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Un coloquio sobre arte, evolución y cognición

A veces me pregunto qué es lo que separa al hombre de la bestia, cuyo corazón no entiende lengua humana alguna.

¿Por qué remota mañana, de qué primer paraíso, de qué creación, iba el sendero claro por donde sus dos corazones se entendían? Pues las huellas de su andar gemelo no se han borrado aún, aunque su parentesco se haya olvidado hace tanto tiempo…

Rabindranath Tagore, El jardinero.

El 19 y 20 de octubre pasados se realizó en Puebla el Coloquio Historia natural del arte: evolución de la cognición y de la conducta artificadora, organizado por la Maestría en Estética y Arte de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y el grupo de investigación sobre Hominización, Simbolismo y Arte Rupestre del Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano. A él acudieron especialistas de diversos campos, principalmente del arte, la evolución humana y las ciencias cognitivas, interesados en comprender desde distintos ángulos qué papel jugó la aparición del arte en la constitución de nuestra especie y en la modelación de la cognición del ser humano tal como hoy la conocemos.

En este coloquio se examinó la aparición, a lo largo de la evolución humana, de capacidades de transformación de elementos del ambiente en obras con marca artística, de la aparición y desarrollo de capacidades de representación de ideas o partes del mundo a través de símbolos, del surgimiento de la capacidad de sostenimiento mental de esos símbolos, de su modificación en el pensamiento o la imaginación y de la materialización de esas modificaciones en objetos o espacios en formas que catalogamos como artísticas.

El marco del coloquio.

Durante el siglo pasado diversos planteamientos conjeturaron que los inicios de ese comportamiento se habrían situado en el Paleolítico Superior europeo, alrededor de hace 40-45 mil años, señalando como prueba, entre otras, al arte rupestre paleolítico de la región franco-cantábrica. Esos puntos de vista fueron desafiados, sin embargo, por estudios que situaron la aparición de esas conductas quizá ya hace entre 250 y 200 mil años, mostrando como evidencia la aparición de pigmentos, el uso de cuentas e indicios de ornamentación personal, así como objetos modelados de ciertas formas y trazos regulares con posibles significados en piezas de piedra.

Estos y otros temas relacionados se abordaron a través de siete mesas, a saber: Historia natural del arte, Ciencia estética evolucionaria, Orígenes evolutivos del arte, Estudios disciplinares sobre el arte y su evolución, Arte y filosofía, Arte y estética, y, finalmente, Arte, evolución y comportamiento. Se contó con la participación de investigadoras e investigadores de distintas disciplinas, tanto de las ciencias naturales y sociales, como del arte y las humanidades. Hubo pues, miradas científicas, filosóficas, históricas y artísticas, y se borraron o atenuaron las fronteras entre esas aproximaciones, percibidas a veces como fijas e invariables.

Conferencias magistrales.

También tuvieron lugar cuatro conferencias magistrales, tres de las cuales presentaron un amplio panorama del arte rupestre paleolítico de Asturias y Cantabria, y otra una exploración del tema desde el campo de la bio-estética.

En la primera conferencia magistral el arqueólogo Manuel González Morales, profesor de la Universidad de Cantabria, presentó un valioso recuento y análisis de más de un siglo de investigaciones sobre este arte primero en la región cantábrica, al norte de España, señalando cómo fue cambiando a lo largo de este periodo la percepción de la academia sobre el valor científico e histórico de estos yacimientos. Algunas de las cuevas emblemáticas de la región son: Altamira, El Castillo, El Pendo, Chufín, entre otras, todas las cuales contienen un patrimonio artístico excepcional.

Por su parte, la arqueóloga Otilia Requejo Pagés, directora General de Patrimonio de la Consejería de Educación y Cultura del Principado de Asturias, ofreció un interesante y detallado panorama del arte rupestre paleolítico de Asturias, algunas de cuyas cuevas, junto con nueve de Cantabria, están inscritas en la lista del patrimonio mundial. En la conferencia se expusieron las razones de esta inscripción, el hecho de tratarse de un testimonio extraordinario de tradiciones culturales hoy desaparecidas y se describieron sus contenidos y formas con gran riqueza. Las cuevas asturianas inscritas como patrimonio mundial son Tito Bustillo, Llonín, El Pindal, La Covaciella y El Candamo, pero la región cuenta con más de cuarenta cuevas con esta clase de testimonio único.

Para comprender las características geológicas de la región, que posibilitaron su extraordinaria conservación, así como los datos físicos, ambientales y de datación de estos yacimientos, se contó también con la conferencia de la geóloga Montserrat Jiménez Sánchez, profesora de la Universidad de Oviedo, quien presentó el panorama geológico de esta región y su impacto sobre estos bienes. Así, a través de estas tres conferencias los asistentes pudieron conocer una visión experta, de conjunto y de detalle, de estos bienes culturales que resguardan invaluable información sobre el primer arte de la humanidad.

La última conferencia magistral, impartida por la filósofa y artista Katya Mandoki, profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Xochimilco, presentó las distintas exploraciones que la investigadora ha realizado sobre conductas artísticas en diferentes especies animales, un horizonte que ella ha llamado bio-estético, a través del cual expresa su percepción de que las conductas estéticas están mucho más diseminadas en el mundo animal de lo que habitualmente apreciamos, punto de vista de gran interés.

Mesas de trabajo y carteles.

En las mesas de trabajo y en las sesiones de carteles se abordaron temas que fueron desde recuentos del tiempo y modo en que ocurrió la evolución humana (José Luis Vera), hasta investigaciones sobre neuronas espejo y neuronas canónicas (Hilda Hernández López). Temas como la abstracción en el arte rupestre (Alma Vega Barbosa), las bizarrías en el arte (Alejandra Rosales Lagarde), los desafíos epistemológicos que el estudio del arte rupestre plantea a la arqueología mexicana (Francisco Mendiola Galván) y la conciencia sobre nuestra finitud y su estrecho vínculo con el arte (Laurence Le Bouhellec) fueron presentados.

Hubo exposiciones sobre la importancia del estudio del arte desde la perspectiva de la historia natural y la condición excepcional del equipo bio-psicológico del animal humano (Ramón Patiño Espino), así como reflexiones sobre valores éticos y estéticos (José Ramón Fabelo). Y, en fin, se supo de estudios antropológicos, filosóficos, filológicos, neurológicos y neurofilosóficos sobre el arte, la evolución y la cognición, por la vía de interesantes ponencias, intervenciones inspiradas, discrepancias apasionadas y pacíficos acuerdos. Se oyó citar a Plinio El Viejo, a Buffon, a Leroi-Gourhan, a Tattersall, a McBrearty y Brooks, Aiello, Platón, Hegel y más, en un banquete de reflexiones y diálogos a través del tiempo.

Mirada evolucionista y reflexión sobre el arte.

Investigadores e investigadoras compartimos en este encuentro certezas y dudas, puntos de vista en construcción, ideas y saberes. Expresamos y escuchamos experiencias, razones, reflexiones. Compartimos mapas, faros, hallazgos, tesoros. Este coloquio constituyó una contribución de gran interés en el estudio de la Historia natural del arte en nuestro país y en la ampliación de la comunicación y el intercambio de saberes en este campo de investigación, que reúne la mirada evolucionista y la reflexión sobre el arte, para tratar de entender en qué consisten algunas de las características más distintivas de aquello que llamamos humanidad.

Aura Ponce de León / febrero de 2017.


Referencias.

Tagore, R. 2007 El jardinero [introducción de Ivana Graciela Mollo], Madrid, España, Edimat, p. 111.

McBrearty, S. & Brooks, A.S. 2000 The revolution that wasn’t. A new interpretation of modern human behavior, J. Hum. Evol. 39: 453-563, dx.doi.org/10.1006/jhev.2000.0435

Nowell, A. 2010 Defining Behavioral Modernity in the Context of Neandertal and Anatomically Modern Human Populations, Annu. Rev. Anthropol. 39: 437-452, dx.doi.org/10.1146/annurev.anthro.012809.105113

Fotografías: Alma Vega Barbosa y Aura Ponce de León.

Arte rupestre paleolítico en la cornisa cantábrica

BisonteNegroDibujoBreuil
Bisonte de Altamira, por H. Breuil

Qué rasgos distinguen a los seres humanos de otros animales ha sido un motivo conductor de la investigación en las ciencias paleoantropológicas, en especial de la arqueología y la antropología física y, más recientemente, de las ciencias cognitivas. Se han mencionado características como un cerebro con aptitudes excepcionales, la postura bípeda, la habilidad de las manos, como algunos de los rasgos principales que contribuyeron a configurar la constitución física, capacidades y modos de relacionarse con el ambiente que conforman a nuestra especie. De manera muy particular, en lo que se refiere a las cualidades mentales, se han mencionado la capacidad del lenguaje, la de la transformación planificada del ambiente, nuestra condición de especie social y cultural, la conducta moral y la capacidad de creación y apreciación estéticas, entre las principales. El arte rupestre paleolítico ha tenido un lugar en esta investigación.

La región.

En la región cantábrica del norte de España y en la región vecina del sur de Francia se resguarda un legado de gran importancia relacionado con esta última capacidad, la de la creación estética: un conjunto de cuevas y abrigos con arte rupestre del periodo Paleolítico que testimonian la presencia, hace más de 40 mil años, de una mente humana plenamente moderna, con capacidades y habilidades para la producción de obras de esta naturaleza, e inclinación y motivación para realizarlas.

Cornisa Cantábrica
Cornisa Cantábrica

La cornisa cantábrica es la región costera del norte de España, delimitada al norte por el mar cantábrico (océano Atlántico) y al sur por la cordillera que lleva su nombre y que cruza el país desde Galicia hasta el País Vasco y Navarra. Incluye las comunidades de Cantabria y Asturias y provincias del País Vasco, Castilla y León, Galicia, y Navarra.

En esta zona existen numerosas cuevas con arte rupestre, entre las cuales pueden mencionarse a Altamira, Covalanas, El Castillo, Las Monedas, en Cantabria; a Tito Bustillo, La Covaciella, El Pindal, en Asturias; Ekain, Altxerri, en Guipúzcua, País Vasco, por mencionar sólo algunas, ya que la cantidad de yacimientos es mucho mayor. Diecisiete grutas de esta región de España están incluidas en la lista de Patrimonio Mundial.

En cuanto al área francesa se incluyen en este conjunto de arte paleolítico cuevas emblemáticas como Chauvet, Lascaux, Niaux, entre otras, en las regiones de Ródano-Alpes, de Aquitania-Lemosín-Poitou-Charentes, en especial la Dordoña, y la de Languedoc-Rosellón-Mediodía-Pirineos. Toda esta región ibero-francesa contiene este tesoro de la humanidad.

El arte.

Cuando hablamos de arte rupestre o parietal nos referimos al conjunto de expresiones gráficas, muchas de ellas pictóricas pero también grabadas, esculpidas o modeladas, que la humanidad ha realizado sobre paredes de roca, principalmente en cuevas, pero también en otros soportes de roca como abrigos, riscos y afloramientos rocosos, desde tiempos prehistóricos hasta la actualidad. Esta forma de arte posee generalmente una marca estilística de la cultura que lo produjo y en ocasiones también la marca o huella de su creador individual. Se ha producido arte rupestre en todos los continentes a lo largo de los tiempos y las funciones que cada sociedad le ha asignado han sido diversas: expresión artística, acompañamiento o guía de celebraciones rituales, registro de acontecimientos, comunicación de ideas, señal de territorialidad, y otras.

