense, al solutrense, hasta llegar al magdaleniense, época casi final del Paleolítico superior, caracterizada por ejemplo por su extraordinaria pintura rupestre o arte parietal.

Este tipo de clasificaciones se elaboraron en diversos países abarcando tanto el Paleolítico como el Neolítico. Fue creándose un conocimiento erudito y especializado de las distintas tipologías definidas regionalmente. En el perfeccionamiento de las técnicas de clasificación puede mencionarse como otra figura importante a A. H. Lane-Fox, mejor conocido como el general Pitt-Rivers, quien centró su análisis en el desarrollo tecnológico y la evolución de los artefactos. Como militar que era, Pitt-Rivers había desarrollado interés por coleccionar y estudiar armas antiguas y modernas. Había observado en sus colecciones cierta regularidad en la aparición y consolidación de las mejoras y consideró que un análisis taxonómico, semejante al que él hacía con el armamento, podía aplicarse a cualesquiera otros artefactos para estudiar su evolución y, consecuentemente, la evolución de la humanidad[10]; partía de las formas más simples a las más complejas. Pitt-Rivers es más conocido por su contribución al diseño y perfeccionamiento de métodos de excavación, pero también fue de gran importancia su contribución en la clasificación y el análisis del material, incluyendo sus hipótesis sobre la temporalidad del mismo.

Es así que este periodo de fines del siglo XIX se caracterizó por la construcción de nuevas visiones sobre las posibles etapas por las que había pasado la humanidad y por un énfasis particular en la clasificación y taxonomía de los bienes arqueológicos. La idea del pasado remoto humano estaba muy influenciada por la búsqueda de estadios o periodos históricos por los que supuestamente habrían pasado todos los grupos humanos, idea que ha sido refutada posteriormente desde muchos ángulos.

Sólo después de algunas décadas la arqueología en su conjunto volvió a orientar su propósito a su vocación primera: la búsqueda de la comprensión de una totalidad mayor, ya fuese el desarrollo general del ser humano o el desarrollo específico de las distintas sociedades. Esto sucedió sobre todo a partir de la importante obra de Vere Gordon Childe, que se revisará en otro momento.

Aura Ponce de León, Agosto de 2014.


Notas.

[1] Tylor, E. B. (1871/1889), Primitive Culture. Researches into the Development of Mythology, Philosophy, Religion, Language, Art and Custom, Nueva York, Henry Holt and Co.

[2] Tylor, E. B. (1881), Anthropology: an Introduction to the Study of Man and Civilization, New York, D. Appleton and Co.

[3] Tylor, 1871/89, op. cit., pp. 28-35; 1881, op. cit., p. 25.

[4] Morgan, L. H. (1877), Ancient Society or Researches in the Lines of Human Progress from Savagery, Through Barbarism to Civilization, New York, Henry Holt and Co., V-VI.

[5] Lubbock, J. (1865), Pre-historic Times, as Illustrated by Ancient Remains, and the Manners and Customs of Modern Savages, Londres y Edinburgo, Williams and Norgate.

[6] Lubbock, ibíd., 2-3, 60.

[7] Daniel, G. (1968), El concepto de prehistoria, Barcelona, Labor [original: 1960, The idea of prehistory, Londres, Watts & Co.], pp. 61-75.

[8] Mortillet, G. de (1866), “Note Sur la Classification des haches en Pierre”, en: Bulletin de la Societé d’Anthropologie de Paris, Tome Premier, IIe Série, Paris, Librairie Victor Masson et fils, pp. 211-214.

[9] Mortillet, G. de (1883/1885), Le préhistorique, Antiquité de l’homme, Paris, C. Reinwald, caps. II, IX, XIV, XVII.

[10] Palerm, A. (1977), Historia de la etnología: Tylor y los profesionales británicos, México, CIS-INAH, Ediciones de la Casa Chata, No. 5, pp. 51-59.


* Parte de este texto proviene del libro Arqueología cognitiva presapiens, 2005, CEFPSVLT, pp.39-42.

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