Arte de Altamira
Arte de Altamira

En particular, cuando nos referimos al arte rupestre paleolítico nos referimos al producido en ese antiguo periodo de la historia humana, específicamente en el Paleolítico superior (que va de 45-40 mil años hasta hace alrededor de 11 mil), periodo en que se produjeron algunas de las obras más extraordinarias de esta forma de expresión artística como, por ejemplo, el Techo de los polícromos de Altamira, con sus bisontes, ciervos, caballos y signos, o los cientos de animales de la cueva de Chauvet: leones, osos, rinocerontes, mamuts, caballos, bisontes, entre muchos otros.

Evolución cognitiva y arte rupestre.

En el estudio de la evolución humana el arte se ha examinado como posible indicador de cambios en la manera en que los grupos humanos captaron y procesaron información, en búsqueda de datos sobre cuándo y cómo hubo cambios significativos en la cognición humana, en una suerte de mapeo de la cognición desde una perspectiva evolutiva. Con esa interrogante se han investigado el arte parietal y el mobiliar[1] de diversas épocas y regiones del mundo, incluyendo el lugar y el papel del arte rupestre paleolítico europeo.[2]

El linaje de los homínidos se originó en África hace varios millones de años, y nuestra especie, Homo sapiens en su forma anatómicamente moderna, apareció en ese continente hace alrededor de 195-200 mil años.

Grupos de Homo sapiens llegaron a Europa hace alrededor de 45 mil años[3], o quizá 50 mil. Contaban con recursos tales como estructura social y cultural, artefactos, flexibilidad conductual y formas de intervenir en el ambiente que les permitieron aprovecharlo eficazmente, por lo que pudieron vivir y prosperar en la región. En la zona habitaba al menos una especie hermana, Homo neanderthalensis, probablemente descendiente de alguna de las migraciones anteriores de grupos homínidos del Paleolítico medio o inferior. Dependiendo de las fluctuaciones del clima, fueron habitando distintas regiones de Europa a lo largo de los siglos y milenios. A algunos de estos grupos de cazadores y recolectores es a quienes se atribuyen las obras de arte rupestre mencionadas arriba.

Fechamientos y motivos.

De acuerdo a los datos que arrojan diversos fechamientos en la región[4], la cueva con intervención pictórica más antigua, de las que se han fechado, es El Castillo, con fechas para sus pinturas más antiguas de más de 40 mil años; Chauvet ha sido fechado en alrededor de 32 mil años, y las pinturas de Altamira han arrojado fechas que van de 35 mil a 15/14 mil años, aunque el arte figurativo más famoso de la cueva aparece en los alrededores de 20 mil años, con continuidad hasta hace alrededor de 14 mil.

Reprod Ciervo Chimeneas
Arte de cueva Las Chimeneas

Los motivos que se encuentran en las distintas grutas son diversos, y van desde los no figurativos: abstractos, líneas, manchas, hasta los figurativos, principalmente animales como bisontes, ciervos, mamuts, osos, leones, entre otros. Cabe destacar también, entre los figurativos, a los grupos de manos, conjuntos pictóricos que se encuentran diseminados en toda la región. Los pigmentos son tanto minerales como orgánicos (hierro, óxido de manganeso, carbón) y se ha destacado en muchas piezas la seguridad y economía del trazo, propia de artistas experimentados.

Las preguntas científicas.

Sobre esta producción artística caben preguntas acerca de su significado, sus funciones, los contextos que la propiciaron, sus motivaciones. Acerca del significado, las claves de comprensión están perdidas, por lo menos en el estado actual de nuestro conocimiento. En cuanto a las funciones se han ofrecido diversas ideas, por ejemplo magia, marca territorial, chamanismo, propiciación de la caza, expresión propiamente artística, abstracción o memoria de ciertas ideas, representación. Respecto de los contextos, tal vez ciertos factores ambientales permitieron algunos tiempos de bonanza o, alternativamente, de aislamiento, que al aunarse con determinados ambientes y tradiciones culturales, quizá propiciaron la producción de estos conjuntos culturales excepcionales.

Desde luego, como se expresó arriba, también se explora si este arte puede ser testimonio de ciertas capacidades de abstracción y simbolización ampliamente desarrolladas. Hay investigación desde las distintas perspectivas de diversas disciplinas, y quizá ella arrojará nuevas intuiciones sobre lo que ha significado ser humano a lo largo de la historia.

La poesía.

La gran poeta chilena Gabriela Mistral, a raíz de una visita a la gruta mexicana de Cacahuamilpa, escribió un hermoso texto que describe los sentimientos que la embargaron en esa experiencia. Sus palabras expresan lo que fue para ella entrar en esa magnífica gruta guerrerense, pero sin duda pueden extenderse para expresar igualmente la emoción que aparece en el corazón del visitante que camina por otras grutas del mundo, ahora decoradas, esa sensación de morar por unos instantes en las entrañas de la Tierra, de sentir su cobijo y refugio. Uno puede preguntarse si sensaciones semejantes vivieron esos antiguos habitantes de la Europa paleolítica, y especular si también ellas constituyeron una de las motivaciones para producir estas hermosas obras pictóricas que hoy llamamos arte rupestre del Paleolítico.

… si yo hubiese entrado sola en la gruta, como el hombre solo es puro, no iría pasando así, febrilmente, y la caverna querría vivir para mis ojos adorantes. Me sentaría entre cada ronda de formas; la miraría, callando, horas y días, hasta rendir su terco silencio…

… parece que camináramos absortos por un paisaje de otro planeta. Hablamos para oírnos, para no enloquecer de maravilla…

Algún día se levantarán ciudades cerca de esta gruta, y, por muchos templos que erijan, aquí vendrán los llenos de turbación, a la entraña helada y blanca de la gruta…

Cuando yo era niña y preguntaba a mi madre cómo era dentro de la Tierra, ella me decía: “Es desnuda y horrible”. Ya he visto, madre, el interior de la Tierra: como el seno abullonado de una gran flor, está lleno de formas, y se camina sin aliento entre esta tremenda hermosura.

Gabriela Mistral[5]

Aura Ponce de León / agosto de 2016.


Textos de consulta y referencias.

Abrantes, P. C. 2014 Natureza e cultura. En: Evolução Humana, revista Ciência & Ambiente, Universidade Federal de Santa Maria, Brasil, No. 48, pp. 7-21.

Bahn, P. G. 2015 Más allá de Altamira. Guía de las cuevas decoradas de la Edad del Hielo en Europa, Pola de Siero, Asturias, Ménsula Ediciones.

Cuzange, M. T. et al., 2007 Radiocarbon Intercomparison Program for Chauvet Cave, Radiocarbon, vol. 49, nr. 2, pp. 339-347: doi: http://dx.doi.org/10.1017/S0033822200042272

Fagan, B. 2011 Cromañón. De cómo la Edad de hielo dio paso a los humanos modernos, Barcelona, Gedisa, traducción de Alcira Bixio.

García-Diez, M., et al., 2013 Uranium series dating reveals a long sequence of rock art at Altamira Cave (Santillana del Mar, Cantabria), Journal of Archaeological Science, vol. 40, issue 11, pp. 4098-4106; http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0305440313001726

Garrido Pimentel, D. & M. García Diez 2013 Cuevas prehistóricas de Cantabria. Un patrimonio para la humanidad, Sociedad Regional de Educación, Cultura y Deporte, S. L., Consejería de Educación, Cultura y Deporte y Gobierno de Cantabria.

González-Pumariega, M. 2008 Guía del Arte Rupestre Paleolítico en Asturias, Pola de Siero, Asturias, Ménsula Ediciones.

González Sainz, C. 2004 Arte parietal en la región cantábrica: centros y peculiaridades regionales, Bilbao, Kobie, No. 8, pp. 403-424.

Mistral, G. 1945, México maravilloso. Las grutas de Cacahuamilpa, México, Secretaría de Educación Pública, Biblioteca Enciclopédica Popular No. 87, pp. 62-67.

Morris-Kay, G. M. 2010 The evolution of human artistic creativity, Journal of Anatomy, 216, pp. 158-176; doi: 10.1111/j.1469-7580.2009.01160.x

Pike, A. W. G., et al. 2012 U-Series Dating of Paleolithic Art in 11 Caves in Spain, Science 336, p. 1409; doi: 10.1126/science.1219957

Qiaomei, F. et al. 2016 The genetic history of Ice Age Europe, Nature 534, 200-205; doi: 10.1038/Nature17993


Notas.

[1] El mobiliar es el arte transportable, en piezas, no realizado sobre paredes o soportes fijos o semifijos.

[2] Véase, por ejemplo, Morriss-Kay, 2009.

[3] Véase Qiaomei, et al., 2016.

[4] Véase, sobre fechamientos, Cuzange, et al. 2007; García-Diez, M., et al., 2013.

[5] El texto completo puede encontrarse en Mistral, G. 1945.

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Prehistoriadores: Childe, Leroi-Gourhan, Louis y Mary Leakey

Vere Gordon Childe (1892-1957) desarrolló en el campo de la arqueología una aproximación teórica de gran interés para el estudio del pasado humano, realizando al mismo tiempo importantes estudios empíricos en diversas regiones. Un investigador de gran relieve que indudablemente tuvo gran influencia en su disciplina, fue considerado por Grahame Clark como uno de los más grandes prehistoriadores del mundo[1]. En el segundo y tercer cuarto del siglo XX, este arqueólogo de origen australiano publicó diversas obras en las que, además de su manejo enciclopédico de datos de innumerables fuentes, propio del experto que fue, realizó una inteligente labor de interpretación de los mismos para ofrecer un panorama general del desarrollo de la prehistoria y la historia humanas. Figuran entre sus obras: Man Makes Himself (1936), What Happened in History (1942), A Short Introduction to Archaeology (1956) y Piecing Together the Past: the Interpretation of Archeological Data (1956). En ellas distinguió entre el acto de establecer periodos de la historia partiendo de un criterio relacionado con las “culturas arqueológicas” como las que había definido Gabriel de Mortillet, por ejemplo, y el acto de establecerlos basándose en la manera en que los hombres se allegaban los recursos necesarios para la sobrevivencia, es decir, por la vía de identificar si lo que se realizaba eran procesos de apropiación o, alternativamente, procesos de producción de alimentos y bienes. También estudió las características del registro arqueológico y propuso desarrollar o mantener ciertas técnicas y métodos para el desarrollo de una arqueología robusta como disciplina.

Gordon Childe
Gordon Childe

Childe, como otros pensadores, señaló que la historia de la humanidad estaba íntimamente ligada a su desarrollo tecnológico-social. Indicó que si bien podían identificarse algunas etapas por las que habría pasado la mayoría de las sociedades, como las edades de piedra, de bronce y de hierro, podía reconocerse también la gran variabilidad de soluciones encontradas por los grupos humanos a los problemas que enfrentaron durante cada una de estas etapas. Childe propuso considerar a la aparición de la agricultura como una importante transición histórica, la Revolución Neolítica, y considerar a la aparición de ciudades como un segundo hito, la Revolución Urbana. Con Childe nace asimismo lo que posteriormente se llamaría arqueología social, línea de pensamiento que hace énfasis en las condiciones materiales de la existencia de las sociedades como los elementos que determinan su ulterior desarrollo.

Otra de las áreas en las que incursionó fue en lo concerniente a la metodología. Intentó definir cuáles eran las preguntas básicas que se hacía un arqueólogo sobre los restos arqueológicos. Su conclusión fue que los arqueólogos se hacían las siguientes preguntas sobre su material: “¿Para qué era?”, “¿Cuándo fue hecho?” y “¿Quién lo hizo?”[2]. Esta sistematización de la investigación que realiza el arqueólogo en tres preguntas o áreas de estudio —funcionalidad, cronología, y corología—[3] resume en gran medida la dirección que propuso para la arqueología moderna como disciplina científica y que pasó a ser parte del cuerpo principal de conceptos de la arqueología.

En lo que se refiere al estudio de las singularidades históricas, Childe concentró su análisis en distintas sociedades formadas en la época de la aparición de la agricultura o posteriormente, por lo que, aunque propuso bases teóricas para su estudio, no profundizó en la etapa Paleolítica. Fueron los prehistoriadores franceses quienes dieron continuidad al estudio de este periodo, con especial interés en el Paleolítico Superior, ampliamente representado en Francia.

La tradición francesa.

Entre los prehistoriadores franceses cabe destacar los trabajos de François Bordes (1919-1981) y de André Leroi-Gourhan (1911-1986) entre muchos otros de gran relevancia. El primero contribuyó al entendimiento de las tecnologías prehistóricas al investigar aspectos como las formas de producción de los distintos instrumentos líticos tipificados como paleolíticos. Propuso la noción de “cadena operatoria para analizar los distintos pasos efectuados en la fabricación de instrumentos durante la Edad de Piedra y realizó trabajos de replicación de las técnicas antiguas. Fue debido a su trabajo que la visión del arqueólogo se orientó a tratar de entender las técnicas que daban como producto los materiales encontrados y con ello, establecer el grado de desarrollo tecnológico posiblemente alcanzado.

Por su parte Leroi-Gourhan, en El gesto y la palabra (1965/71), propuso una interpretación global de los datos provenientes de la arqueología y de la paleontología para suministrar una visión posible de la historia humana desde sus orígenes hasta nuestros días, en la cual destaca a la elaboración de útiles como actividad propiciadora del lenguaje y preponderante en el paso de la animalidad a la humanidad. Sobre el estudio de la prehistoria este autor señaló:

El acontecimiento tal vez más importante para la ciencia del hombre fósil es el descubrimiento por L. B. S. Leakey, el 17 de julio de 1959[4], en la garganta de Oldoway en Tanganyka, de un australopitecino de talla humana, el Zinjanthropus boisei, acompañado de un utillaje muy primitivo pero indiscutible […] El zinjantropo (y los otros australopitecinos) fabrican útiles, lo que por vez primera en la serie zoológica plantea el problema de la validez de un carácter específico tomado de un dominio distinto al de la biología anatómica. La aparición del útil entre los caracteres específicos marca precisamente la frontera particular de la humanidad hacia una larga transición en el curso de la cual la sociología toma lentamente el relevo de la zoología.[5]

La construcción de ideas.

Childe, Bordes y Leroi-Gourhan se encuentran entre los principales investigadores que proporcionaron a la arqueología del Paleolítico o Prehistoria un marco teórico y metodológico con el cual interpretar sus datos: un grupo de preguntas y una idea de cómo las técnicas y los materiales podían contribuir a resolverlas.

Uno de los libros más influyentes de Childe
Uno de los libros más influyentes de Childe

La construcción de la idea moderna del origen y la antigüedad del hombre y de cómo podía estudiarse se debió a diversos personajes a lo largo de la historia de los dos últimos siglos, como se ha señalado en diversos lugares. Ahora bien, en la configuración de la más reciente idea sobre la antigüedad humana y sobre las características de nuestros ancestros, la arqueología contó, como señaló Leroi-Gourhan, con la contribución principal de la pareja formada por Louis S. B. Leakey y su esposa Mary Leakey. El interés de estos investigadores por elucidar cuáles fueron los orígenes humanos y su convicción de que éstos se hallaban en el África, así como su dedicación al trabajo de campo en Kenya y Tanzania, fueron factores importantes en la construcción de la imagen que hoy tenemos del ser humano en la prehistoria.

La cuna africana.

Los Leakey dieron un vuelco a la historia del estudio de la antigüedad humana. Fue a partir de sus investigaciones que se aceptó que la historia de los orígenes humanos se remontaba a una antigüedad de millones y no de miles de años, información que constituyó un parteaguas en este campo de la ciencia.

En 1959, tras el hallazgo en la garganta[6] de Olduvai del fósil que llamaron Zinjanthropus boisei, hoy rebautizado como Australopithecus boisei, decidieron realizar el fechamiento de la capa inferior de la cañada, en el punto en que se había encontrado este homínido fósil. Para ello, solicitaron la colaboración de un grupo de geólogos de la Universidad de California, Berkeley. La antigüedad que en ese entonces se concedía al género Homo era de alrededor de 750 mil años[7]; empero, el fechamiento de Zinj modificó drásticamente esta noción, pues arrojó una fecha mucho más antigua: un millón 750 mil años.

Esta conclusión modificó la concepción del tiempo que abarcaba la etapa presapiens de la prehistoria de la humanidad: ya no se trataba de miles o de cientos de miles de años. La antigüedad humana se remontaba a más de un millón de años y se confirmaba que África, tal como lo había pronosticado Darwin, era su cuna. Olduvai, una garganta con numerosos restos fósiles ubicada en Tanzania, en el Valle del Rift, ofrecía un punto de acceso privilegiado a ese periodo.

A partir del estudio de los Leakey muchos datos nuevos han proyectado la fecha de origen de los primeros grupos homínidos aún más atrás. Asimismo, los puntos de debate han cambiado: las discusiones versan más sobre la precisión de los fechamientos, la interpretación de los restos materiales y la ubicación de los fósiles en el árbol genealógico de Homo sapiens, que sobre la plausibilidad o no de una prehistoria humana tan remota, hoy plenamente aceptada.

Aura Ponce de León / julio de 2015.


Referencias.

Childe, V. G. (1956a), A Short Introduction to Archaeology, Londres, Frederik Muller.

–(1956b), Piecing Together the Past: the Interpretation of Archæological Data, Nueva York, Praeger.

–(1956/77), Introducción a la Arqueología, Barcelona, Ariel [original: A short Introduction to Archaeology, Londres: Frederik Muller Ltd., trad. de Ma. Eugenia Aubet].

–(1942/75), What happened in History, with a foreword by professor Grahame Clark, England, Penguin Books.

–(1936/80), Los orígenes de la civilización, México, FCE [original: Man Makes Himself, Londres, C. A. Watts & Co., trad. de Eli de Gortari]

–Daniel, G. (1968), El concepto de prehistoria, Barcelona, Labor [original: 1960, The idea of prehistory, Londres, Watts & Co.].

–Leroi-Gourhan, A. (1965/71), El gesto y la palabra, Universidad Central de Venezuela [original: Le geste et la parole, 1965, Paris, Albin Michel].


Notas.

[1] Siendo él mismo (Grahame Clark), a mi entender, otro de los más grandes de entre los prehistoriadores.

[2] Childe, 1956: 26.

[3] Childe utiliza el término Corología, que es usado principalmente en botánica y zoología. Se trata de la disciplina que estudia la distribución de las especies y ecosistemas sobre la tierra. Aquí debe entenderse como el estudio dirigido a identificar cada cultura y su relación con el ámbito geográfico en el que se da su distribución.

[4] En realidad fue Mary Leakey la autora del hallazgo, aunque muy frecuentemente se le atribuye a Louis, con quien realizó conjuntamente sus trabajos arqueológicos.

[5] Leroi-Gourhan, 1965/71: 91-92

[6] Aunque en español la palabra gorge se ha traducido invariablemente, con relación a Olduvai, como garganta, probablemente cañada es un término más adecuado. Aquí los uso indistintamente.

[7] Daniel, 1968: 152-155.


 Partes de este texto provienen del libro Arqueología cognitiva presapiens, de la autora. México, 2005, CEFPSVLT.


Pensamiento científico sobre la antigüedad humana

Se ha señalado que Charles Lyell (1797-1895) tuvo una importante influencia en la opinión de la comunidad investigadora y el pensamiento científico de su tiempo al sostener un punto de vista que otorgaba gran antigüedad a la vida en la Tierra.

Charles Lyell (1797-1875)
Charles Lyell 1797-1875

Aunque varias de estas ideas habían sido expuestas a finales del siglo XVIII por James Hutton, Lyell, además de documentar con profusión sus afirmaciones a través de estudios de campo realizados por él mismo o por otros colegas, logró una exposición, retórica y quizá socialmente más afortunada, obteniendo una amplia aceptación entre sus contemporáneos estudiosos.[1] Cabe recordar entre ellos a Darwin, quien se vio influenciado por sus conceptos durante el viaje que realizó de 1831 a 1836 en el Beagle en el que estudió numerosas áreas de la biología y la geología. Lyell, en efecto, había dedicado el volumen II de sus Principles of Geology al estudio de las teorías de la transmutación de las especies y a la investigación de la diversidad biogeográfica en el planeta y de sus posibles causas, incluyendo la importancia del tiempo transcurrido.

En esa misma primera mitad de siglo, otros investigadores contribuyeron a la configuración de un corpus de ideas que trazaría la futura investigación sobre la antigüedad humana y la evolución del nuestra especie.

Boucher de Perthes: artefactos y fauna extinta.

Boucher de Perthes (1788-1868)
Boucher de Perthes (1788-1868)

En Francia, entre los años treinta y cuarenta del siglo XIX, Jacques Boucher de Crèvecoeur de Perthes (1788-1868) quien se desempeñaba como funcionario de aduanas y se había aficionado a la exploración de los alrededores del valle de La Somme[2], realizó hallazgos de utensilios de pedernal asociados a fauna extinta.

Al analizar los contextos en que se encontraban empezó a considerar la idea de que el hombre tenía una mayor antigüedad de la que se le reconocía y que además había coexistido e interactuado con animales que ya se habían extinguido. Presentó estas ideas primero en Abbeville, en donde era presidente de la Société Royale D’émulation y posteriormente a través de publicaciones[3]. El planteamiento que hizo no ganó muchos adeptos en el pensamiento científico de su momento, pero posteriormente sí obtuvo un cierto reconocimiento sobre la validez de sus datos y puntos de vista (Boucher de Perthes, 1860/1962: 83-93). En su exposición se encuentran algunas ideas que ya habían sido expuestas por John Frere en otro tiempo y lugar y sobre material arqueológico distinto ante la sociedad de anticuarios inglesa: la constatación, a través de estos materiales, de una antigüedad humana, una época en que la vida del ser humano había estado ligada a cierta fauna que ya no existía más.

Museo Boucher de Perthes en Abbeville, Francia.
Museo Boucher de Perthes en Abbeville, Francia.

Con la publicación posterior de El origen de las especies (1859), las palabras e investigaciones de Boucher de Perthes cobraron relevancia. Como se sabe, el libro de Darwin constituyó un hito en el pensamiento biológico y promovió una transformación de gran importancia en el pensamiento científico de la época sobre el lugar del hombre en la naturaleza y su antigüedad sobre la tierra. Influenciados por la lectura de este libro, Joseph Prestwich y John Evans, investigadores ingleses cercanos a Charles Lyell, decidieron viajar a Francia para visitar a Jacques Boucher de Perthes y constatar por sí mismos la veracidad de sus afirmaciones, que en efecto confirmaron. Al regresar a Londres presentaron ante la Royal Society of London y ante la Society of Antiquaries of London sus observaciones personales y consideraciones sobre la existencia de hachas de mano en estratos muy antiguos del Valle de La Somme, en los cuales también aparecían restos de fauna extinta. Pocos meses después Lyell apoyó en público sus afirmaciones (Daniel, 1968: 38-40). En su exposición ante la Royal Society, Prestwich recuperó y recordó el antiguo escrito de Frere arriba mencionado, que trataba sobre diversas armas de pedernal encontradas en Hoxne, Suffolk, y que había sido publicado en la revista Archaeologia en 1800. En este texto se afirmaba la existencia de una asociación entre artefactos antiguos y fauna extinta, lo que respaldaba la hipótesis de una gran antigüedad humana. Al preguntarse retóricamente el porqué del rechazo a Boucher de Perthes y a otros autores, Prestwich conjeturó que diversos factores de poca importancia habían minimizado la importancia de los hallazgos y que lo mismo había sucedido con este antiguo texto. La comunicación termina con una afirmación del autor, apoyada por su compañero de viaje John Evans, asegurando que las capas en las que Boucher de Perthes había encontrado sus implementos estaban completamente imperturbadas (Prestwich, 1859: 59), lo que reflejaba, a mi entender, la idea de que los percibían como contextos primarios de gran autenticidad.

Río La Somme, Abbeville, Francia.
Río La Somme, Abbeville, Francia.

Frere, Lyell, Boucher de Perthes, Darwin, se cuentan entre los principales pensadores que propusieron elementos para considerar la idea de una gran antigüedad humana y su coexistencia en épocas antiguas con fauna ya desaparecida. Esta idea, junto con la darwiniana de que el hombre proviene de una forma inferior serían las bases sobre las que se asentaría la investigación posterior de la línea ancestral de la especie humana.

Los siglos XVIII y XIX proveen, o refuerzan, los supuestos principales que contribuyeron a la configuración de los estudios sobre antropogénesis y en particular sobre la arqueología del Paleolítico. Podrían enumerarse así:

  • Se reconocieron ciertos artefactos líticos como evidencias de acción humana (Frere)[4].
  • Se reconoció la asociación de estos útiles con fauna extinta y por tanto, como evidencia de una gran antigüedad humana (Frere, Boucher de Perthes, Prestwich, Evans).
  • Se reconoció la relevancia de la posición estratigráfica de los útiles en la interpretación de su temporalidad (Frere, Boucher de Perthes, Prestwich, Evans).
  • Se aceptó una gran antigüedad de la vida en la Tierra por pruebas geológicas (Hutton, Lyell, Darwin).
  • Se consideró a los procesos geológicos constantes y rutinarios como los principales modeladores de la faz de la tierra (Hutton, Lyell).
  • Se reconoció a los estratos geológicos como informadores de estos procesos (Hutton, Lyell, Cuvier, Smith).
  • Se identificó la importancia de relacionar ciertos fósiles con ciertos estratos para identificar temporalidad relativa (Cuvier, Smith).
  • Se formuló un sistema de Edades con el cual podía interpretarse la historia del hombre (Thomsen).
  • Se formuló la idea de la evolución del hombre (Darwin, Huxley).

Estos supuestos se constituyeron en claves para el trazado de las líneas de investigación sobre hominización y humanización que se desarrollaron ulteriormente y que aún hoy se cuentan entre sus fundamentos.

Aura Ponce de León, mayo de 2015.


Referencias.

Antiquités Celtiques et Antediluviennes - Gallica-Biblioteca Nacional de Francia
Portada de Antiquités Celtiques et Antediluviennes – Gallica

Boucher de Perhes, M. (1847 (edición) / 1849 (publicación) ), Antiquités Celtiques et Antédiluviennes. Memoire sur L’Industrie Primitive et Les Arts a Leur Origine, Paris, Libraires: Treuttel et Wurtz, Debache, Dumoulin et Victor Didron.

Boucher de Perhes (1860/1962), “On Antediluvian Man and His Works”, in: Heizer, R, 1962, Man´s Discovery of his Past. Literary Landmarks in Archaeology, Englewood Cliffs, N. J., Prentice Hall, pp. 83-93.

Daniel, G. (1968), El concepto de prehistoria, Barcelona, Labor [original: 1960, The idea of prehistory, Londres, Watts & Co].

Frere, J. (1800), “Account of Flint Weapons Discovered at Hoxne in Suffolk”, Archaeologia, Vol. XIII, pp. 204-205.

Hutton, J. (1795), Theory of the Earth. With Proofs and Illustrations. V. I., Edinburgh, Messrs Cadell, Junior and Davies, London; and William Creech, Edinburgh.

Huxley, T. H. (1863/1911), Man’s Place in Nature. And other Anthropological Essays, Londres, MacMillan and Co.

Lyell, Ch. (1830, 1832, 1833), Principles of Geology, being an Attempt to Explain the Former Changes of the Earth’s Surface, by Reference to Causes now in Operation. London, John Murray, Vols. I (1830), II (1832) y III (1833).

Mercatus, M. (siglo XVI (manuscrito) /1717 /1962), “On Ceraunia Cuneata”, in: Heizer, R, 1962, Man´s Discovery of his Past. Literary Landmarks in Archaeology, Englewood Cliffs, N. J., Prentice Hall, pp. 63-67.

Prestwich, J. (1859), “On the Ocurrence of Flint Implements, Associated with the Remains of Extinct Mammalia, in Undisturbed Beds of a Late Geological Period”, Proceedings of the Royal Society of London, Vol. X, art. IX, pp. 50-59, received May 26, 1859: <http://rspl.royalsocietypublishing.org/content/10/50.full.pdf+html>


Notas.

[1] Considérese, por ejemplo, su argumento a favor de considerar que las diversas causas de modificación geológica del planeta operaban hoy igual que ayer —el planteamiento uniformitarista que, como señalé, ya había sido sostenido por Hutton: «Escuchamos de revoluciones del globo repentinas y violentas, de elevaciones instantáneas de cadenas montañosas, de paroxismos de energía volcánica declinando en violencia de acuerdo a algunos, e incrementándose, de acuerdo a otros, desde las edades más tempranas hasta las más tardías. Se nos habla de catástrofes y de una sucesión de diluvios, o de la alternancia de periodos de reposo y desorden, del enfriamiento de la tierra, de la súbita aniquilación de razas enteras de animales y plantas, y de otras hipótesis en las cuales vemos el antiguo espíritu de especulación revivida y un deseo manifiesto de cortar, más que desatar pacientemente, el nudo gordiano.»

«En nuestro intento por desenmarañar estas difíciles cuestiones, debemos adoptar un curso diferente, restringiéndonos por nuestra cuenta a lo conocido o a la posible operación de causas existentes, con la certeza de que aún no hemos agotado los recursos que el estudio del actual acontecer de la naturaleza puede proveer, y que por tanto no estamos autorizados, en la infancia de nuestra ciencia, a recurrir a agentes extraordinarios». (Lyell, 1833: 6)

[2] El Departamento de Somme y el río del mismo nombre se encuentran en la región de Picardie, al noroeste de Francia.

[3] Véase su libro sobre Antigüedades célticas y antediluvianas (editado en 1847, y publicado en 1849).

[4] Aunque ya Mercati lo había señalado en el siglo XVI (Mercatus, siglo XVI /1717 /1962), Frere es reconocido por la comunidad arqueológica como el principal apuntador de esta asociación.


Edades para la historia de la humanidad

Christian Jürgensen Thomsen mostrando la colección del Museo de Copenhague
Christian Jürgensen Thomsen mostrando la colección del Museo de Copenhague

Durante el primer tercio del siglo XIX se formuló la idea, fundamental para la arqueología, que se afana por periodizar, de que el hombre desde su origen hasta los tiempos presentes había transitado por ciertas etapas de desarrollo tecnológico, identificables en sus restos culturales. Esto ocurrió en Dinamarca, y se señaló que estos periodos podían apreciarse en las colecciones materiales del Museo de la Universidad de Copenhague. Primero hubo, se dijo, una Edad de la Piedra, a la que le siguió una Edad del Bronce y posteriormente una del Hierro. A esta idea se le llamó el Sistema de las Tres Edades y fue propuesta por Christian Jurgensen Thomsen al organizar la colección del Museo, alrededor de 1819[1].

La idea de que a una etapa de los metales había antecedido una etapa de la piedra no era nueva. Ya en el siglo XVI Michel Mercatus[2] (1541-1593) había dejado un manuscrito al respecto, que fue editado más de 120 años después, en 1717. En él, Mercatus discute sobre las piedras llamadas Ceraunia que, se consideraba, eran piedras producidas por la acción de los relámpagos, ya sea porque éstos las traían consigo, o porque las producían al golpear la tierra. En este texto Mercatus aventura la idea de que son objetos producidos por el hombre y de que, históricamente, al uso del hierro le había precedido el uso de la piedra para fabricar instrumentos y armas de guerra. Ceraunia, consideraba, no pertenece a una clase natural pues son objetos que fueron hechos artificialmente.

Ceraunia es abundante en Italia, donde es popularmente llamada ‘Sagitta’ (flecha), pues la forma en que está tallada es la de un arma triangular, hecha de sílex, delgada y dura. Se sostienen dos opiniones con relación a esto. La mayoría de los hombres creen que es depositada por los relámpagos. Aquellos que estudian historia piensan que antes del uso del hierro fue tallada a partir de piedras más duras, para ser usada en esa locura que es la guerra. […] Nos sentimos satisfechos sin embargo, si hemos podido mostrar que Ceraunia de esta clase ha sido producida por los antiguos [hombres]. Esto se demuestra por su material y forma, se ve apoyado por su nombre, y se confirma, finalmente, por su uso. Si esto puede ser probado como cierto, entonces Ceraunia no debe ser incluida en la categoría de sustancias idiomórficas, pues podría haber sido hecha artificialmente[3].

La Edad de la Piedra, la Edad del Bronce y la Edad del Hierro

En 1836 Thomsen publicó la primera guía del Museo de Dinamarca, en la que expuso sus ideas sobre las tres épocas en que había transcurrido la vida del hombre[4].

Lo que queremos establecer puede ser considerado sólo como conjeturas que seguramente serán mejor clarificadas, y verificadas o modificadas por las observaciones y el estudio de estos objetos por varios expertos. Para facilitar este estudio, asignaré nombres particulares a los varios periodos cuyos límites sin embargo, no pueden ser definidos con exactitud.

La Edad de Piedra, o el periodo en que armas e instrumentos fueron hechos de piedra, madera, hueso y materiales similares, y en el cual los metales fueron conocidos o muy poco o nada. […]

La Edad de Bronce, en la cual las armas y los utensilios cortantes fueron hechos de cobre o bronce, y en la que el hierro y la plata habían sido o muy poco o nada conocidos. […]

La Edad del Hierro, el tercero y último periodo de los tiempos paganos, en el cual el hierro fue usado por aquellos objetos para los que es particularmente apropiado, por lo que tomó el lugar del bronce para esas cosas […][5].

Estos conceptos contribuyeron a formar una idea general sobre cómo había transcurrido la historia humana y, debido a que no se concentraba particularmente en historias locales, trajo consigo cierta lectura del tiempo humano que posibilitó comprender de una cierta manera la historia de la humanidad: ésta podía entenderse como una sucesión ordenada de distintos estadios de desarrollo tecnológico. La clasificación de los tiestos empezaba a rendir frutos en la interpretación de la historia humana. Por primera vez los estudiosos de los bienes antiguos, curadores de museos, coleccionistas, tenían un modelo contra el cual cotejar el cúmulo de objetos que atesoraban, una propuesta para organizar sus datos. Esta interpretación fue relevante en la historia de la arqueología y marcó, quizá, el inicio de la arqueología moderna, con sus futuros análisis tipológicos: clasificar, organizar, atribuir, se pensó, brindaría elementos para el reconocimiento, el análisis y la distinción de las culturas, tanto en lo espacial como en lo temporal.

Contribuciones de la geología

Recuérdese que en 1833, casi paralelamente a estos eventos, había sido publicado por Charles Lyell el último volumen de la trilogía The Principles of Geology, que tuvo gran influencia en la estructuración del pensamiento geológico y biológico de la época. Lyell había analizado y destacado lo más importante de las ideas de muchos científicos de su época y de épocas anteriores, entre ellos Hutton[6] y había formulado sus propias conclusiones, logrando, con su amplia y fundamentada exposición, que algunos de los principales personajes de la ciencia de su época aceptaran sus planteamientos respecto del largo tiempo de existencia de la Tierra: los estratos de la superficie terrestre se habían formado más bien con lentitud y se debían en gran medida a fenómenos naturales similares a los que se podían apreciar en ese momento y muy rara vez debido a catástrofes. Este replanteamiento de ideas exigía de la Historia Natural una enorme ampliación del tiempo de la vida en la tierra para dar cuenta de las condiciones actuales de la corteza terrestre y de los restos fósiles que en ella se encontraban. Era pues, un tiempo de ideas de la larga historia de la vida de la Tierra y de la vida del ser humano en ella.

Aura Ponce de Léon, diciembre de 2014.


Referencias.

Childe, V. G. (1956/77), Introducción a la Arqueología, Barcelona, Ariel [original: A short Introduction to Archaeology, Londres: Frederik Muller Ltd., trad. de Ma. Eugenia Aubet].

Clarke, D. L. (1968/84), Arqueología Analítica, Barcelona, Bellaterra [original: Analytical Archaeology, Londres, Methuen & Co., revisión de Bob Chapman, trad. de Bellaterra con supervisión de Ma. Eugenia Aubet, Joan Miró i Matller y F. Riera i Doménech].

Daniel, G. (1968), El concepto de prehistoria, Barcelona, Labor [original: 1960, The idea of prehistory, Londres, Watts & Co., trad. de Ramiro Sánchez Sánz].

Heizer, R. (1962), Man´s Discovery of his past. Literary Landmarks in Archaeology, Englewood Cliffs, N. J., Prentice-Hall.

Lyell, Ch. (1830, 1832, 1833), Principles of Geology, being an Attempt to Explain the Former Changes of the Earth’s Surface, by Reference to Causes now in Operation. London, John Murray, Vols. I (1830), II (1832) y III (1833).

Mercatus, M. (manuscrito siglo XVI/1717/1962), “On Ceraunia Cuneata”, in: Heizer, R, 1962, Man´s Discovery of his Past. Literary Landmarks in Archaeology, Englewood Cliffs, N. J., Prentice Hall, pp. 63-67.

Mortillet, G. de (1883/1885), Le préhistorique, Antiquité de l’homme, Paris, C. Reinwald.

Thomsen, C. J. (1836/1962), “The Various Periods to which Heathen Relics can be Assigned”, in: Heizer, R., 1962, Man´s Discovery of his Past. Literary Landmarks in Archaeology, Englewood Cliffs, N. J., Prentice Hall, pp.21-26.


Notas.

[1] Véase la introducción y el capítulo II de Mortillet, 1883/1885; véase también Daniel, 1968, p. 28, y Childe, 1956/77, p. 48).

[2] Mercatus fue un naturalista a cargo, por cierto tiempo, de los jardines botánicos del Vaticano (Clarke, 1968/84: 4). Fue también médico del Papa Clemente VIII. Escribió acerca de diversos temas que por su posición en la sede religiosa tuvo oportunidad de conocer, por ejemplo algunos tipos de objetos de piedra clasificados entonces como Ceraunia cuneata y Ceraunia vulgaris (Heizer, 1962: 62).

[3] Mercatus, manuscrito siglo XVI/1717/1962: 65, 67.

[4] Thomsen, 1836/1962: 21-26.

[5] Íbidem, 21-2.

[6] Lyell, 1830: 60


Imagen de Thomsen albergada en wikipedia.

Parte de este texto proviene del libro Arqueología cognitiva presapiens, de la autora, 2005, México, CEFPSVLT.

Procesos de la Tierra y formación de estratos: geología y pensamiento arqueológico

En la formación de la idea de una arqueología del Paleolítico dentro del pensamiento arqueológico influyeron algunas ideas de la ciencia de finales del siglo XVIII. La geología empezaba a delinear una nueva visión sobre la Tierra en los círculos científicos, que incluía la noción de una gran antigüedad tanto de la Tierra como de la vida en ella. En 1785 James Hutton (1726-1797) había expuesto ante la Royal Society of Edinburgh, a la que pertenecía, sus reflexiones sobre las leyes que gobernaban la conformación de la Tierra. La exposición, en dos sesiones, la habían llevado a cabo su amigo Joseph Black y el propio Hutton. El texto fue publicado por la misma Sociedad en 1788, bajo el título de Theory of the Earth or an Investigation of the Laws observable in the Composition, Dissolution and Restoration of land upon the Globe. Este escrito forma parte del libro central de Hutton, del que fueron publicados dos volúmenes en 1795, Theory of the Earth, with Proofs and Illustrations.

Portada de la publicación Transactions of the Royal Society of Edinburgh, en donde Hutton publicó Theory of the Earth; or an investigation of the laws observable in the composition, dissolution, and restoration of land upon the Globe (1788)
Portada de la publicación Transactions of the Royal Society of Edinburgh, en donde Hutton publicó Theory of the Earth or an investigation of the laws observable in the composition, dissolution, and restoration of land upon the Globe (1788)

En este texto Hutton se proponía llegar a una visión general del mecanismo que regulaba la Tierra. En él, se interesó por comprender cuáles características tenía la Tierra que posibilitaban la existencia de la vida y formuló conceptos para explicar ciertos procesos sucedidos en ella. Expuso que para analizar lo que llamaba el sistema de la Tierra, era necesario analizar las fuerzas operantes en ella pues se conocía poco, más allá de su existencia,  sobre fuerzas poderosas tales como la electricidad, el magnetismo y su calor interno. Se sabía de su existencia, pero nada más. También podían percibirse a diario otras fuerzas y condiciones que operaban en la modificación del planeta: el viento, la lluvia, las pendientes. Todas ellas contribuían a deslavar el suelo y llevarlo hacia el mar, a destruir lentamente la roca firme, a formar el suelo sin el cual no sería posible la vida animal y vegetal[1]. Expresó también que, en lo que se refiere a la presencia del ser humano, no se tenían más datos que la historia escrita, la cual era insuficiente porque se remontaba a muy poco tiempo atrás.

Empero, señalaba, en lo que se refería a otros habitantes de la Tierra, especialmente los del mar, se contaba con restos calcificados de animales que habrían vivido, a juzgar por su naturaleza, hacía larguísimo tiempo. Por ello, se propuso juzgar el tiempo pasado a través de las observaciones que él o sus contemporáneos podían hacer directamente sobre el mundo[2]. En sus palabras:

Examinando las cosas presentes tenemos datos con los cuales razonar respecto de lo que ha sido; y de lo que ha sido actualmente tenemos datos para concluir respecto de lo que sucederá en adelante. Por consiguiente, sobre el supuesto de que las operaciones de la naturaleza son regulares y estables, encontramos en las evidencias naturales medios para concluir que cierta porción de tiempo ha transcurrido necesariamente en la producción de esos eventos de los cuales vemos los efectos. …Es así que al encontrar vestigios de animales marinos de cualquier clase en el cuerpo sólido de nuestra tierra, se forma una historia natural de esos animales que incluye una cierta porción de tiempo; y para averiguar esta porción de tiempo debemos otra vez recurrir a las operaciones regulares de este mundo. Debemos así arribar a datos que indican un periodo que ninguna otra especie de cronología es capaz de remontar[3].

Hutton no aventuró una medida exacta del tiempo que calculaba, pero defendió a lo largo de su texto la noción de que los procesos que habían dado forma a la superficie terrestre habrían sido semejantes en tiempo y en magnitud, a los que en ese momento se podían observar. Se trataba en su mayoría de procesos continuos, constantes, prácticamente imperceptibles; algunos de destrucción y otros de formación química o física de los estratos, formas y superficies terrestres. Sólo ocasionalmente podría admitirse, señalaba, la ocurrencia de fenómenos de tipo catastrófico. De hecho expuso la idea de que el tiempo de existencia de la Tierra era indefinido pues cada nueva formación o modelación de la superficie terrestre debía tener un antecedente, no podía haber surgido de la nada:

Es decir, el mundo que habitamos está compuesto de materiales, no de la tierra que fue predecesora inmediata de la actual, sino de la tierra que, a partir de la actual, consideramos la tercera […] Aquí están tres distintos periodos sucesivos de existencia y cada uno es, en nuestra medida del tiempo, una cosa de duración indefinida[4].

Las ideas de Hutton fueron conocidas como plutonismo, por la importancia que daba a la fuerza que provenía del calor interno de la Tierra[5]. También se identificaron como parte del pensamiento uniformitarista, pues abogaba por la búsqueda de causas uniformes en la modificación terrestre, semejantes a las presentes[6] [7].

Las teorías con las cuales Hutton estaba estableciendo controversia eran varias. Por un lado, estaba la idea de que el diluvio universal había sido la fuerza que diera forma a la superficie terrestre, defendida, entre otros, por Burnet, Woodward y Whiston. Los diluvistas se basaban en el relato bíblico y sus ideas prevalecieron durante los siglos XVII y XVIII y fueron continuadas por los llamados geólogos bíblicos durante la primera mitad del XIX[8]. A la idea de que el diluvio transportó materiales que luego, al retirarse las aguas, se depositaron modificando la estructura original de la Tierra, Hutton oponía la idea de procesos más simples, cotidianos, de arrastre y erosión, por viento o agua, así como procesos de cambio en la Tierra producidos por el calor interno que ésta generaba. Otra teoría con la cual Hutton debatía era el neptunismo, sostenido por Werner en la segunda mitad del siglo XVIII. Werner argüía que originalmente la Tierra era un océano y sus rocas se formaron por precipitación, idea que guardaba algunas semejanzas con la diluvista.

Con el debate de Hutton se sentaron las bases para la ulterior aceptación de la antigüedad de la Tierra y para la incorporación de la estratigrafía como dato relevante en la interpretación de los procesos naturales de la superficie terrestre.

Cuvier, Smith y otros investigadores.

William Smith, geólogo y estratígrafo inglés.
William Smith, geólogo y estratígrafo inglés.

Diversos investigadores vislumbraron durante esta época la importancia de los fósiles como indicadores de cambios a lo largo del tiempo en las capas estratigráficas. A este grupo pertenecieron, entre otros, el naturalista francés Georges Cuvier y el agrimensor inglés William Smith[9]. Cuvier tuvo enorme influencia en el mantenimiento de una visión catastrofista de la formación de los estratos terrestres, catastrofismo al cual se oponía la propuesta uniformitarista de Hutton[10], empero, sus observaciones sobre la formación de estratos tuvieron gran importancia en el estudio de la formación de las capas de la tierra. A William Smith, por su parte, se le reconoce un importante papel precursor en la consolidación de la estratigrafía como disciplina de la geología. Silverberg señala:

En 1791, Smith observó que las rocas estaban dispuestas en capas definidas o estratos. Cada estrato tenía su propio aspecto distintivo y sus propios fósiles especiales, que nunca aparecían en otros niveles. Los estratos de aspecto similar, en muy distantes zonas, tenían fósiles semejantes. De manera que un determinado fósil podía ser la clave de la identidad de un estrato.

Fue el principio del conocimiento de la estructura de la tierra. Cuanto más profundo era el estrato, éste era más antiguo y más viejos eran los fósiles que contenía. Se desarrolló una especie de cronología relativa. Fue posible determinar que un fósil dado era más antiguo o más reciente que otro… aunque nadie tenía ninguna idea real de cuál era la edad real de uno y otro, en años[11].

Como otros, también el texto de Hutton hubo de esperar algunos años para ser situado en algún lugar de relevancia en el pensamiento científico, que en realidad le correspondía. Esto sucedió unos treinta años después, cuando Charles Lyell volvió al tema en sus Principles of Geology, que comentaremos en otra ocasión.

De los geólogos de finales del siglo XVIII y principios del XIX la arqueología recibió algunas concepciones importantes. De Hutton, su primer acercamiento a la idea de una gran antigüedad de la vida en la Tierra y su visión de los procesos que transforman el registro geológico como una serie de procesos continuos, uniformes, sucedidos lentamente a lo largo de miles de años. De Cuvier, naturalista, y de Smith y otros estratígrafos, la idea de que a través del estudio de la sucesión de capas en la tierra y su asociación con distintos tipos de fósiles, podrían determinarse los distintos periodos transcurridos en la historia de la vida.

 Aura Ponce de León, noviembre de 2014.


 

Referencias.

Behrensmeyer, A. K., Kidwell, S. M., y Gastaldo, R. A. (2000), “Taphonomy and paleobiology”, en: Deep Time. Paleobiology’s Perspective, Erwin, D. H. y Wing, S. L., eds., Special volume for the 25th Anniversary of the journal Paleobiology, USA, The Paleontological Society, pp. 103-147.

Hutton, J. (1795), Theory of the Earth. With Proofs and Illustrations. V. I., Edinburgh, Messrs Cadell, Junior and Davies, London; and William Creech, Edinburgh.

Pelayo, F. (1991), Las teorías geológicas y paleontológicas durante el siglo XIX, Madrid, Akal [Historia de la ciencia y de la técnica, No. 40].

Silverberg, R. (1964), El hombre antes de Adán, México, Diana [original: Before Adam, Macrae Smith Company].


 

Notas.

[1] Hutton, 1795: 2-17.

[2] Íbid: 18-20.

[3] Íbid: 19-20.

[4] Íbid: 199-200.

[5] Pelayo, 1991: 11-13 (muy interesante texto sobre las ideas geológicas y paleontológicas del siglo XIX).

[6] Íbidem.

[7] Por su análisis de los distintos fenómenos que modificaban la tierra, Hutton podría ser reconocido como un precursor de la moderna tafonomía, disciplina a la que recurren la arqueología y la paleoantropología para analizar los procesos de configuración del registro arqueológico y paleontológico. Behrensmeyer, Kidwell y Gastaldo (2000: 103), señalan que la tafonomía “fue definida primero por Efremov en 1940 [Efremov, J. A., 1940, “Taphonomy: new branch of paleontology”, Pan american Geologist 74: 81-93] como «el estudio de la transición (en todos sus detalles) de los restos animales de la biosfera a la litosfera»”. También señalan que Behrensmeyer y Kidwell [1985, “Taphonomy’s contributions to paleobiology”, Paleobiology 11: 105-119] caracterizaron a esta disciplina como «el estudio de procesos de preservación y cómo éstos afectan la información en el registro fósil». A mi entender, la tafonomía es un campo general de investigación orientado a entender los procesos por los cuales se forman los registros arqueológico, geológico y paleontológico desde una perspectiva multi y transdisciplinar. Se recurre para ello a muchas subespecialidades de la química, la biología, la geología, la física y otras ciencias.

[8] Pelayo, 1991: 10-11.

[9] Íbid: 14-15

[10] Íbid: 20-22

[11] Silverberg, 1965: 25-26

 


Parte de este texto proviene del libro Arqueología cognitiva presapiens, de la autora, 2005, México, CEFPSVLT.

 

Primatología y antropología en el estudio de la evolución humana

Irven DeVore / 1934 –2014.
In memoriam.

El martes 23 de septiembre de 2014 falleció Irven DeVore, etólogo, antropólogo, gran investigador de la conducta primate, por ejemplo de babuinos y humanos. Profesor de la Universidad de Harvard, de celebrada capacidad docente y conferencista, fue también curador del área de primatología del Peabody Museum of Archaeology and Ethnology de la misma universidad.

Niños del Kalahari
Niños del Kalahari

Irven DeVore fue uno de los pioneros en la investigación de la conducta primate a partir de métodos y perspectivas de la antropología y también lo fue en la realización de trabajos etnográficos con fines comparativos para entender la evolución humana, a través de un proyecto de investigación de largo plazo entre los !Kung San del desierto del Kalahari, uno de los últimos grupos de cazadores recolectores del mundo. Fue motivado y auspiciado en sus trabajos iniciales por su mentor, Sherwood L. Washburn, a quien puede señalarse como uno de los padres de la antropología física moderna; a ellos se deben algunas de las principales líneas de investigación que hoy en día se siguen en el estudio de la evolución humana. En lo que sigue, se describirá brevemente el contexto en el que nacieron esos estudios.

Ernst Mayr señala que la síntesis moderna de la biología, que podría ubicarse entre 1936 y 1950 fue, más que una revolución del conocimiento, la fusión de distintas disciplinas que hasta ese momento se encontraban dispersas, para el establecimiento de un campo. Áreas de la biología que hasta 1936 se habían desarrollado de manera independiente, sobre todo la genética, la sistemática y la paleontología, establecieron un diálogo y un intercambio de información y conocimientos que condujo a sus principales exponentes a la incorporación a sus análisis de conocimientos desarrollados en las otras disciplinas. Mayr describe que hacia 1920 la comunicación entre estos especialistas, cuando se realizaban reuniones, era mínima o inexistente, puesto que prácticamente no compartían enfoques. Se trataba de campos tan separados de conocimiento como si pertenecieran a disciplinas completamente distintas. Sin embargo en pocos años, a partir de que algunos de los científicos naturalistas, principalmente taxónomos y paleontólogos, se adentraran en las complejidades de la genética, se efectuó una unificación. Entre los logros fundamentales que Mayr refiere estuvieron: a) el descarte de teorías que competían con la selección natural, como el neolamarckismo, la ortogénesis y las teorías saltacionistas; b) el reconocimiento de la distinción entre genotipo y fenotipo, c) la incorporación del pensamiento geográfico a la síntesis, con lo que se abordaron los problemas de diversificación de especies, el concepto biológico de especie y la especiación en la macroevolución, d) la incorporación del pensamiento poblacional a la genética, y e) la introducción de un enfoque holístico para la comprensión de la evolución. La evolución para los naturalistas de la síntesis, señala Mayr, consistía en un conjunto de procesos de los que había que estudiar muchos aspectos: genes, órganos, relaciones, conductas, entre otros, y ello en distintos niveles, por ejemplo en el nivel individual y el poblacional. Era este el panorama que la biología en su conjunto presentaba a los científicos a mediados del siglo pasado. [1]

En 1951 Sherwood L. Washburn, entonces profesor de la Universidad de Chicago, publicó un interesante texto en el que reflexionó sobre la antropología física como un caso particular del estudio de la evolución. En “The New Physical Anthropology” mostró que el objeto de estudio de la antropología física era, en ese momento, la comparación de lo que podrían considerarse productos o resultados de la evolución y no, como quizá debería y podría ser, el análisis de los procesos ocurridos. Así, la antropología física se dedicaba a describir, tomar medidas, hacer estadísticas, clasificar. Tomaba como objetos de estudio temas considerados vigentes en ese tiempo, tales como las razas, el crecimiento, los criminales, los tipos constitucionales. Tal orientación de la antropología física, concluía Washburn, debía cambiar: el objeto de estudio debía ser la búsqueda de la comprensión de los mecanismos del cambio evolutivo. ¿Cuáles habían sido, por ejemplo, los procesos de selección que tuvieron como resultado a la especie humana? Se sabe, señalaba, que la modificación de las frecuencias genéticas “resulta en evolución […] pero la selección del fenotipo, la adaptación de los animales a su ambiente, es la causa primaria de alteración en sus frecuencias genéticas” [2]. Por tanto, llegaba a la conclusión de que lo que había que estudiar eran aquellos elementos que podría conjeturarse que se habían seleccionado.

Propuso entonces que para comprender el cuerpo humano como conjunto habían de considerarse los tres “complejos funcionales” [3] de que se componía, que probablemente habían evolucionado de forma separada: a) el cráneo y el cerebro, b) el tórax y los brazos, y c) la pelvis y las piernas. Para entender la evolución de cada complejo funcional había que empezar por identificarlo y describir sus variaciones posibles y tratar de descubrir cuál era el soporte genético de estas variaciones. Para sopesar debidamente el valor de la información que nos proporcionan los fósiles, había que comparar esos hallazgos con lo que sabemos de primates vivos, entre los que se encuentran grandes diferencias incluso al interior de la especie. Un fósil puede con facilidad conducir a confusiones, pensaba, pues en muchas ocasiones no es claro si se trata de un macho y una hembra de una misma especie, o dos miembros de distintas especies, o miembros de distintos rangos de edad dentro de una misma especie. Puesto que estas confusiones pueden encontrarse en el estudio de primates vivos, con mayor razón era posible el error cuando se trataba con fósiles [4], que podemos considerar muestras incompletas de piezas no necesariamente diagnósticas.

Washburn proponía, pues, utilizar distintos conjuntos de información, provenientes de distintas disciplinas y de distintas metodologías de análisis para producir hipótesis o conjeturas sobre los caminos que había tomado la evolución humana. Señalaba: “El cambio es esencialmente de énfasis. Si la Antropología Física tradicional era 80 por ciento mediciones y 20 por ciento se dedicaba a la herencia, al proceso, a la anatomía, entonces en la nueva Antropología física las proporciones deben ser aproximadamente las contrarias”. [5]

El estudio de los primates.

En “The Analysis of Primate Evolution with Particular Reference to the Origin of Man” [6], Washburn amplía su crítica a los enfoques tradicionales –“la tradición descriptiva”, le llamaba. Si el problema era cómo había de estudiarse la evolución humana, entonces había que estudiar la evolución primate. El campo de la paleontología humana estaba sumergido en un estado de confusión y de grandes discrepancias. Había una abundancia artificial de especies propuestas a partir de pocas piezas fósiles y no se proponían vínculos entre estos especímenes y una explicación evolutiva general en su conjunto. El trabajo estaba orientado a describir los datos que se suponía eran relevantes, por ejemplo capacidad craneal, sexo, parte del organismo al que pertenecía, probable pertenencia a una especie, entre otros datos, sin enmarcarlos en una interpretación general de los procesos evolutivos. Predominaba la anatomía comparativa, de la que no necesariamente podían obtenerse conclusiones confiables, y la tipología de los restos fósiles.

Entender al humano como miembro del orden Primates implicaba tratar de identificar cuáles fueron los principales procesos adaptativos que condujeron a su aparición a partir de la aparición del orden. Para Washburn, en los grandes grupos taxonómicos de los primates podían identificarse esas radiaciones. La primera, que separó al orden de otros mamíferos, fue la adquisición de una capacidad de asimiento en las extremidades, principalmente en los miembros anteriores. Esta radiación está representada por los lemures que, pese a ser tan distantes filogenéticamente del hombre pertenecen al orden pues conservan esta especialización. La siguiente fue un desplazamiento de la dominancia del sentido del olfato al sentido de la vista, representada taxonómicamente por los monos. Humanos, antropoides y monos, compartimos esa dominancia de sentido. La tercera fue una adaptación a la locomoción braquiadora, representada por los simios, y presente tanto en ellos como en el hombre, si bien subutilizada, aunque debe señalarse que algunos monos también poseen este rasgo, y, por último, el bipedismo o bipedalismo, una adaptación homínida y prácticamente humana si se considera en su forma más acabada. Ya dentro del linaje humano otros rasgos específicamente nuestros, como el gran cerebro, fueron favorecidos por la selección natural. [7]

Así pues, la idea de acudir a datos provenientes del orden Primates para comprender la hominización fue fortaleciéndose.

A finales de los años cincuenta Washburn gestionó fondos para la investigación de primates en libertad e invitó a sus alumnos Irven DeVore y Phillys Jay, a iniciar trabajos de investigación. Así, DeVore inicia un trabajo pionero con babuinos en el Parque Nacional de Amboseli en Kenya y Phillys Jay (posteriormente Phyllis Jay Dolhinow) se orienta a trabajar langures en la India. Como resultado de este trabajo, DeVore estableció rutas novedosas para estudiar la conducta primate que se han continuado por largo tiempo. Documentó audiovisual y fotográficamente su trabajo, de lo cual surgió un filme premiado, Baboon Behaviour, en1963. Él y Washburn escribieron “The Social Life of Baboons” (1961), un artículo que impulsó muchas investigaciones y al que siguieron muchas otras publicaciones. En este artículo propusieron el que llegó a conocerse como el “modelo babuino” de la evolución humana –el inicio de la aparición de numerosos modelos. Ya desde ese estudio se conceptualizan diversos fenómenos que aún hoy en día se utilizan de forma amplia en la primatología, por ejemplo el papel del grupo como protector, el establecimiento de grupos masculinos, la dominancia, los lazos sociales, todo ello en una perspectiva evolutiva, es decir, ponderando el valor adaptativo de cada conducta. En otro artículo abordaremos los interesantes estudios que DeVore, junto con Richard Lee, impulsaron entre los !Kung San del Kalahari.

Aura Ponce de León, octubre de 2014.


Notas.

[1] Mayr, 1992: 142-149.

[2] Washburn, 1951a.

[3] El concepto de “complejos funcionales” debe haber sido tomado por Washburn de W. Le Gros Clark, quien lo utilizó en sus estudios sobre fósiles humanos. Le Gros Clark fue su profesor en un curso que tomó en Inglaterra durante su etapa de doctorado que fue de gran influencia en su formación.

[4] Washburn, 1951a.

[5] Íbidem, p. 303).

[6] 1951b.

[7] (Washburn, 1951b, 1963.


Referencias.

Howell, C. (s/f) Sherwood Larned Washburn, Biographical Memoirs, National Academy of Sciencies, USA.

Mayr, E. (1992) Una larga controversia. Darwin y el darwinismo, Barcelona, Crítica [original: One Long Argument. Charles Darwin and the Genesis of Modern Evolutionary Thought, Cambridge, Mass., Harvard University Press].

Washburn, S. L. (1951a) “The New Physical Anthropology”, en: Transactions of the New York Academy of Sciences, Series II, Vol. 13, No. 7, pp. 298-304, mayo.

(1951b) “The Analysis of Primate Evolution with Particular Reference to the Origin of Man”, en: Strum, S. C., Lindburg, D. G. y Hamburg, D. (eds) (1999) The New Physical Anthropology. Science, Humanism, and Critical Reflection, New Jersey, Prentice Hall, pp. 7-17, [original: (1951) The Cold Spring Harbor Symposia on Quantitative Biology, 15: 67-78].

(1963) “Behavior and Human Evolution”, en: Strum, S. C., Lindburg, D. G. y Hamburg, D. (eds) (1999) The New Physical Anthropology. Science, Humanism, and Critical Reflection, New Jersey, Prentice Hall pp. 261-269, [original: Washburn, S. L., (ed.) (1963), Classification and Human Evolution, New York, Wenner Gren, Viking Fund Publications in Anthropology, pp. 190-203].

(1973) “The promise of primatology”, en: American Journal of Physical Anthropology, Vol. 38, no. 2, marzo, pp. 177-182.

(1983) “Evolution of a Teacher”, en: Annual Review of Anthropology 12, pp. 1-24.


Parte de la información de este texto proviene del artículo “El aporte de Sherwood L. Washburn al pensamiento paleoantropológico moderno”, de la autora, publicado en: El saber filosófico. Sociedad y ciencia, Vol. II, 2007, Martínez Contreras J. & A. Ponce de León, coords., México, Siglo XXI Editores – Asociación Filosófica de México, A.C., pp. 473-480.

  • Imagen de “Niños del Kalahari”, por Sara Atkins albergada en wikipedia.
  • Imagen de babuinos, Aura Ponce de León, 2005.

Los inicios de la arqueología del Paleolítico

Archæology forms, in fact, the link
between geology and history.
John Lubbock, Pre-Historic Times, 1865.

Primeros pasos.

Capas Estratigráficas. Garganta de Olduvai, Tanzania.
Capas Estratigráficas. Garganta de Olduvai, Tanzania.

La configuración de la arqueología como una disciplina científica, dotada de un objeto de investigación, de técnicas de recolección de información y de principios metodológicos con los cuales relacionar datos empíricos con conclusiones se llevó a cabo, al igual que en otras disciplinas de las humanidades, durante la segunda mitad del siglo XIX. La arqueología recibió especial impulso gracias a los desarrollos teóricos de la geología que va de fines del siglo XVIII a mediados del XIX, en particular de la estratigrafía, y posteriormente a partir de 1859, gracias a la revolución conceptual que en biología supuso la aparición de El origen de las especies.

Durante los setenta o cien años anteriores al histórico texto de Darwin, se habían registrado hallazgos aquí y allá, que habían ido contribuyendo a la formación del cuerpo de ideas e información que ulteriormente daría fundamentos a esta disciplina, aunque la aceptación de muchos de estos conceptos tuvo que esperar a su vez a la admisión de la gran antigüedad humana, que sólo cristalizó, o fue relativamente aceptada, en esa segunda mitad del siglo XIX.

El supuesto básico de la arqueología es que el pasado humano puede conocerse a través de sus huellas materiales. O, más modestamente, que ciertos aspectos del pasado humano pueden conocerse de tal manera. Esta clase de indagación se remonta a épocas muy antiguas: hace más de 2500 años ya había personajes que se interesaban por comprender el origen y significado de los vestigios de gran antigüedad que por diversas situaciones llegaban a sus manos. Por ejemplo, se sabe que Nabónides, último rey de Babilonia (gobernó entre 556 y 539 a.C.), encontró restos de una dinastía ancestral a él, probablemente del rey Hammurabi, quien gobernó entre 1792 y 1750 a.C. y los mandó a desmontar con el objeto de investigar más acerca de ellos y averiguar qué tenían que decir[1].

Este espíritu indagador está emparentado con el de diversos estudiosos de la historia que desde los antiguos griegos hasta el presente han reconstruido por diversas vías la historia humana. La diferencia entre unos y otros estriba en que los primeros se han inclinado por interpretarla a partir de los objetos, restos materiales de diverso tipo y contextos, mientras que los segundos ha privilegiado los relatos, ya sean orales o escritos.

Así pues, por muchos siglos han existido en las diversas culturas los estudiosos y coleccionistas de antigüedades, así como los narradores de historias antiguas. Ambos, pero principalmente los primeros, son antecesores de los modernos arqueólogos.

Los anticuarios y los coleccionistas de la Europa que va del siglo XVI a mediados del siglo XVIII, habían desarrollado un gusto y un conocimiento por los objetos de la antigüedad clásica que llegaban a ellos y con los cuales comerciaban. Un grupo de ellos fundó en 1707[2] la Sociedad de Anticuarios de Londres (The Society of Antiquaries of London), e inició en 1770 la edición de la revista Archaeologia, en la cual se publicaron artículos relacionados con colecciones y hallazgos de objetos antiguos. El estudio que realizaba esta Sociedad, así como sus publicaciones, se orientaban al análisis y discusión de aquellos objetos y colecciones que suministraban información acerca de las grandes culturas de la antigüedad reconocidas entonces: Grecia, Roma, Egipto, Persia, Babilonia. Se abordaban también, aunque en menor grado, otros temas de interés, reflejando así la diversidad de inquietudes de los estudiosos del pasado humano. Pero el énfasis principal de ésta época estaba en la investigación de la antigüedad clásica. La etapa más antigua de la humanidad, que hoy llamamos Paleolítico, apenas se vislumbraba.

John Frere.

John Lubbock (1834 - 1913)
John Lubbock (1834 – 1913)

Con la palabra Paleolítico —con sus fases inferior, medio y superior— se designa al periodo más largo de la historia humana, que abarca desde los orígenes de la humanidad hasta la aparición de la agricultura. En otro artículo hemos señalado cómo John Lubbock definió este periodo como el más antiguo de la humanidad, la Antigua Edad de la Piedra o Edad de la Piedra Antigua.

La rama de la arqueología que se especializó ulteriormente en el Paleolítico, reconoce como uno de los momentos fundacionales de su historia la publicación que se hizo, en 1800, de la carta que el inglés John Frere (1740-1802) envió el 22 de junio de 1797 al Rev. John Brand, secretario de la Sociedad[3].

El escrito fue titulado “Account of Flint Weapons Discovered at Hoxne in Suffolk[4]. En su carta, Frere exponía al reverendo Brand el hallazgo de una serie de armas en el condado de Suffolk y sostenía la idea de que, con base en los datos de que disponía, la evidencia sugería que tales armas habían sido fabricadas en épocas muy remotas. Especulaba incluso que tales épocas rebasarían los periodos históricos reconocidos, remontándolas a una época “más allá del mundo actual”. Su idea se fundamentaba en la posición estratigráfica de los materiales que describió: se habían encontrado en estratos muy antiguos, con evidencias de cambios geológicos importantes.

Frere había obtenido información de que en el mismo lugar se habían encontrado vestigios semejantes, pero asociados a restos de fauna desconocida, lo que confirmaba sus especulaciones.

La carta contenía una serie de ideas germinales que posteriormente resultaron fundamentales para la arqueología, especialmente el énfasis en la descripción de la posición estratigráfica de los restos, la percepción de esta clase de restos líticos como elementos culturales y la relevancia otorgada a su asociación con fauna de otra época.

Recuérdese que Frere vivía en una época en la que prevalecía en muchos sectores la idea lanzada desde más de un siglo antes, en 1650, por el arzobispo Ussher: el ser humano había aparecido en la tierra 4004 años a.C. El clérigo había llegado a este dato a través de un análisis detallado de las genealogías del Antiguo y el Nuevo Testamento y su idea estaba ampliamente extendida y ejercía influencia en grandes sectores de la población.

Frere, no obstante, se atrevió a aventurar en su misiva la idea de que podría haber existido una época anterior a ésta, en la que otros hombres habrían poblado la tierra y elaborado útiles. Señala: “La situación en la cual estas armas fueron encontradas puede tentarnos a referirlas a un periodo en verdad muy remoto, incluso más allá del mundo actual”[5]. Consideró como relevante para su análisis tanto la posición estratigráfica como el contexto en que se encontraban los restos, esto último principalmente a través de las asociaciones de fauna que podía establecer y de las características geomorfológicas que configuraban el sitio.

Su exposición, desafortunadamente, no recibió apoyo. El texto, escrito en 1797 y publicado en 1800, no tuvo mayor repercusión. Fue reconocido como texto precursor sólo sesenta años después, cuando los estudiosos ingleses Joseph Prestwich y John Evans se vieron incentivados por la publicación de El origen de las especies y su consecuente debate y decidieron revisar las pruebas que Frere, en Inglaterra, así como Boucher de Perthes, en Francia, habían expuesto años atrás sobre la asociación de instrumentos líticos con fauna extinta. En otro artículo comentaremos la carta de Frere.

Aura Ponce de León, septiembre de 2014.


Notas.

[1] Schnapp, A (1997), “Orígenes de la Arqueología”, ponencia presentada en el Simposio sobre arqueología Europea realizado en el Museo Nacional de Antropología de México, D.F., en diciembre de 1997.

[2] Como lo indica la propia sociedad: http://www.sal.org.uk/about-us/ (texto consultado en 2014), su Royal Charter es de 1751.

[3] Frere, 1800, en el volumen XIII de la revista Archaeologia, The Society of Antiquaries of London.

[4] Frere, 1800.

[5] (Frere, 1800).


Parte de este texto proviene del libro Arqueología cognitiva presapiens, 2005, CEFPSVLT.

  • Imagen de John Lubbock albergada en wikipedia.
  • Imagen de Capas estratigráficas: Garganta de Olduvai, Tanzania, Aura Ponce de León.

El estudio del Paleolítico. Periodizaciones, clasificaciones y nomenclaturas

Decía el poeta Miguel Guardia que la belleza de las obras del hombre le había quitado la manera de aprender otro oficio. Esa frase refleja seguramente parte del pensamiento y sentimiento de quienes se ocupan de estudiar la historia de la humanidad a través de sus huellas materiales: arqueólogos, paleoantropólogos, prehistoriadores, historiadores del arte.

Una de las formas en que las ciencias y las humanidades han abordado el estudio de la historia humana ha sido a través de su división en periodos temporales. Con ello se ha organizado la información, se le ha relacionado con el tiempo y el espacio, y se han podido así entrever algunos de los innumerables capítulos que hay por contar, desde los referidos a los más grandes logros de la ciencia y la tecnología modernas, hasta los de sus humildes inicios, los tiempos paleolíticos. En lo que sigue, revisaremos algunos de los momentos en que se construyeron las principales periodizaciones del pasado humano más remoto que hoy utilizamos.

Edward_Burnett_TylorLa segunda mitad del siglo XIX fue una época de gran efervescencia en cuanto al estudio antropológico; obras muy influyentes que configuraron las diversas disciplinas antropológicas se publicaron en ese entonces: en 1871, Edward Tylor, a quien se considera padre de la antropología británica, publicó Primitive Culture[1] y en 1881 Anthropology: an Introduction to the Study of Man and Civilization[2], proponiendo en estas obras que habría tres etapas identificables en el desarrollo de la humanidad: el salvajismo, la barbarie y la civilización[3]. Lewis Morgan, su homólogo norteamericano, publicó en 1877 su Ancient Society[4] en donde también investigó los posibles estadios por los que había pasado la humanidad, sus formas de organización social y su gran antigüedad.

En lo que se refiere a la arqueología, en 1865 Sir John Lubbock, vecino y amigo de Darwin, publicó Pre-historic Times[5]. En este libro delineó contenidos para el área de estudio que llamó Arqueología Prehistórica, señalando que su campo de estudio habría de abarcar cuatro periodos de la historia antigua de la humanidad: dos correspondientes a la Edad de Piedra, que nombró Paleolítico y Neolítico, y dos a la Edad de los metales: la Edad de Bronce y la Edad de Hierro. Con ello dio nombre a cierta información que diversos arqueólogos, tanto ingleses como franceses, habían ya observado al estudiar los utensilios antiguos: en la manufactura de los útiles de la Edad de Piedra podían diferenciarse grosso modo dos tecnologías: una, más antigua, que señalaba un tiempo en que la piedra era trabajada más burdamente, quizá simplemente golpeada con un percutor de forma tosca; otra, presumiblemente posterior, que mostraba un trabajo más sofisticado que incluía una imposición de forma más definitiva y un trabajo técnico más complejo, incluyendo por ejemplo el pulido, entre otras técnicas. Por eso llamó Lubbock a estas dos etapas Paleolítico (o Arqueolítico), es decir, Antigua Edad de Piedra, y Neolítico, esto es, Nueva Edad de la Piedra[6].

Con el mayor avance tecnológico de la humanidad, aparecieron y se desarrollaron ampliamente nuevas técnicas y conceptos para la investigación de los vestigios materiales de la antigüedad humana, tales como el estudio de su ubicación espacial, tanto estratigráfica como en planta, de la naturaleza y procedencia de su materia prima y de las características funcionales y morfológicas de los útiles. La clasificación tipológica y la excavación cuidadosa comenzaron a ser marcas distintivas de la disciplina.

Daniel[7] señala cómo, por una suerte de inercia producida por la meticulosidad que se dio durante el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX, la ciencia que recién había nacido para dar cuenta del pasado humano, tomó una ruta de sofisticación técnica que la despojó de su vocación original —la búsqueda del entendimiento sobre el pasado humano— y la transformó, por largo tiempo, en un elaborado cuerpo de clasificaciones y nomenclaturas. Muchas de las publicaciones de fines del siglo XIX tenían como objeto mostrar tipologías y ordenamientos de material. Este enfoque ganó gran influencia entre los practicantes de la disciplina, se mantuvo por largo tiempo y aún tiene muchas reminiscencias y ecos.

Gabriel de Mortillet (1821-1898)
Gabriel de Mortillet (1821-1898)

Una obra de esta etapa, de relevancia en la conformación de las clasificaciones de la arqueología prehistórica, la constituyen los diversos escritos de Gabriel de Mortillet. De Mortillet fue un estudioso francés que analizó y clasificó, desde 1865, los útiles e instrumentos que aparecían en la Dordoña y en el valle de la Somme[8].

En sus publicaciones fue describiendo los distintos tipos de utensilios que se encontraban en estas regiones, logrando identificar ciertas agrupaciones homogéneas que podían considerarse conjuntos culturales y que fue nombrando con relación a los lugares en que se encontraban más típicamente. Así, en 1883 define, siguiendo la idea del Paleolítico de Lubbock, cuatro fases paleolíticas para Francia: el chelense, el musteriense, el solutrense y el magdaleniense, en honor a las localidades de Chelles, Le Moustier, Solutré y La Madeleine[9]. De Mortillet amplía el número de sus fases en trabajos posteriores, incluyendo el acheulense por Saint Acheul y el auriñaciense por Aurignac. Muchas de sus denominaciones se utilizan aún hoy, aunque se han reformulado de distintas maneras. Así, por ejemplo, podemos encontrar periodizaciones de la prehistoria europea que van del acheulense al musteriense, al chatelperroniense, al auriñaciense, al gravetiense, al solutrense, hasta llegar al magdaleniense, época casi final del Paleolítico superior, caracterizada por ejemplo por su extraordinaria pintura rupestre o arte parietal.

Este tipo de clasificaciones se elaboraron en diversos países abarcando tanto el Paleolítico como el Neolítico. Fue creándose un conocimiento erudito y especializado de las distintas tipologías definidas regionalmente. En el perfeccionamiento de las técnicas de clasificación puede mencionarse como otra figura importante a A. H. Lane-Fox, mejor conocido como el general Pitt-Rivers, quien centró su análisis en el desarrollo tecnológico y la evolución de los artefactos. Como militar que era, Pitt-Rivers había desarrollado interés por coleccionar y estudiar armas antiguas y modernas. Había observado en sus colecciones cierta regularidad en la aparición y consolidación de las mejoras y consideró que un análisis taxonómico, semejante al que él hacía con el armamento, podía aplicarse a cualesquiera otros artefactos para estudiar su evolución y, consecuentemente, la evolución de la humanidad[10]; partía de las formas más simples a las más complejas. Pitt-Rivers es más conocido por su contribución al diseño y perfeccionamiento de métodos de excavación, pero también fue de gran importancia su contribución en la clasificación y el análisis del material, incluyendo sus hipótesis sobre la temporalidad del mismo.

Es así que este periodo de fines del siglo XIX se caracterizó por la construcción de nuevas visiones sobre las posibles etapas por las que había pasado la humanidad y por un énfasis particular en la clasificación y taxonomía de los bienes arqueológicos. La idea del pasado remoto humano estaba muy influenciada por la búsqueda de estadios o periodos históricos por los que supuestamente habrían pasado todos los grupos humanos, idea que ha sido refutada posteriormente desde muchos ángulos.

Sólo después de algunas décadas la arqueología en su conjunto volvió a orientar su propósito a su vocación primera: la búsqueda de la comprensión de una totalidad mayor, ya fuese el desarrollo general del ser humano o el desarrollo específico de las distintas sociedades. Esto sucedió sobre todo a partir de la importante obra de Vere Gordon Childe, que se revisará en otro momento.

Aura Ponce de León, Agosto de 2014.


Notas.

[1] Tylor, E. B. (1871/1889), Primitive Culture. Researches into the Development of Mythology, Philosophy, Religion, Language, Art and Custom, Nueva York, Henry Holt and Co.

[2] Tylor, E. B. (1881), Anthropology: an Introduction to the Study of Man and Civilization, New York, D. Appleton and Co.

[3] Tylor, 1871/89, op. cit., pp. 28-35; 1881, op. cit., p. 25.

[4] Morgan, L. H. (1877), Ancient Society or Researches in the Lines of Human Progress from Savagery, Through Barbarism to Civilization, New York, Henry Holt and Co., V-VI.

[5] Lubbock, J. (1865), Pre-historic Times, as Illustrated by Ancient Remains, and the Manners and Customs of Modern Savages, Londres y Edinburgo, Williams and Norgate.

[6] Lubbock, ibíd., 2-3, 60.

[7] Daniel, G. (1968), El concepto de prehistoria, Barcelona, Labor [original: 1960, The idea of prehistory, Londres, Watts & Co.], pp. 61-75.

[8] Mortillet, G. de (1866), “Note Sur la Classification des haches en Pierre”, en: Bulletin de la Societé d’Anthropologie de Paris, Tome Premier, IIe Série, Paris, Librairie Victor Masson et fils, pp. 211-214.

[9] Mortillet, G. de (1883/1885), Le préhistorique, Antiquité de l’homme, Paris, C. Reinwald, caps. II, IX, XIV, XVII.

[10] Palerm, A. (1977), Historia de la etnología: Tylor y los profesionales británicos, México, CIS-INAH, Ediciones de la Casa Chata, No. 5, pp. 51-59.


* Parte de este texto proviene del libro Arqueología cognitiva presapiens, 2005, CEFPSVLT, pp.39-42.

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